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Los zoológicos en el banquillo: el lector juzgará

02/12/2009 20:06 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Trazamos la historia de los zoos que data de Luis XIV, los Estados Unidos con los búfalos le cambiaron el carácter, apuntando nada más a la caza. Hoy los zoos son algo diferente, el animal cautivo. ¿Es que vamos al concepto único del animal-objeto?

Fue Luis XIV el que hizo destruir las "menagéries", tan crueles, para crear el Museo de Historia Natural, diseñado por el famoso arquitecto Le Vau, sobre un espacio de 4 hectáreas. Se hallaba en Versalles y gracias al técnico, se crearon pequeñas "menagéries" para cada especie y empezó a funcionar una incipiente investigación científica sobre las especies.

Ya Aristóteles, Plinio el viejo y Leonardo da Vinci habían humanizado la conducta hacia el animal, imponiendo el estudio científico, aunque muy burdo todavía.

En 1791, Bernardino de Saint Pierre, tras la Revolución francesa, puso a los animales ex-reales de Versalles a disposición de los sabios, prohibiendo el acceso al público. En 1793, ya de forma oficial empezaron a nacer los ‘ museums".

Unos pocos años después un mandato judicial prohibió la exhibición que los titiriteros, magos o exhibidores hacían de los osos amaestrados, con la boca cerrada con un aparatoso bozal. Estos pasaron después a los circos como animales amaestrados pero el circo es una especie en vías de extinción.

Entretanto el público comenzaba a interesarse -hacia 1800- por las "bestias salvajes" y se hicieron exhibiciones especiales de dos animales que han pasado a la historia, "la jirafa de Carlos X" que le había regalado y amaestrado el pachá de Egipto y el oso llamado "Martín". Como no había medios de transporte, ambos tuvieron que llegar a París a pie desde su país de origen, pues el paso en barco desde África u otros puntos distantes hasta Marsella estaba vedado, excepto a gatos.

El interés por los animales creó los "parques de aclimatación". En Londres, París, Viena y Madrid comenzaron a exhibirse en esos parques canguros, llamas, antílopes, jirafas y cabras. El duque de Bedford creó en sus posesiones inglesas un parque salvaje.

Las sociedades zoológicas

Hacia 1840, aunque fueron estudiadas en general y rechazadas las teorías de Charles Darwin, cesó en gran parte la crueldad gratuita del hombre hacia el animal aunque -hay que decirlo- desde el siglo XIII, la catedral de Notre Dame de París tenía su propia "menagérie" dentro del recinto sagrado, en pésimas condiciones.

En 1826 abrió sus puertas en Londres el primer parque zoológico con este nombre, que recibió en 1869 el primer gorila africano. Pronto imitaron a los ingleses en Amsterdam, Rotterdam, Amberes y Berlín. El "jardín de aclimatación" de París (1860) en el Bois de Boulogne, contribuyó a mitigar el hambre de los parisinos durante el sitio de París, en el curso de la guerra franco-prusiana (1870), en que los alemanes asediaron la capital de Francia. El "jardín" tuvo que recibir cientos de nuevos animales.

En los Estados Unidos, donde cazadores como Buffalo Bill mataban por igual bisontes que indios, hubo una primera reacción en 1872. Y muchos cazadores, despreciados por la sociedad, murieron como vagabundos en paro, tras exhibirse en circos europeos.

Fue el pueblo el que presionó para que el parque nacional de Yellowstone fuera abierto a los animales que quedaban, porque el bisonte prácticamente quedó extinguido de las grandes praderas del Oeste norteamericano y si se ha salvado no es por la Casa Blanca, sino por naturalistas de otras partes.

El lobo que simbolizó desde lo más remoto y en el folklore internacional, el mal y la traición, llegó a ser perseguido en España por la Santa Inquisición y declarado dañino por la Ley de la Caza de las Cortes de 1902.

En la Primera Reunión Internacional para la Conservación del Lobo en Europa, celebrada en Estocolmo en 1973, algunos naturalistas trataron de plantear el tema para salvar la especie en España, pero hay una gran polémica al respecto.

