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El valor de un techo, una comida diaria, la ausencia de enfermedad o de una cama

05/06/2011 13:14 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

'Resistir es, de alguna manera, vencer’, me decía un espectador de Madrid cuando hace muchos años corrí mi primera carrera de cien kilómetros. Resistimos, incluso, hasta en la misma hora de la muerte…

El valor de un techo, una comida diaria, la ausencia de enfermedad o de una cama .

Cuando te entrenas durante varias horas seguidas y la extenuación te termina atenazando es probable que tu mente comience también a involucionar, resultando habitual que rebobines toda tu existencia en un breve espacio de tiempo. Y puede que los fotogramas de tu vida te empiecen a desfilar por la cabeza, hirientes muchos de ellos y a menudo despiadados. Como si te fueras pidiendo cuentas a ti mismo, en cada paso, en cada zancada, recuerdo a recuerdo, momento a momento… Y entonces esos retales de película se vuelven macabros, porque parecen querer mostrarte la inmensidad de cosas que has hecho mal en la vida y todo cuanto has dejado en el camino por no haber tomado la senda correcta, ser pusilánime en ocasiones, insumiso con el poder o simplemente porque el destino quiso que la pelota cayese en tu campo, en vez de superar la red y aterrizar en el contrario, en aquél ‘match’ decisivo. Lo que hubieras podido ser y no has sido si un día, hace muchos años, hubieses decidido aprovechar mejor el tiempo y quizás convertirte en un ‘ciudadano acomodado’, en vez de quedarte extasiado al ver en una revista la foto legendaria de un etíope llamado Bikila —que, al llegar al Obelisco de Axum que los italianos habían robado a su pueblo en 1937, demarró ante el marroquí Abdesalam y ganó la maratón olímpica de Roma corriendo de noche descalzo y a la luz de las antorchas— y echarte a la calle con descaro, intentando emular humildemente, una parte al menos, del comportamiento de aquél africano austero y sencillo.

Y te vas introduciendo poco a poco en las largas distancias. Hasta que te quedas atrapado por esos retos, para unos inhumanos, para otros deprimentes y para los más de locos. Para qué entrar a discernir estos puntos de vista, cuando a buen seguro ni los más audaces psiquiatras podrían¿De locos…?. Discutible, sin duda. Porque, ¿cuáles son los locos y cuáles los otros? A veces la frontera entre los buenos y los malos es tan tenue que se diluye en sí misma... Lo más fácil es criticar el esfuerzo de los demás desde las terrazas de un café o de un club de campo, rodeados de amigotes aduladores y entre diálogos tal vez deleznables. Ya lo decía Ortega: el comportamiento del individuo cambia totalmente cuando actúa arropado por la masa. Por eso, en la masa se hacen juicios que dañan el honor y buen nombre de personas austeras y esforzadas. Comentarios que no habría valor para formular frente a frente, cara a cara…

A menudo los periodistas y tus amigos quieren conocer dos aspectos de tu vida que les llaman mucho la atención: en qué piensas cuando corres largas distancias y por qué lo haces. Aunque puedes darles muchas explicaciones al respecto, no creo que consigas contestar concisamente a esas dos cuestiones nunca.

¿Por qué?. ¿Para qué?.¡Ah…, que insidiosos interrogantes!. Lejos de sublimes prédicas metafísicas, quizás uno, humildemente, sólo esperaría que su deambular por las carreteras del mundo haya servido para que, por simple mimetismo, alguien —hombre o mujer— comience a practicar el ‘running’. Que algún niño y niña busque, con ello —aunque parezca un contrasentido— el cuidado de su cuerpo, la formación como ser humano y el mundo de las ideas, porque con el ultrafondo yo nunca quise incitar a que los demás emulasen mi comportamiento, sino que lo que pretendí con ello fue transmitir ese sentimiento de ascética inmolación que comporta correr la larga distancia y que tanto escasea en la vida diaria actual.

