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El Verdadero Sentido de la Gala de los Oscar

09/03/2011 21:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Las estrellas se lucen como nunca en una gala más bien deslucida según la prensa

En esa fase histórica fascinante durante la cual se produjo el paso del Antiguo al Nuevo Régimen, las mujeres de la aristocracia y de la alta burguesía (ahora sólo hay burguesía baja, y alto, medio y bajo proletariado, puesto que las clases se han nivelado a la baja bajo el efecto apisonadora de la incultura de masas y vivimos en el subsuelo del que la baja burguesía saca a veces su cabeza de tortuga rugosa para mirar las estrellas altas pero desorientadas y erráticas, mientras que el alto proletariado se conforma con mirar las bajas raíces de los tubérculos y los bajos de las faldas de las coristas las raras veces que va al teatro); en esa fase, digo, la ópera era el arte noble por antonomasia, lo cual quería decir que las élites podían acudir allí para consagrarse y tomar conciencia de su estatus en una suerte de ritual «dramático» destinado, fundamentalmente a espantar y exorcizar al vulgo. Comparado con ella, el teatro siempre resultó un poco sospechoso, a no ser en provincias donde no importaba contaminarse un poco, pues la provincias eran ya de por sí contaminantes, a las provincias sólo iban los hombres de negocios a explotar una mina y a los mineros, de paso. Es cierto que las mujeres acudían también a la ópera a lucir sus pedrerías y sus trajes, en tanto que los hombres acudían a lucir a sus mujeres, pero eso era secundario. Muerta la ópera, de popularidad, de tuberculosis o de las dos cosas, y una vez que la burguesía en su fase de expansión y auto-inmolación apocalíptica, acabó con el «talento» de los artistas, ya no quedaba otra cosa que el cinematógrafo, que nació, como todos saben en una barraca de feria, y después de una fase efímera de auténtica creatividad ha vuelto a sus circenses orígenes. De ahí que, por muchas joyas y muchas pieles que te pongas, siempre resulta un poco «comprometedor» ir al cine, y las señoras de alto copete tienen que poner un rostro hierático y condescendiente para mostrar que en realidad están haciendo una regia concesión a los tiempos que corren porque ya no les quedan otros. El caso es que, por frívola que fuera la concurrencia, en los teatros de ópera tenía lugar una auténtica exhibición de todo tipo de dotes artísticas. Los protagonistas de estas producciones canoras no eran macarras que sueltan mamporros a diestro y siniestro, ni putas saltando de cama en cama y enseñando las tetas (aunque es cierto que, por culpa de los directores canalla modernos que no tienen ni talento, ni vergüenza, las producciones actuales de las óperas muertas (fusiladas) se están llenando de señores y señoras en plan despelote, y a alguna «Prima Donna» le han llegado a obligar a que enseñe el culo o que se enseñe una teta, a pesar de que no lo exija, ni mucho menos, el guión o el libreto). Aunque es verdad que las élites acudían a la ópera, como hemos dicho, a alardear de sus conquistas, algunas damas de la aristocracia podían envanecerse, a veces, de haber conquistado nada menos que a un «Chopin», a un «Lizt», o a un genio semejante, antes de que todos ellos se murieran de tuberculosis. ¿Fue la tuberculosis el asesino a sueldo de la burguesía que acabó con el arte? (¿O más que de la burguesía en abstracto, de los burgueses celosos del elevado sentido estético de sus esposas?) Es posible. Ahora las únicas que se lucen son las actrices que se limitan a conquistar a actores, y los actores que se limitan a conquistar a actrices, en una suerte de comercio sexual endogámico que está causando estragos en las escuelas de arte dramático, (se está empobreciendo el material genético histriónico).