El lobo parece que se sabe de memoria la ley de Darwin de la conservación de las especies, el más fuerte devora al más chico y es un superpredador por sus tácticas de caza y la elección de sus presas, rebaños de corderos, gamos, corzos y en invierno son intransigentes y se agrupan para sobrevivir a los cazadores. Hoy en día quedan muy pocos lobos en la península ibérica

Desde 1979 los naturalistas han tratado de imponerlos en los Pirineos, con gran disgusto de los pastores e incluso de los agricultores, pues cuando no encuentra carne come vegetales. Los ecologistas y los naturalistas les defienden diciendo que evita la proliferación de los mustélidos como la comadreja y otros que -a la larga- son más dañinos para la comunidad y la salud humana. Lo mismo va a ocurrir con los osos.

En nuestro siglo y a partir de 1934, los gobiernos se vieron obligados a crear zoos bien mantenidos, aunque siempre zoos, reservas naturales y parques. Después de 1945, aparecieron los "safari-parks", los zoos privados, las marinas, siempre con la idea primitiva o seudohumanizada de que el reino animal es una "cosa" que puede ser manipulada por el hombre.

Pero el animal "libre" también depende del hombre en dos sentidos: el que lo caza -por ejemplo hipopótamos (porque el cuerno parece ser un poderoso afrodisíaco) o elefantes (por el marfil) y las mafias proliferan en todo el mundo y los "braconniers" forman verdaderas bandas de guerrillas con fusiles de mirilla telescópica.

Contra ellos están muchos gobiernos, sobre todo en África, porque esos y otros (más las aves exóticas) sirven bien para el turismo, y para el contrabando. Resulta en total que el hombre es mucho más salvaje que el animal.

Respecto a sociedades que protegen los animales domésticos, en mi entorno en el País Vasco, existe una recién creada entidad filantrópica que tiene su web en Internet por iniciativa de la Sociedad Protectora de Animales y el Refugio (Zuhaitzpe), www.enterat.com darles refugio a perros y gatos abandonados, con la garantía de esas entidades, que puede suponer -para personas ancianas o enfermas -una gran compañía. Y es ahí donde perros y gatos abandonados dejan de ser animales-objeto para ser quizá uno más de la familia, si no exageramos demasiado.

Lamentablemente el número de gatos y perros abandonados aumenta en toda Europa. En reportajes ulteriores seremos más explícitos. Hoy no hemos hecho sino trazar un perfil de una historia realmente apasionante.

Los más antiguos vestigios de civilización revelan la presencia de animales al lado de los hombres. Objeto de domesticación o de culto, instrumentos de poder o de lujo, los animales deben satisfacer las exigencias del hombre, por encima de toda consideración.

El primer "zoo" (esto no es la historia de los zoos, o del mejor corral, si se quiere) fue creado por necesidades religiosas, cinegéticas y guerreras. En Egipto, la veneración de los dioses que adoptaban forma de animal creó un enjambre de animales cautivos cuyo guardián era el león sagrado de la Heliopolis, del que había que considerar hasta la descendencia.

En esa época los animales sagrados vivían bajo libertad vigilada, en fosos y patios, pero se les bañaba con esencias perfumadas, se les alimentaba mejor que a los esclavos y se les enterraba en vastas necrópolis, mejor dispuestas que los cementerios.

También se trataba bien a los animales de caza (onzas, halcones y otros rapaces) y de guerra (leones, elefantes, tigres). Eran el símbolo exterior del poder y de la riqueza. Hay textos que hablan no de la jaula, sino de la "casa" de los leones. Acompañaban al César en sus viajes y siempre había que lamentar pérdidas humanas y animales en el trayecto.

La historia cuenta que cuando Alejandro el Grande llegó a Babilonia, hacia el año 331 (a. de C.), sus soldados masacraron 441 felinos, simplemente como signo de la derrota de sus enemigos Semiramis y el rey Assurbanipal. Pero los griegos jamás guardaron animales y no por piedad, sino por no seguir costumbres "paganas".

Los desfiles triunfales de la Roma antigua comprendían a los soldados enemigos y a los animales capturados en la guerra. En el año 280 los romanos vieron por primera vez elefantes. Eran los del rey vencido Pirro.

Y pocos años después, fueron capturados y condenados a muerte 142 animales tomados a los cartagineses por el cónsul Metelo. Se les llevó al circo y desde las plateas fueron masacrados a flechazos, en medio de la diversión del público.

César tenía 400 leones en sus filas y Pompeyo 600, incluidos los elefantes. Nerón antes del incendio de Roma envió la guarda pretoriana a matar 300 leones y 38 osos, nadie sabe por qué. Después se hicieron corrientes los combates entre gladiadores y leones. Después desertores contra osos y cristianos contra leones. Siempre ganaba el animal y el público se divertía.

