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La primera vez que me acosté con una mujer...

22/03/2012 04:27
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La primera vez que me acosté con una mujer fue por curiosidad. La segunda por placer y la tercera... por venganza.

Nancy tenía veintidós años y yo ya había escuchado el rumor de su homosexualidad. Aunque en aquel entonces solía decir que no me importaba, aunque decía que sus preferencias sexuales me eran indiferentes y que yo no la iba a discriminar, quizá fue eso, precisamente eso, lo que me hizo desear su amistad. Sin embargo no lo supe, o si lo supe, fue hasta que tuve a Nancy encima de mí.

Nancy era una chica del colegio que siempre buscó mi amistad. No pude dejar de fijarme especialmente en ella porque siempre aparecía en todos lados. En el sanitario de la escuela, en la plaza comercial, a pocos kilómetros de mi casa. Era una mujer atractiva y se sospechaba de ella porque aún siendo tan bella jamás se le miró con un hombre. Solía hablar de los hombres como quien habla de demonios y no le importaba que la llamaran gay. Incluso reía coqueta cuando alguna lo hacía. Sin embargo, que yo sepa, jamás se declaró abiertamente lesbiana. Era una mujer con un misterio, y eso me llamaba.

Todo comenzó la vez que estaba tomando el almuerzo en la plaza del colegio. Estaba sola en una de las bancas cuando Nancy llegó. Preguntó si podía, algo tímido para toda esa energía que irradiaba, y le dije que por favor, tomara asiento. Entonces me miró, pero no como una mujer mira a otra, sino de una forma que ya no dejaba lugar a dudas. Me miró y me preguntó si era verdad que yo escribía. Le contesté que sí y ella me dijo que le daba por escribir poemas. También dijo que le gustaba leer todo lo que yo publicaba (por aquel entonces en una revista escolar). Bueno... yo no sabía exactamente qué decir. No tuve que buscar algo que decir, lo que hizo en seguida fue decirme que le encantaría invitarme a cenar esta noche. La invitación me cayó por sorpresa, y Nancy no dejaba de mirarme a los ojos, y tuve que decir que sí. Digo que tuve porque así fue como me sentí: comprometida.

Nancy pasó por mí a las ocho con treinta, no me dejó que fuese de otro modo. Venía con un vestido negro, muy sugestivo y lucía como si fuese a salir con su marido. Subí a su BMW y me llevó a un restaurante en Insurgentes. Dijo que nada especial, que apenas un lugar que frecuenta recién y que le ha gustado por su vino, que es un rioja buenísimo.

Me contó de su vida. Me dijo que tenía veintidós años, era del signo Tauro y no creía en Dios. Estudiaba LAE e iba en el mismo semestre que yo. Tenía un apartamento en Miguel Ángel de Quevedo y estaba ansiosa por que yo lo conociera. Era muy directa, pero de un modo que no te hacía pensar mal. Podía decirte que deseaba llevarte a casa sin que lo sintieras como una ofensa o un ataque. Algún tipo de habilidad lésbica que le servía para follarse jovencitas hetero.

2

La primera vez que me acosté con Nancy lo hice por curiosidad. Nancy y yo comenzamos a salir con mayor frecuencia. Con tanta frecuencia que los rumores se hicieron ver. Sin embargo, lejos de criticarnos comenzaron por envidiarnos. Aquel año comenzó a ponerse de moda tener un ligue lésbico. Si antes ser puta era ser libre, ahora ser libre implicaba ser puta y serlo con otra mujer era ser aún más libre.

De aquel día en adelante comenzaron nuestros quince minutos de fama. Los hombres nos miraban tomadas de la mano y babeaban. Las mujeres nos miraban sin saber cómo. Por un lado nos odiaban por ser el centro de la atención de sus parejas y de todos los chicos del colegio, y por otro, las más aventadas, nos envidiaban por no ser ellas las primeras en aceptar sus ligues lésbicos. Y también había las que se morían por ser como nostras, libres, pero que sencillamente no podían.

Nancy y yo éramos las reinas de un reinado rosa y metafórico. Con metafórico quiero decir, imposible. Ambas sabíamos que esto no iba a durar siempre. Al menos yo lo sabía. Yo estaba consciente de que aún acostándome con ella no era, ni sería, lesbiana. Pero si antes dije que ambas éramos consientes, es un error. Todo este rollo lésbico era para mí una fiesta. Un evento social al que se acude y en el que se brilla, pero no en el que se vive. Nancy no era mi vida, ni siquiera sentía por ella el amor que una siente por un hombre. Nancy me excitaba, me hacía sentir segura y entendida, tierna... pero jamás amada.

