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Al borde del acantilado

10/06/2015 21:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Aunque disfrutemos de una democracia más o menos consolidada, que elijamos a nuestros representantes en elecciones libres, que tengamos libertad de opinión y pensamiento y que podamos movernos sin restricción alguna, vamos mal, muy mal

Cuando me faltaba poco para cumplir los dieciocho años, me fui del país con una pequeña maleta azul pero con miles de sueños en el corazón emigrante, y puse un extraordinario e imponente Atlántico de por medio, con el único objetivo de evitar el servicio militar, que entonces era de cumplimiento obligatorio. Aunque ahora entiendo que lo que realmente no deseaba en aquel momento, era vestir un uniforme de obediencia absoluta, rendirle tributo a un himno, lealtad a una bandera ni sumisión a un escudo. Si había que ser leal, devoto y respetuoso lo sería con el planeta y con el universo, cumpliendo esas leyes que no están en ningún manual de jurisprudencia, pero que todos deberíamos acatar sin reticencia alguna. Con esas leyes vibrando en el cerebro y en el corazón de cada ser humano, se acabarían las guerras, las desigualdades, el hambre, la miseria, la escasez, el odio, el egoísmo, la mezquindad, la usura, y la prodigalidad podría ser la bandera a enarbolar en este inmenso hogar llamado Tierra, en el que las fronteras solo se verían en las páginas de los libros de historia, que contarían en detalle lo que éramos en tiempos remotos y los conflictos bélicos solo tendrían como escenario las pantallas de los videojuegos. Y todo se resume a dos palabras clave: Respeto y convivencia; con ellas como norma de conducta no hubiéramos tenido que sufrir una terrible Guerra Civil, con las nefastas consecuencias de miles de muertos, familias destrozadas y tantos recursos dilapidados, que hubieran servido para alimentar a este pequeño país por más de medio siglo a barriga llena. Sin embargo, no hemos aprendido nada y si en aquel conflicto se quemaron las riquezas de toda una nación para, presuntamente, poner “orden en el caos”, hoy se siguen destruyendo y despilfarrando ingentes cantidades de dinero de manera indiscriminada, solo porque el libre mercado y las reglas de la economía mundial así lo exigen, en un contexto tan materialista que si profundizamos en el asunto, pareciera que muchos de los que dirigen el mundo de las finanzas, que ostentan grandes capitales y poseen enormes fortunas mundiales, tienen un extraño pacto entre ellos, para que sus ya dilatadas cuentas bancarias sigan en ritmo ascendente día tras día, sin preocuparse sino de amasar y amasar sus caudales, como si tuvieran en sus manos un salvoconducto a la inmortalidad, y pasando por encima de quien haga falta, destruyendo las esperanzas de quien sea necesario y especialmente pactando con el mundo de la política para que sus bolsillos no sean tocados ni investigados en ningún momento; con lo que matan dos pájaros de un tiro: Siguen con sus ganancias multiplicándose en total libertad y además pasan a ser quienes controlen el codiciado poder político, que para su supervivencia y estabilidad siempre va a depender del poder económico. Siento decirlo, pero en pleno siglo XXI, cuando el desarrollo de los pueblos tendría que ser la única motivación que mueva a quienes tienen las riendas del progreso en cada rincón del planeta, parece que vamos en decadente retroceso, a pesar de los inimaginables adelantos de la ciencia, de los más reputados avances tecnológicos y los más sofisticados conocimientos. Y aunque disfrutemos de una democracia más o menos consolidada, que elijamos a nuestros representantes en elecciones libres, que tengamos libertad de opinión y pensamiento, que podamos movernos a lo largo y ancho del país sin restricción alguna, que podamos agruparnos en asociaciones, en pandillas de amigos o lo que nos dé la gana, vamos mal, muy mal. Estamos indefensos ante la arremetida de los poderosos, a quienes no les cabe en la cabeza que un gusano pueda hacerle frente a un águila o que la victoria de David ante Goliat solo existe en las páginas de la historia bíblica. Hay mucha mentalidad goebeliana deambulando con su acrimonia en los oscuros rincones de la prepotencia y la soberbia, agazapado tras un escritorio con su corbata de seda, su Rolex en la muñeca y ese aire de superioridad que parece absorber todo el oxígeno que le rodea, que para eso es quien manda, administra y ordena (y manipula, casi siempre). En este 2015 que nos toca he llegado a la conclusión de que seguimos bajo las órdenes de aquellos señores feudales de la Edad Media, pero que se bajaron del caballo y viajan en costosos automóviles con chofer y no llevan espada al cinto, sino una conexión satelital para dirigir el mundo a su antojo, porque son capaces, si sus intereses se vieran afectados, de hacer cambiar la rotación del planeta, de alejar la lluvia hacia otras latitudes o modificar las mareas con las fases lunares incluidas. Nos quieren convencer con el cuento de que tenemos Estado de Derecho, con la parafernalia de la prosperidad, el crecimiento económico, la educación universal, la instrucción ilimitada, pero en cuanto los descubrimos sin el disfraz adaptado a cada circunstancia, nos damos cuenta, tal vez demasiado tarde, de la hipocresía que les acompaña, de la falsedad de su mirada, de su astucia para sobrellevar cada acontecimiento adverso y convertirlo en parte de sus ganancias. No importa si vivimos en algún país de esta vieja Europa, en Japón, Estados Unidos o en la joven Latinoamérica; todos tienen algo en común: Dedican abundantes cantidades de dinero a mantener la ley y el orden en el mundo, a controlar la seguridad, que se mantengan las normas; son los íntimos protectores del equilibrio universal, con un nexo de amistad y confianza que muchas veces nos deja estupefactos. Si no díganme qué pueden tener en común el Primer Ministro británico y el Presidente chino, o la Canciller alemana y el Presidente ruso, el Presidente norteamericano y la Presidenta brasileña, o el Presidente de Austria con el Presidente de Bolivia, solo por poner algunos ejemplos. Pero allí los vemos en nuestras pantallas, dándose la mano, a veces abrazados y hasta dándose dos besos de hermanos, comiendo en perfecta camaradería, brindando por los acuerdos mutuos, contándose chistes seguidos de una sonora carcajada, y a todos se les ve tan felices que uno duda de si en verdad están representando a un país y buscando inversiones para beneficio de los ciudadanos o están disfrutando el viaje como cualquier turista con todos los gastos pagados.

Pareciera que quienes dirigen el mundo de las finanzas, los que ostentan grandes capitales y los propietarios de las enormes fortunas mundiales, tienen un extraño pacto entre ellos

Han pasado cuarenta años desde mi huida hacia el mundo desconocido de la emigración, para no obedecer un mandato militar que parecía ineludible y así pude conocer la otra mitad de mí mismo, más allá del horizonte pueblerino, compartiendo con otras culturas, otra lengua, diferentes tradiciones y costumbres, pero en todas las miradas encontré la necesaria empatía, la hospitalidad sin barreras y de manera especial el más preciado de todos los dones del universo: La Libertad. Libertad para pensar, Libertad para hablar, Libertad para escribir y contar lo que se piensa.


Sobre esta noticia

Autor:
Julio M. Prado (16 noticias)
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Tipo:
Opinión
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