De Carlomagno al siglo XIX

En la Edad Media los señores influyentes y los soberanos se rodeaban de animales no sagrados. Se hizo célebre el elefante Abul Abas de Carlomagno, las panteras de combate de Guillermo el conquistador y en 1100 los animales -en un patio y todos juntos- de Enrique I de Inglaterra.

Los instaló de mala manera en la Torre de Londres y el buen pueblo podía visitarlos mediante la entrega de un perro o un gato o varios volátiles que se lanzaban dentro de las jaulas para ser devorados. Y esto duró... hasta 1839.

La palabra zoo no es de la Edad Media porque sabemos que Felipe VI de Francia instaló en el Louvre el primer "hotel de los leones" en 1328. Y un siglo después seguía éste vigente, pero ¡en qué condiciones!. "Las bestias" vivían en una gran jaula de 11 m2. y tenían derecho a una salida, con su amigo el hombre, los días festivos.

Osos, tigres, monos, leones ponían los pelos de punto con sus aullidos y con sus peleas a muerte entre ellos. El olor era insoportable.

Todos los reyes o soberanos o guerreros, tenía sus jaulas, pero la más famosa del mundo -por su barbarie- era la del Gran Khan en Mongolia. El explorador Marco Polo fue el primero que trajo noticias de ésta y quedó atónito por la destreza de los tigres en las cacerías.

El Renacimiento creó el exotismo. Hubo intercambios con Oriente y así, el sultán turco Bajazet envió a Florencia sus 7.000 pájaros exóticos, de los que casi todos murieron. Eran famosas las jaulas u hoteles o casas o corrales o "menagéris" como lo llamaban los franceses, de Florencia, el Vaticano, Madrid, Lisboa y Viena.

En este reportaje todo sobre el animal en cautividad desde el siglo XV, tratamos en especial los zoológicos

Los papas cuando se instalaron en Avignon se llevaron sus animales y fue Francisco I de Francia el que organizó luchas de fieras de la misma o distinta especie: leones contra leones, osos blancos contra negros, panteras contra tigres, etc. Las focas, los antílopes, las jirafas, gracias a su escasa ferocidad andaban libres en los parques, aunque servían de pasto a los leones hambrientos.

Hacia 1840, aunque fueron estudiadas en general y rechazadas las teorías de Charles Darwin, cesó en gran parte la crueldad gratuita del hombre hacia el animal aunque -hay que decirlo- desde el siglo XIII, la catedral de Notre Dame de París tenía su propia "menagérie" dentro del recinto sagrado, en pésimas condiciones.

Lo que el visitante no ve en los zoos

Se les ha llamado cárcel de animales. Los centros en los que se tienen animales encerrados con el objetivo de ser mostrados al público a cambio de dinero son uno de los atractivos de las grandes ciudades: el zoo de Londres o el de Pekín, por la variedad diferente de especies que albergan, son como un norte para los turistas de fuera. Basta pagar unos euros para que los niños se la pasen engrande durante toda una tarde. ¡Que guay! y para sus propietarios un negocio redondo para mantener en salto la imagen de la ciudad, pues generalmente están directa o indirectamente subvencionado por el estado o por el ayuntamiento local. Esto es fundamentalmente debido a que la sensación que se obtiene de una visita matinal a estos lugares es por lo general positiva. Se observan animales aparentemente felices, que evolucionan de una manera aparentemente natural, lo que no invita a pensar en los zoos como una actividad agresiva para sus inquilinos.

Pero un análisis más profundo del fenómeno tal vez nos permita tener una visión más global y ser algo más críticos. Una buena forma de establecer un análisis completo es pensar cuál es la vivencia cotidiana de los animales residentes. Por lo general, se trata de individuos que en su medio natural tienen vidas ricas, que ocupan buena parte de su tiempo en la búsqueda de comida o en organizar a la comunidad en la que se integran, que deben permanecer alerta ante la aparición de posibles peligros, o preparar la cacería. Animales gregarios que asumen el juego como una parte imprescindible de su bienestar, que toman decisiones en un sentido u otro. En definitiva, que experimentan sensaciones complejas un día tras otro.

