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Zapatero y las mujeres

11/03/2011 00:56 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Retazos

Zapatero y las mujeres

Me doy cuenta, mientras escribo el título mismo de esta columna, de que la palabra “mujer” está contaminada de un sutil contenido peyorativo que puede sugerir connotaciones poco objetivas respecto a su referente real, es decir, al ser humano de sexo femenino; y puede, incluso, denotar una acepción despreciativa e “inmoral” que nada tiene que ver con la realidad ni con la intención de estas líneas. Y es que la palabra “mujer” ha ido unida secularmente, en nuestra cultura de raíces judeo-cristianas, a la idea de tentación, lascivia, pecado y culpa.

Desde el mismo inicio del cristianismo se inculpó a la mujer del “ pecado original” , por el que, en base al mito de la serpiente y la manzana, se le atribuyó la falsa responsabilidad de haber tentado al hombre, haberle hecho pecar, y haber desencadenado la ira divina. Y, en base a la fábula de la costilla de Adán, ha sido secularmente considerada, no como un individuo autónomo, sino como un simple “ añadido” del hombre.

Efectivamente, la Iglesia católica, parafraseando a Eduardo Galeano, le quitó la voz a la mujer desde sus propios orígenes. Y no sólo le quitó la voz, la excluyó de la institución, la consideró un ser inferior, la recluyó en la sumisión y en la función exclusiva de servir al hombre y de darle hijos, la cosificó, la humilló y avergonzó con la demonización de su condición, estigmatizó el placer femenino, y la sometió a la afrenta sempiterna de ser sutilmente comparada con una mujer que supuestamente fue madre y virgen a la vez. Todas las religiones han sido en realidad las grandes conspiradoras contra la dignidad femenina. Si nos fijamos en el Islam, la situación es grotesca y continúa perpetrando verdaderas canalladas contra la libertad, la dignidad y la integridad de las mujeres musulmanas.

Con este panorama, no es de extrañar que la misoginia esté tan profundamente arraigada en las sociedades de intensa tradición religiosa. En España, hombres y mujeres progresistas, racionales y defensores de los derechos humanos han recorrido un arduo camino en el siglo XX para que la mujer se liberara de esa condición de apéndice del hombre y fuera consiguiendo poco a poco el estatus de ciudadano, sin estigmas, discriminaciones ni distinciones; estatus que se normalizó en la II República, y que no se volvió a recuperar hasta el final de la dictadura.

Por esotérico que pueda parecer a algunos, la discriminación femenina es un hecho que sigue estando muy latente en determinados círculos sociales y religiosos. Y en el siglo XXI la igualdad de condición de las mujeres tiene que seguir siendo defendida para que siga siendo una realidad social plena y efectiva. La semana pasada supimos que la organización Woman Deliver incluyó a nuestro actual Presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en una lista en la que figuran las cien personas del mundo que más han hecho por mejorar la vida de las mujeres.

Sí, Zapatero, ése que, según el PP, desayuna café con churros todos los días con los etarras, y, en una de esas veladas, les vendió Navarra, y carboniza España todos los días, incluídos festivos y fiestas de guardar, y que es el paradigma de la corrupción, la inmoralidad, la maldad y la conspiración ateo-judeo-masónica. Ese mismo que esconde el tridente y el rabo cada vez que posa con los adalides supremos de la España cañí, de la decencia, los valores morales, la verdad y la honradez más sublime (por la otra punta, léase Rajoy y su banda)… , ese mismo, decía, ha sido reconocido a nivel mundial por ser una de las personas que más han trabajado por la condición femenina (un pecado más a sus espaldas).

No olvidemos que nuestras madres y abuelas han vivido, hasta 1.975, acalladas y encadenadas a un modelo político-religioso machista, represor, castrador y misógino. Y no olvidemos que muchas mujeres, en muchas partes del mundo, aún siguen siendo mutiladas, lapidadas, despreciadas y, en el mejor de los casos, subyugadas al vasallaje opresor, no de los hombres, sino realmente de modelos ideológicos tiránicos que no pueden subsistir sin el fanatismo, el miedo, el odio y la anulación de las libertades y de la razón.

Cuando miro a mi alrededor, no veo mujeres provocadoras, ni pecadoras, ni tentadoras, ni portadoras de pecado original alguno. Lo que veo, en general, es muchas mujeres luchadoras, trabajadoras, estudiosas, algunas también sacrificadas y sufridoras; que crian hijos, que se esfuerzan, que colaboran en la sociedad, que quieren ser compañeras, y no esclavas, y que cada día son más conscientes de que su condición es simplemente la de un ser humano más, un ser humano que nada tiene que ver con mitos y estigmas perversos que secularmente la han anulado y sometido.

Coral Bravo es Doctora en Filología


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