Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Simon Tenplas escriba una noticia?

Yo, reo de culpa

08/04/2011 11:26 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Pobrecitos ¡banqueros que solos que están!

Quizás estemos hablando de hace seis o siete años ¡bueno que coño! Más datos: ¡seis años, siete meses y diecinueve días! No digo las horas de milagro, pero juro que las cuento. Esa mañana acudí con mi mujer a un banco, cualquiera, me había ofrecido por correo y dirigido, concretamente y sin ningún tipo de duda, a mi persona, ya que tuvieron que molestarse en conocer mi nombre, apellidos y dirección exacta ¡Yo no se lo había dado! En fin, me obsequiaban con una magnifica oportunidad. El texto, más o menos, decía así: Estimado amigo: Nos es muy grato comunicarle que ponemos a su disposición todos los recursos de este, su banco. Si domicilia su nómina con nosotros, entre otras muchas ventajas, tendrá acceso especial a nuestros productos: tarjetas sin coste, créditos especiales e hipotecas a su medida, etcétera, etcétera. Supongo que miles de personas leyeron en su momento algo parecido y quiero creer que no solo yo pensé de esta manera: « Si solo con una nómina me ofrecen la luna, con la mía y la de mi mujer me darán el cielo» Allí fuimos mi señora y yo, ¡más listos que un conejo! con dos nóminas y toda nuestra ilusión en un pisito muy majo en el que llevábamos alquilados cuatro años y lo teníamos bastante aparente... Creo que en nuestra vida nos habían tratado mejor, después de hablar con el personal bancario, es así como les gusta que les llamen, salimos del banco como dos potentados. No solo podíamos aspirar a comprar ese piso, con dos nóminas y dos contratos a tiempo indefinido éramos casi, casi... los primos del rey Midas. El director de la sucursal, amabilísimo, nos expuso todas las oportunidades que teníamos, allí, no solo estaban para hacer negocio, que también, además, nos explicó que la banca había cambiado para bien, ahora no solo prestaban dinero, también asesoraban como usarlo y abrían los ojos a clientes, que como nosotros, éramos la verdadera fuerza y motivo de su negocio. Aquel hombre, ante nuestros ojos, era un mago. Domiciliamos nuestras nóminas, ¡nos regalaron un televisor y un teléfono móvil! y nos habló maravillas de una promoción de chalecitos que el banco avalaba, no eran nada caros según se iban a poner de precio nada más entregar la primera fase. ¡Vimos hasta los planos! Ochenta y siete metros en dos plantas, cochera y jardincito y ¡Ojo! posibilidad, una vez que pasara la revisión, de construir la parte de arriba. - En la situación vuestra, ni me lo pensaba.- aquel hombre estaba seguro.- Por el dinero no hay excusa, la hipoteca cubre lo que tenga que cubrir, pensarlo y ya me decís algo. Este caballero nos acompañó a la salida, nos estrechó la mano y llamándonos por nuestro nombre de pila nos dijo: - Bea...Román... espero noticias vuestras pronto... ¡solo quedan tres!- se refería a los chalecitos. En cuatro días firmamos los papeles y la propiedad era nuestra ¡Y un «güevo»»! Fueron pasando los meses y realmente, el recibo no suponía ningún lastre para nuestra economía, nosotros éramos propietarios, el banco cobraba su dinero ¡todos felices! Una mañana se empezaron a torcer las cosas, Bea acudió a trabajar y nada más llegar la comunicaron que pasase por dirección. Lo que imaginas: «Sentimos tomar esta decisión, con usted especialmente, pero la empresa debe prescindir, por el momento, de sus servicios» La quedaba un paro majo y recibió una gratificación potable Ella se lo tomó peor que yo, es mujer ¡es más lista! Discutimos, gran parte de la noche, sobre nuestra nueva situación financiera, Bea defendía reducir las cuotas con la entrega de su indemnización al banco, mermando así el crédito. Yo la rebatía, haciéndola ver la cantidad de meses de paro que la quedaban por cobrar, ¡malo será que en ese tiempo no encuentres otra cosa! Nerviosos, optamos por explicar las circunstancias a nuestro consejero y amigo del banco. Siempre amable, apenas nos hizo esperar unos minutos, nos recibió en su despacho con la mejor de sus sonrisas. Los dos discutíamos nuestras teorías cuando Julián, que así se llamaba, terció: - Mira Román, no quiero que me malinterpretes, la situación económica vuestra ha cambiado, no es preocupante, pero, ha cambiado. Nosotros enmudecimos ante el cariz que estaba tomando la conversación. El señor director nos miraba seriamente, notábamos perfectamente que se estaba devanando los sesos buscando la mejor solución para nuestro caso. Pasaron pocos minutos, los dientes de nuestro amigo se abrieron en una sonrisa franca y con papel y bolígrafo nos explicó los pasos a seguir. - Mirar, tenéis razón los dos, Bea con bajar las cuotas y tu, Román, con no desaprovechar el efectivo recibido. Y sobre todo Román, lleva razón en que no te menosprecies como profesional, Bea, ¡vas a encontrar trabajo seguro! Una semana después la magia estaba obrada. Entregamos