Resulta obvio que nada de esto sucede en el entorno de los centros zoológicos que se asumen como negocios (en la práctica, la mayoría). Los animales residentes están allí contra su voluntad. Muchos son capturados de su medio natural, mediante técnicas que siempre resultan agresivas para ellos en algún grado, simplemente porque no son capaces de comprender determinadas situaciones. Y aquellos que nacen en cautividad son portadores de una memoria genética que les predispone hacia determinados comportamientos que no pueden desarrollar.

Uno de los aspectos más criticables del concepto de zoológico es que transmite y perpetúa la idea de los animales como objetos al servicio del hombre. De la misma manera que se utilizan para servirnos de alimento o para vestirnos, son literalmente ‘ usados’ para crear un escenario atractivo para los usuarios. Si los visitantes no tienen una visión crítica (en el sentido de analítica) de la utilización de animales, aceptará, estos centros como un aspecto más de nuestro entorno.

La cuestión educacional es uno de los pilares argumentales empleados por parte de quienes los legitiman. Pero aquí hay que decir que el mismo término ‘ educación’ encierra una pequeña trampa. Se asocia por defecto el vocablo con algo positivo, cuando en realidad la educación es el conjunto de valores en el que se educa, independientemente de que estos tengan consecuencias negativas o positivas. Transmitir la idea de que los animales merecen respeto es tan educacional como hacer ver que son simples recursos a nuestra disposición, y que no tenemos para con ellos mayores obligaciones morales que las que decidamos nosotros mismos.

En este sentido, desde un punto de vista didáctico, los centros zoológicos son nefastos. Primero, porque ofrecen una imagen caótica a sus visitantes, con especies ‘ amontonadas’ en apenas unas hectáreas, cuando la realidad es que en su hábitat natural pertenecen a entornos e incluso a continentes distintos. Así, una visita dominical al zoo implica enseñar a nuestros hijos la naturaleza como si fuera un álbum de cromos, donde grupos dispares comparten capítulos e incluso páginas. La existencia de los zoológicos contribuye a reforzar nuestra idea de los animales como ‘ bloques impersonales’ , donde lo importante es la especie a la que se pertenece, sin desarrollar el concepto de individuo.

En cuanto al bienestar de los animales en sí, cabe destacar que muchos de ellos están aquejados de una de las dolencias más extendidas entre los animales cautivos: el estrés, por una parte; y el aburrimiento, por otro. La mayoría de ellos pasan buena parte de su tiempo (cuando son libres) buscando comida para ellos y los suyos. Ello constituye su principal actividad cotidiana. Pero en el zoo todo está hecho. Solo cabe esperar a la hora de la comida, y todo el sustento viene en carretillas. Esto puede parecer a los ojos de muchos una ventaja, pero no es adecuado extrapolar a un león algo que muchos de nosotros elegiríamos con gusto. El aburrimiento trastorna y mata, literalmente. Provoca angustia, y aparecen con frecuencia cuadros patológicos como la agresión a los congéneres, la masturbación compulsiva, la coprofagia, o la apatía por las relaciones sexuales. Concebido como un negocio, los animales problemáticos o que ofrezcan una imagen no deseada a los visitantes suelen ser apartados de la vista. ‘ Apartados’ significa en este contexto traspasados a otro centro menos exigente (y por lo tanto que invierte menos en bienestar) o incluso a algún circo ambulante donde se convierten en caricaturas de sí mismos, cuando no directamente en esclavos.

El olor y la presencia visual entre especies que en la naturaleza son presa y predador ocasiona a veces una incomodidad adicional, puesto que ni unos ni otros tienen posibilidad alguna de actuar como lo haría en su medio.

No debemos olvidar tampoco los problemas individuales que pueden surgir. No todos los miembros de una especie se comportan de la misma forma. Así, mientras algunos soportan bien la presencia humana (de cuidadores y visitantes), es posible que otros se muestren más asustadizos. Y un animal que se pasa el día metido en la madriguera no resulta rentable. Ni conviene para el negocio quien se revela contra en gentío que le tira chucherías. Tales comportamientos se suelen cortar de raíz, sin que el público se percate de la desaparición de aquel monito tan gracioso que hacía las delicias de los niños semanas atrás.

Por otra parte, hay que destacar que el trasfondo de estos lugares es una realidad desconocida para el gran público, que tan solo pasa unas horas en el recinto. Existe una importante transacción de animales entre distintos centros. Hay épocas en las que, por diferentes circunstancias, se da una sobreabundancia de determinadas especies, se traslada el stock sobrante a otros lugares que al final también quieren deshacerse de los individuos sobrantes.