La primera vez que Nancy y yo hicimos el amor me sentí excitada sobre todo por la conciencia de estar haciendo una cosa prohibida sin que se abriese la tierra para tragarme, o sin ser castigada por Dios, cuando yo no creía en Dios. El romper aquel tabú me hizo sentirme muy liberada. Fue casi como volver a perder la virginidad. Fue como el primer adulterio. Fue como la primera vez de cualquier cosa que se hace con cierto miedo. ¿Cómo puedo expresar el sentimiento que experimente? Me viene a la cabeza la palabra engreimiento. Me sentía superior a toda la gente que no se atrevía a hacerlo. Nancy era para mí un trofeo a mí misma por ser tan valiente, tan libre y tan poco común. Aunque no fuera cierto. Nancy era un logro, un punto a mi favor, pero jamás, por ningún motivo, un gran amor.

Esto último podría ser cruel si pensamos que Nancy estaba realmente enamorada de mí. Pero no lo estaba. Yo era para Nancy otro trofeo. El trofeo de las lesbianas: ligarse a una chica que fuese guapa y al mismo tiempo, hetero. Es decir, a una mujer de verdad.

Lo que Nancy quería comer a través de mi coño era mi personalidad, mi vulnerabilidad, mi ateísmo enardecido, mi feminidad, mi libertad, mi esencia de mujer admirada. Lo que yo quería era comer su valentía, su valor de hacer algo que pocos hacen. Su fama y su misterio. Quería comerme ese misterio que la rodeaba, y hacerlo mío.

Nancy debió de notar en mí mi deseo de libertad, de misterio, el día en que vino a buscarme. Debió de haber notado mi vulnerabilidad. Durante todo el semestre me había mirado desde el otro lado de la mesa, deseándome, enamorándose de mí. Para mí, ella era sobre todo un objeto de curiosidad: me llamaba la tención su masculino corte de pelo, su cuerpo largo y delgado, sus senos bien proporcionados, sus ropas último modelo, frescas y a la vez sugerentes de un misterio que se esconde bajo esas faldas. Aquel año yo no quería conocer a alguien más. Tenía una actitud cínica ante el amor y la libertad; Nancy tuvo que abrirse paso por entre aquel cinismo para hacerse oír. Sabía, de algún modo, que al final de ese camino estaba la gloria. Y sabía que ese era el camino correcto; olía mi deseo de libertinaje. Un deseo del que ella fue la primera en percatarse.

3

Entramos a la sala de mi casa. Vinimos de comer en un restaurante vegetariano. Nos sentamos en el sofá, muy cerca una de la otra y casi no hablamos. Estamos cansadas, acaloradas. Nancy pregunta si tengo un vaso con agua. Le digo que sí y voy yo misma a la cocina. Traigo conmigo dos vasos con agua y le propongo subir a mi habitación. La sala es un lugar peligroso, puede mirarnos mi padre o algún empleado de servicio.

Una vez en la habitación nos sentamos sobre la cama. La miro al tiempo que respiro aprisa. Le miro los ojos y luego bajo la mirada. Allí están sus senos, casi a punto de reventar bajo esa camisa blanca. Siento deseo de tocarla. Ella parece leer mi pensamiento y me toma una mano. La coloca sobre su pecho izquierdo. La mete por debajo de la camisa. No lleva sujetador. Siento su pecho. El pezón es rugoso pero la parte inferior es sedosa. Nancy me acaricia el pelo y después la mejilla, y después me levanta la cara para besarme. Es como besarme a mí misma.

Nancy comienza siempre por acariciarme y termina de hacer el amor pegándome. Me da nalgadas y me avienta a la cama como lo haría un hombre. Me siento realmente excitada. Me come las tetas con verdadera pasión. Me come el coño y me masturba como un hombre jamás lo haría. Nancy lame mis pies y me acaricia las nalgas. Nancy dice que me ama. Nancy respira en mi oído y yo siento ganas de que sea Nancy la que me joda una y otra vez.

Mi padre es un hombre chapado a la antigua que no ve con buenos ojos las veleidades bisexuales. Esto constituye, sin duda, un aliciente más. Si se enterase, me mataría. Y también está Scott, mi novio. Así que esta tarde soy una lesbiana y una amante. A Scott nunca le ha gustado demasiado besarme el sexo. Nancy lo ama. Estoy allí echada tratando de no pensar, sin embargo pienso. Juzgo sin juzgar. Todas estas ideas me vienen a la cabeza. Entre tanto Nancy me mordisquea suavemente el clítoris con sus dientes perfectos. Desliza una y otra vez en mi vagina un dedo impecablemente manicurado y me acaricia los pezones con la otra mano.

Cierro los ojos y trato de no pensar en otra cosa que en mis sensaciones, en mi embriaguez y en los círculos de placer que se centran en mi coño, pero no puedo evitar pensar en algo más: estoy siendo violada por mi deseo de libertad. El cálido dedo que se introduce una y otra vez en mi coño, es el dedo del cazador. Ella me eligió como yo elijo a mis hombres. Soy su presa y soy su cena. Caí en la trampa por querer ser libre. Me ofrecen libertad pero me atan. Me atan con sogas de seda y con placer, como la naturaleza ata a sus víctimas con sexo para obligar la reproducción.

