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Una visión amorosa de la muerte

06/05/2009 19:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Estas son las cuatro funciones que Kubler-Ross pide a los que acompañan a un moribundo: escucha verdadera y sin juicios, aceptación, permanecer a su lado y comunicación.

El 24 de agosto de 2004 moría en Phoenix, Estados Unidos, la doctora Elisabeth Kubler-Ross, pionera en el estudio de la muerte y una de las voces que desde el mundo científico con más vehemencia ha defendido la idea de que la conciencia sobrevive al fin del cuerpo. Miles de familias a las que la doctora Kubler-Ross ayudó a encajar la muerte de sus seres queridos tienen una deuda con esta diminuta y enérgica mujer de origen suizo nacida en 1926. Con su muerte, el mundo del pensamiento alternativo ha perdido una de sus voces más firmes y valientes.Pero, ¿cómo comenzó el interés de esta psiquiatra por la muerte? Pues en la época que era una estudiante, cuando visitó algunos de los campos de exterminio nazi tras la guerra. Elisabeth se sorprendió entonces de que en las paredes de los barracones donde los judíos esperaban su muerte inminente, los más pequeños de ellos, tan jóvenes que ni tan siquiera poseían creencias religiosas, habían dejado plasmados sus sentimientos con respecto a los que les aguardaba. Y lo que más impactó a la joven psiquiatra es que, de una manera natural e instintiva, aquellos niños consideraban la muerte no como un final, sino como un proceso de cambio, una mutación de estado. Como carecían de conceptos para expresar tales sentimientos, aquellos niños lo plasmaron en dibujos de orugas que se transformaban en mariposas.Esos dibujos infantiles tocaron profundamente a Kubler-Ross, quien a partir de entonces se dedicó en cuerpo y alma a crear una nueva cultura sobre la muerte. Horrorizada por el trato que se dispensaba a los enfermos terminales en los hospitales, se convirtió en una voz crítica, que clamaba porque el paciente recuperase su intimidad y se le permitiese morir no entre los fríos muros de un sanatorio, sino en su casa, rodeado de sus seres queridos y permitiéndole despedirse con paz.

Fue el comienzo de una larga sucesión de denuncias. Elisabeth ayudó a muchos familiares a encajar su pérdida, a saber cómo enfrentarse a la muerte de un ser querido, les explicó cómo apoyar al moribundo, lo que debía hacerse en esos difíciles momentos y lo que debía evitarse. Bajo su tutela se crearon fundaciones y movimientos ciudadanos que reclamaban el derecho a una muerte digna. Y comenzaron a publicarse libros, gracias a los cuales miles de familias recibieron consuelo. Publicó un libro tras otro con sus descubrimientos, hasta un total de 22. Muchos fueron best-sellers, pero todo el dinero ella lo invertía en orfanatos y proyectos asistenciales, jamás en sí misma. Elisabeth, infatigable, estuvo junto al lecho de muerte de cientos de pacientes, ayudándoles a enfrentarse a su situación, a aceptarla, a comprenderla, y en definitiva a morir con esperanza. Ella fue la primera psiquiatra que describió las fases de la muerte: pánico, negación, depresión, pacto y aceptación, que se convirtieron en un clásico de la psiquiatría.

Pero su mayor inspiración la encontró siempre en los niños. Elisabeth afirmaba que los más pequeños eran sin duda también los más valientes a la hora de encarar la muerte, los que comprendían mejor que ésta suponía una liberación. El símbolo de la mariposa se convirtió en un emblema de su trabajo, porque para Kubler-Ross la muerte era un renacimiento a un estado de vida superior. Los niños -afirmaba- lo saben intuitivamente; si no les contagiamos nuestros miedos y nuestro dolor, ellos tienen la capacidad de enseñarnos muchas cosas.

Indudablemente sus colegas psiquiatras siempre la miraron con escepticismo, como la doctora con caprichos místicos. Jamás le importaron las opiniones ajenas; estaba tan imbuida en su trabajo que siguió adelante, sin un atisbo de duda. Tras entrevistar a miles de personas en trance de muerte, Elisabeth no tenía dudas acerca de la supervivencia del alma. Si le cuestionabas que las visiones de los moribundos eran producto de una alucinación mental, ella respondía: "¿Y qué tipo de alucinación es esa que permite a un ciego de nacimiento que está muriendo contemplar su cuarto desde fuera de su cuerpo, ver a las personas que lo ayudan, describir los colores de sus uniformes, y acertar en todos los detalles?".

Pidió que la despidieran con alegría, lanzando globos al cielo para anunciar su llegada. Y dijo que ella seguiría ahí arriba, a nuestro lado, "bailando con las galaxias".

Se enfrentó a su propia muerte con la valentía que había afrontado la de los demás, con el coraje que aprendió de los más pequeños. Los últimos años sufrió varios infartos y sabía que su tiempo había concluido y que su misión, la semilla que había plantado, había comenzado a dar sus frutos. Pidió que la despidieran con alegría, lanzando globos al cielo para anunciar su llegada. Y dijo que ella seguiría ahí arriba, a nuestro lado, "bailando con las galaxias".

Si algo llama la atención de los consejos que la doctora Kubler-Ross ha dado a las personas que acompañan a un ser querido en su lecho de muerte, es sobre todo la sencillez de sus premisas. "Cuando se está junto a su cama y se les escucha de verdad -afirmaba Elisabeth- percibes que ellos saben que la muerte está próxima". Cuando el enfermo nos dice que sabe que va a morir, debemos aceptar su declaración sin contradecirla. Según Kubler-Ross, la comunicación, aunque el enfermo no pueda hablar, es continua; si prestamos atención, él nos dirá lo que necesita. Estas son las cuatro funciones que Kubler-Ross pide a los que acompañan a un moribundo: escucha verdadera y sin juicios, aceptación, permanecer a su lado y comunicación.

Pero para poder escuchar de verdad, necesitamos antes vaciarnos de nuestros propios asuntos, estar en un estado de calma interior que pueda trasmitirse al enfermo, quien de ese modo también se liberará poco a poco de sus propios asuntos pendientes. "Estar sentado en la cabecera de un moribundo es un regalo -sostiene la psiquiatra-, nuestro mejor maestro. De ahí saldremos más enteros, más enriquecidos".

la conciencia sobrevive al fin del cuerpo


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