Añadido a todo lo anterior, uno de los aspectos más crudos a la hora de analizar el fenómeno es la absoluta dependencia que se crea partir de ese momento condiciona a los animales. Concebidos como negocios, y desde un plano puramente mercantilista, el centro debe ofrecer la suficiente rentabilidad. Pero a veces esto no es así. No se consigue atraer al suficiente número de personas, y hay que cerrar. ¿Qué pasa entonces con los animales? No se les puede hacer desaparecer con una varita mágica. Es entonces cuando la vida de estos pobres seres se convierte en una tragedia mayor. La rapidez con la que se liquida el negocio es fundamental a la hora de que las pérdidas sean las menos posibles, por lo que el tiempo corre en contra de los animales. Serán vendidos a bajo precio al primero que pague por ellos una cantidad razonable. En la medida que vivimos en una sociedad para la que los animales son en su mayoría propiedades, se funciona con la lógica comercial de ‘ a menos valor, menos aprecio’ . Es muy normal que acaben sus días formando parte de algún espectáculo de segundo orden, o de otras colecciones menores donde sus necesidades físicas y emocionales se verán aún menos satisfechas que en su etapa anterior.

Los zoos están planteados como negocios y no sólo por ocio

Los zoos son centros que permiten a la ciudadanía conocer de cerca el patrimonio natural de nuestro entorno.

La mayoría de los animales que se mantienen en los zoológicos provienen de un hábitat muy diferente al que existe en la sociedad donde se ubican. Esto tiene una lógica comercial aplastante, pues nadie pagaría por observar animales familiares para todos. Los ejemplares exóticos tienen en el mercado mayor valor, y son en consecuencia más apreciados por los zoológicos y por el público

Los animales de los zoos están muy bien cuidados, como lo demuestra su longevidad, notablemente superior a la que tienen en libertad. Es cierto que, por lo general, los animales que viven En los parques zoológicos tienen una mayor esperanza de vida que los mismos en libertad. Pero nos encontramos ante un planteamiento simplista de la realidad, que se apoya más en el chantaje emocional que en argumentos de tipo moral. El razonamiento es poco sólido, aunque resulta fácil de vender a una opinión pública poco crítica.

El razonamiento presupone que la longevidad es sinónimo de bienestar, y que necesariamente vivir mucho es el resultado directo de haber llevado una existencia plena. Resulta cuando menos significativo que a nadie se le ocurriría defender el encarcelamiento injusto de seres humanos aunque las estadísticas mostrasen bien a las claras la mayor longevidad de los reclusos respecto al resto de ciudadanos libres.

Solo a través de los centros zoológicos se pueden llevar a cabo programas de reintroducción de especies. Un centro de recuperación donde se lleven a cabo programas de reintroducción no debe estar ideado precisamente como un parque zoológico al uso. Pero nos topamos aquí con uno de los argumentos más burdos y al tiempo más eficaces de cara a la opinión pública. Los medios, a través de la presión ecologista, asumen algo como incuestionable si por medio están especies en peligro, de tal manera que cualquier programa o campaña que supuestamente contribuya a la recuperación, o a frenar la rarefacción de especies, es bienvenida.

Pero lo cierto es que la práctica totalidad de los animales recluidos en los zoológicos lo están por cuestiones puramente comerciales, y no forman parte de ningún programa serio de reproducción para reintroducir animales y recuperar especies. Además, este tipo de estudios suelen ser incompatibles con el concepto de parque zoológico tal y como lo entendemos, con visita constante de público y actividades comerciales paralelas.

Pero la mayor falacia que sustenta este argumento es la de que la solución para las especies en peligro es conseguir que se apareen en cautividad para luego soltarlas en su hábitat. El mayor peligro para las especies es precisamente la destrucción de su entorno natural, por lo que, con frecuencia, no hay un lugar adecuado donde poner en libertad a los individuos que se consiguen mediante estos programas. Y ello por no hablar de la magnificación que se hace a nivel mediático del fenómeno de la desaparición. Naturalmente, los seres humanos tenemos la obligación moral de respetar la casa de todos aquellos animales con los que compartimos el planeta, pero en ocasiones la degradación del medio es tal que emplear grandes recursos para programas y estudios no lleva sino a conseguir publicidad para determinados científicos y las marcas que los esponsorizan. La tragedia con la que a veces se viste la desaparición de una especie animal tiene más que ver con cuestiones emocionales humanas que con un verdadero problema. Parece claro que os esfuerzos deben estar dirigidos a preservar el entorno natural por respeto sobre todo a quienes allí viven, que a montar grandes infraestructuras publicitarias cuando ya no existe un sitio adecuado para el inquilino.