Fue agradable. Nancy es una experta en materia de cunnilingus, y tiene mucha clase. Pareció un acto menos sexual que cultural. Casi parecía que iban a traerle un aguamanil de plata (con pétalos de rosa flotando en el agua) para enjuagarse los dedos después de tocar mi coño. Y una servilleta de lino para secárselos. Y después, un postre exquisito. Me hacía sentir como comida de león. Como esclava de un demonio. Y me encantaba.

Pero ahora me tocaba corresponder. La ama ordenaba que la esclava diera placer. Nancy era mi ama. No podía ser de otro modo. Yo era ama de mis hombres y solo ella, una mujer, podía dominar la mano que alza el látigo.

Bien, he aquí la verdad. No importa lo que los poetas digan al respecto, ni lo que opinen los hombres más experimentados. No importa lo que digan los amantes: el coño de una mujer hule mal. ¿Se atrevería una feminista a decir la verdad acerca del cunnilingus a estas alturas del la historia?

Hice todo lo que pude. Saqué la lengua con toda buena voluntad y me lancé. Quería que Nancy sintiera todo lo que yo sentí. Pagarle con la misma moneda. Pero no pude. Ahora entendía porque la gente se niega a hacerlo. Porque otras mujeres se niegan a hacerlo. Porque la repulsión hacia un acto sexual con alguien de tu mismo sexo. Entendí y comprendí que por más libertad que yo deseara, que por más libre que deseara ser, esto no iba conmigo. En este momento, pensaba, todos quieren ser yo con excepción de mí misma. Nancy tardaba demasiado en correrse y yo tenía la impresión de haberme pasado allí toda la vida. Comenzaba a entender que a Scott no le apeteciese comerme el coño. Comenzaba a entender a los hombres, tanteando una vagina sin saber de qué va la cosa. Sin recibir orientación alguna de la dama (que es demasiado sensible para preguntárselo) y preguntándose si ella se va a correr ahora, o ahora, o ahora, o si se ha corrido ya, o si se correrá dentro de tres meses, ¿o qué?

¡La pelvis de Nancy se mueve! Se estremece. Se mueve rítmicamente hacia mi boca. ¡Todo saldrá bien! ¡Va a correrse! ¡Aleluya! No voy a quedar como una inexperimentada, o como una egoísta que sólo busca su placer sin impórtale el de su pareja. ¿Por qué me importa todo esto? ¿Es porque se trata de Nancy, o de una mujer? ¡Nancy deja de moverse! ¿Es que he parado demasiado tiempo? Falsa alarma. Nancy deja de moverse y me retira. Me siento como tan angustiada como un hombre, ¿es que lo he hecho mal? Si al menos pudiera preguntárselo. ¿Debo creer que se ha corrido?, ¿debo pensar que si ella me ha retirado es porque no ha podido más? Me recuesta junto a ella en la cama. Me toma de la mano y me dice que todo está muy bien. ¿Por qué lo ha dicho?, ¿es porque todo está muy bien?, ¿o porque todo está muy mal? No entiendo cómo me lié en esto. Si me hubiesen advertido que sería complicado física y psicológicamente... Si he hecho esto, ¿soy una lesbiana? No me siento como una, pero... ¿seré lesbiana en adelante sólo por haberlo hecho una vez? Quizá las lesbianas tampoco se sienten como lesbianas. Después de todo siempre andan diciendo que son iguales al resto pero con diferente orientación sexual. ¿Entonces?, ¿todas somos lesbianas?, ¿todas sentimos esta curiosidad alguna vez en la vida? Quisiera decirle a Nancy que desapareciese de mi casa. Largarla con una varita mágica.

No te has corrido, digo al fin. Deprimida, con la muñeca dolorida y la boca llena de eso. Después de tanto intentarlo no ha habido orgasmo. Me siento como una amante fracasada, inepta. Me siento como un hombre que se lleva a la cama a una mujer frígida: desconcertada. No importa, dice Nancy. Me parece que por un momento lo comprendo todo, la guerra de los sexos. El egoísmo del hombre y la generosidad de la mujer. Pero a Nancy no le importaba. Eso fue lo que dijo. A partir de aquel momento me tomé como una cuestión de honor el hacerla llegar al orgasmo. Encontraría un modo de hacerlo.

4

Nos quedamos dormidas. No mucho tiempo, al parecer. Dos horas a lo más. El calor, el cansancio, el sexo. Nancy me despertó con un beso en los labios. Abrí los ojos y allí estaba ella: una mujer, encima de mí...

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Verónica Pinciotti.

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