Lo más parecido a la ópera en nuestros tiempos son, pues, los estrenos de las super-producciones de Hollywood y la gala de los «Oscar» (que según la RAE se escribe en plural «Óscares», según el manual de «El País» «Oscars» y según la Agencia EFE «Oscar», de forma que cada vez que el lector repasa la prensa para informarse acerca del evento se despliega ante sus ojos un baile tal de comillas y de acentos que cualquiera diría que los periodistas nos hemos emborrachado en la fiesta posterior a la gala, cuando, por desgracia, no es cierto). De lo que no cabe ninguna duda es de que, en la gala, el verdadero espectáculo son los actores y las actrices que pisan la alfombra roja, y se desarrolla, por tanto, no en la sala, sino en la puerta. Intimidada la crítica por la ínfima calidad del producto artístico que se oferta y por la alta calidad del envoltorio, los críticos han pasado el bastón de mando a los comentaristas de la prensa rosa que condecorados con algún doctorado «Honoris Causa», elaboran sesudas tesis universitarias acerca de los vestidos o desnudeces de las actrices. Que Fulanita de tal o Menganita lleve más o menos subido el escote puede dar lugar a acalorados debates en las aulas magnas y llegará el momento que un catedrático pueda perder su cátedra por no haber sacado las debidas conclusiones epistemológicas acerca del escote de Fulanita.

Después de cinco siglos de decadencia, tras la gloriosa primavera medieval universitaria, período en el que prácticamente sólo se enseñaba teología, que es la única disciplina «importante», lo mejor que puede uno decir de las universidades de todo el mundo es que han «inventado» algún aparato, algún virus o alguna epidemia bacteriológica. Ni siquiera han sido capaces de inventar las bragas Ponte.

Almodóvar, por cierto, es un síntoma cultural notabilísimo. Que el arte «Underground» haya pasado a ser la forma más elevada de arte ¿no es una terrible metáfora de la nueva condición humana subterránea? A lo más alto que ha llegado el hombre moderno (tras «inventar» la capa de ozono) es a la capa del humus o al estrato cuaternario de la corteza terrestre. ¿Se ha convertido o ha mutado la propia metáfora, la figura retórica, en otro virus más? Posiblemente. Quizás haya llegado el momento de abandonar la esperanza de salir a la superficie, y tengamos que dar media vuelta y cavar buscando el núcleo de la tierra para abrasarnos en ella definitivamente. El hombre ya no puede ser elevado, ni tener altos ideales, se tiene que conformar con ser «profundo» (sobre todo a raíz de la invención del psicoanálisis que es el arte de hundir profundamente a la gente en un sofá mugriento por los siglos de los siglos). Yo, de hecho, me siento cada día más hundido en el sofá del «living room» frente al DVD y más «profundo» por lo tanto. Si a un caballero o un escritor medieval le hubieran dicho que sus pensamientos eran muy profundos, probablemente nos habría hundido la lanza o la pluma profundamente en la vesícula (la bilial, por supuesto). Su ideal era conquistar el cielo, no el subsuelo. Ahora, si decimos de alguien que tiene pensamientos elevados, nos morimos de risa.

Pero «profundizando" en esta cuestión de la función del espectáculo, me pregunto: la gala de los «Oscar», ¿se organiza para premiar a las películas? ¿O se producen las películas para poder llevar a cabo una gala de los «Oscar»? ¿Qué sería de los altos modistos sin la gala de los «Oscar»? ¿No se perderían muchísimos puestos de trabajo esclavo en los talleres de Indonesia dedicados a piratear las prendas de lujo?

De los Goya no hablo porque es una copia pirata de los «Oscar», y yo me pregunto porqué los miembros de la academia de Hollywood no meten a los miembros de la academia de Madrid en la cárcel, por plagio. Si acabaran todos en la cárcel, se podría rodar una super-producción de Hollywood en Alcalá Meco y dar trabajo a los presos como extras.

No podemos prescindir de los «Oscar». Sin su lujoso envoltorio, ¿No brillaría en toda su desnudez la irrealidad espectral del arte, muerto de risa sardónica?

Yo, de momento, me consuelo llorando y escuchando la grabación pirata de la Callas cantando en Lisboa «La Traviata», y leyendo «El Pajarito».


Sobre esta noticia

Autor:
Francisco Bullón (10 noticias)
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