La labor didáctica de los zoológicos ayuda a los más pequeños a saber apreciar el medio natural y a respetar a los animales. La cruda realidad cotidiana no parece dar la razón a esta hipótesis, a juzgar por la todavía escasa sensibilidad real que tiene la ciudadanía por los temas medioambientales, y por el escaso respeto que se sigue teniendo a los animales en general. Además, si algo se ha conseguido en ambos campos, resulta difícil achacárselo a los zoos, y sí a los colectivos ecologistas y animalistas que de forma desinteresada desempeñan una constante labor de concienciación. Muy al contrario, y como ya se ha mencionado anteriormente, los zoológicos ayudan a reforzar la idea de dominio humano sobre la naturaleza (con todo lo que de ello se deriva en la práctica), creando una imagen distorsionada de la realidad.

Es posible que la visión de animales aburridos y derrotados anímicamente haga reflexionar a alguien que gire una visita a uno de estos centros, pero resulta difícil pensar que éste sea el objetivo de sus promotores, puesto que acaban de perder un cliente.

Los dueños de zoos que no tienen conciencia

Todos los zoológicos de la Unión Europea (UE) se deberían haber ajustado a la Directiva Comunitaria de antes del 2003, la cual permitirí a las autoridades comunitarias clausurar los que no guarden las condiciones mínimas de salubridad para los animales. La directiva pretendió acabar con el anticuado concepto de zoológico, visto como simple almacén de fieras y que se limita sólo a la faceta lúdica.

Según la asociación conservacionista Adena /WWF, la mayoría de los zoológicos españoles no cumplen en la actualidad con los requisitos establecidos por la nueva normativa aprobada en marzo pasado.

La Unión Europea acordó esta directiva para el mantenimiento de especies salvajes en los zoológicos con el fin de mejorar las condiciones de vida de los animales y convertir a estos centros en reservorios genéticos de la biodiversidad, en arcas de Noé donde extremar los esfuerzos para salvar de la extinción a aquellas especies que en estado natural se encuentran en peligro. Los Quince deberán adoptar las disposiciones legales necesarias para ajustarse a la nueva normativa.

La directiva europea considera parques zoológicos los establecimientos permanentes en donde se mantengan animales vivos de especies silvestres para su exposición al público, durante siete o más días al año con excepción de los circos, las tiendas de animales y otros locales que no muestren un número significativo de animales o especies al público.

Investigaciones obligatorias para favorecer la conservación de las especies

La norma señala que todos los parques de animales tendrán que participar en investigaciones que favorezcan la conservación de las especies y, cuando sea necesario, facilitar la repoblación o reintroducción de los animales en el medio silvestre. Además, deberán fomentar la educación y la toma de conciencia por el público en lo que respecta a la conservación de la biodiversidad.

Desde la entrada en vigor de la normativa, cada parque zoológico deberá contar con una autorización para continuar con sus actividades en un plazo de cuatro años y, en el caso de los de nueva creación, antes de su apertura al público.

La UE permitirá cerrar aquellos parques zoológicos que no cuenten con un permiso o que no cumplan las condiciones de autorización. En caso de cierre de un parque, la autoridad competente garantizará que los animales sean tratados o trasladados con garantías de seguridad a otros centros.

En España, el Ministerio de Medio Ambiente ha iniciado ya una ronda de reuniones con sociedades protectoras de animales, asociaciones ecologistas y directores de los zoológicos con el fin de adoptar decisiones consensuadas que recojan el espíritu de la directiva europea.

Se calcula que en nuestro país existen más de 40 parques, de los cuales 18 centros, los más importantes, forman parte de la Asociación Española de Zoológicos y Acuarios, y recibieron el pasado año la visita de ocho millones de personas.

Para la asociación ecologista Adena/WWF, sólo una minoría de los zoológicos españoles se acerca a las funciones de educación, investigación y alojamiento de los animales. Según su portavoz, Miguel Ángel Valladares, en el 73% de los zoológicos españoles no existen programas de educación ambiental, la mitad de las instalaciones carece de un veterinario permanente, y en un 69% de los casos no existe un biólogo conservador.


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