el dinero al banco, como quería mi mujer, compramos un coche nuevo aprovechando el efectivo, como quería yo, y reducimos las cuotas ampliando el plazo de devolución. ¡Anda que no fuimos hábiles! Seguimos con nuestra casa en propiedad, estrenamos coche, y aún, encima, bajamos el importe de las cuotas de la hipoteca. ¿Como no entrarías antes en nuestras vidas, señor director? Ese día, Bea y yo, nos dimos cuenta lo importante de estar bien asesorados, de contar con un amigo que supiera el terreno que pisaba. Sesenta y seis días después me quedo sin trabajo, el empresario no puede hacer frente a sus deudas y monta un pollo para retrasar todo lo retrasable la situación. Yo me quedo sin ingresos, sin indemnización y sin mi gran amigo el bancario. Al principio siempre encontraba alguna excusa creíble para no atendernos y nos dejaba en manos de algún compañero, tan profesional como él, tan amable como él, pero, infinitamente más serio que él. Poco a poco, las cuotas se iban retrasando, pagábamos como podíamos, pero el tiempo y la deuda nos iba comiendo terreno, el afán de nuestro nuevo asesor era que el retraso de nuestros pagos no llegara a sesenta días, si esto ocurría, nos afirmaba, el asunto ya no dependía de él, pasando al departamento jurídico ¡Solo la palabra «acojona»! En un mes, pasó. Montones de cartas, llamadas de teléfono, certificados advirtiéndonos de nuestro ingreso en las listas de morosidad. Como nos era materialmente imposible mantenernos en los plazos, a pesar de pagar, a mayores de las cuotas: gastos, correos, demoras... el señor director reapareció, encontró una, nueva, solución. Un día me llamó por teléfono y seriamente, nos citó en su despacho. El hombre que nos recibió solo se parecía al anterior externamente, serio, distante, frío, eso si, amable. Se dirigió a nosotros como un párroco dice la homilía: - He estudiado vuestro caso y creo que la mejor solución que tenéis para conservar la casa es sanear los números rojos, llevamos varios meses retrasando las cuotas y, desde arriba me piden soluciones. - Julián.- le tuteé, tratando de tocarle la fibra sensible.- Sabes que hacemos lo que podemos, vamos retrasados con los pagos, pero mes tras mes te quitamos una, conoces nuestra situación. - Si yo lo se, pero ahí arriba a ellos les da igual, solo miran números, y los vuestros son muy malos.-Calló y volvió con la artillería pesada.- Si no les quitamos, en el plazo de diez días el descubierto, yo no puedo parar el expediente. ¡No depende de mí! Mi mujer, con el brillo de las lágrimas asomándose a los ojos, balbuceo: - ¿Que hacemos? El perfecto profesional bancario encontró la respuesta. El tono de voz pareció ahora más cómplice. - ¡La tarjeta de crédito! ¿Podíamos cargar el descubierto en ella? Dejaríamos las cuentas saneadas y con lo que ahorráis de moras, poco a poco, abonáis el gasto de la tarjeta. Se nos abrió el cielo. De nuevo aquel hombre dio con la tecla. Han pasado unos dos años de aquella solución, tanto Bea como yo, seguimos sin trabajo, vamos tirando como podemos, A mi mujer se la terminó el subsidio justo cuando empecé a cobrar yo el mío. Ahora estamos un poco más tranquilos porque hemos podido bajar las fechas de morosidad gracias a lo que me han dado de mi despido, según entró ¡salió! Conservamos la casa, aunque ya no la consideramos propia, sino un inmueble por el que tendremos que pagar, durante treinta años, una renta con intereses al banco ¡una vida! Seguimos estando en las listas de morosos, nos siguen llamando día si, día también por teléfono, reclamándonos algo que les estamos devolviendo ¡mal! ¡Tarde! pero... devolviéndolo. - La crisis no es igual para todos. Trató de consolarme el camarero del bar. Levanté los ojos vidriosos, producidos por el vapor interno de los cuatro copazos que me había tomado, miré el reloj, apenas veía las agujas. - Son la cinco de la mañana, yo voy a cerrar y usted se va a su casa, mejor, espere que lo llevo, que no está para conducir. Me resultó conocida la voz, de nuevo, levanté la mirada. - Si, soy yo, Julián, el pelele de director que llegó a creer que un día heredaría el banco. Por la crisis perdí el trabajo y encima me dejó mi mujer. Va para tres meses que trabajo aquí y doy gracias. Me entraron unas ganas enormes de «hostiarlo» y sin embargo empecé a reír, como si nunca me hubiera reído, como si me fuera la vida en ello. Julián me miró, derrotado acertó a decir: - Nunca hubiera imaginado la situación, yo nunca... Paré de reír, sujeté con las palmas de mis manos su cara y le dije: - ¿No lo ves? Ahora los dos somos banqueros ¡Pelamos pipas en un banco de la plaza mayor!-ja, ja, Ja, ja, ja.- Mal de muchos, consuelo de gilipollas. Salí del bar partiéndome de risa, llame un taxi ¡Hoy merecía la pena


Sobre esta noticia

Autor:
Simon Tenplas (5 noticias)
Visitas:
2262
Tipo:
Opinión
Licencia:
Copyright autor
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Etiquetas

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.