Buscar el mundo de las ideas, como digo. Lo que yo llamo alcanzar un ‘autoanálisis reflexivo’. Porque mientras se practica la carrera continua --sobre todo en solitario y por entornos adecuados-- se medita en profundidad, casi como en ningún otro lugar o situación. A menudo los problemas que nos plantea la vida diaria los resolvemos corriendo. Si tenemos una dificultad, la empezamos a afrontar desde la peor de sus caras. A partir de ahí las cosas irán mejor, sencillamente porque ya no podrían empeorar más. El corredor o corredora soluciona muchos de los dilemas de su vida corriendo. Al mismo tiempo que el cuerpo va alcanzando un grado óptimo de trabajo mecánico, el cerebro parece lograr también, al unísono y por ciertos espacios de tiempo, un clímax apropiado para la producción de ideas de la más variada naturaleza. Pero ello hasta un cierto punto, hasta un umbral, traspasado el cual los pensamientos comienzan a ser negativos y hay que estar preparados para luchar continuamente contra ellos, como ocurre en los entrenamientos extenuantes de varias horas y en las carrera s de ultradistancia. O sea, que el intelecto es floreciente y fecundo solo por un tiempo. Luego llegará el momento de inflexión y el posterior declive anímico, instante a partir del cual posiblemente ya no interesará seguir especulando en el mundo de las ideas.

Millariega, entrando en la meta de los ‘100 Km. Villa de Madrid’ el 1 de abril de 1990.

Por qué lo hacemos y en qué pensamos. Buenas preguntas. Intrigantes dilemas. Muchos de los que corremos largas distancias quizás sintamos con ello que nuestro cuerpo se depura y nuestra alma se eleva. Es como si paso a paso, zancada a zancada, fuésemos dejando atrás toda la parte de maldad o inmundicia que se pudiera acumular en nosotros, que de este modo parece diluirse con cada gota de sudor. Además no es menos cierto que en general disfrutamos de una vida relativamente cómoda. Por ello no está del todo mal que, de cuando en cuando, intentemos compartir el dolor y la desventura de los más desarraigados. Quizás así podríamos comprenderlos un poco mejor. Siempre recordaré la experiencia de las ‘48 Horas de Köln’ (Alemania). En la noche del día dos me encontré extenuado y al límite de mis fuerzas. Necesitaba descansar un poco y no tenía dónde. Al pasar al lado de las asistencias médicas —y tras pedir permiso a uno de los comisarios de la prueba— intenté engañar al galeno piadosamente asegurándole que estaba enfermo, en un inglés deprimente, con lo que, sin mediar otra explicación, me tumbé un rato en una camilla. Pero poco hubo de durar tan inconsistente fabulación, ya que tan pronto como detectaron que mis constantes vitales eran normales me invitaron a continuar la carrera. Pero no podía resistir ya más el sueño y el agotamiento. Necesitaba cerrar los ojos por unos minutos y no encontraba un lugar idóneo El frío era intenso. Sólo con parar te quedabas congelado, sobre todo con la brisa cortante del río Rhin. Así que tuve que juntar dos contenedores de basura y acurrucarme un rato en el medio, sobre el asfalto de la carretera. Allí, aquél día, aprendí a valorar cosas a las que en la vida diaria no damos importancia, como por ejemplo el tener una cama donde dormir. Lo mismo me había ocurrido en Grecia. Habíamos salido de Atenas para después atravesar el estrecho de Korintyo en dirección a Esparta, en plena Península del Peloponeso. Cuando tras el kilómetro 150, ya en plena noche, hube atravesado el temido Monte Parthenio —donde el ‘Dios Pan’ dio fuerzas a Filípides en el 490 A.C. y a mí pareció quitármelas—, camino de Zevgolatio Arcadia, necesité también imperiosamente cerrar los ojos un rato. Se daban los mismos condicionantes que en Alemania: frío, oscuridad, agotamiento, desolación…Hube de recopilar ramas de pino para tumbarme en el bosque, al lado de la carretera y cubrirme con ellas. Allí también aprendí a valorar mucho esos bienes terrenales cuya posesión consideramos triviales y con los que a menudo no estamos a gusto: un techo, la comida diaria, la ausencia de enfermedad, una familia, una cama…

‘Resistir es, de alguna manera, vencer’, me decía un espectador de Madrid cuando hace muchos años corrí mi primera carrera de cien kilómetros. Y así sucede en la mayoría de las ocasiones. Porque, si reflexionamos un poco, vemos que sacamos nuestra vida adelante a base de resistir. Resistimos, incluso, hasta en la misma hora de la muerte…

Sabemos que, muchas veces, vamos a fracasar. Algunas de nuestras carreras y competiciones nos van a decepcionar, porque el resultado no va a ser el que esperábamos. ¿No es eso el resultado de toda nuestra vida?. Pero no nos engañemos: es de los fracasos de donde más se puede aprender. El triunfo y las palmadas en la espalda se llevan muy bien. Ya me lo decía en Grecia el ultracorredor argentino Jorge Castelli, el cual, al objeto de poder ser preseleccionado para competir en la Spartathlon, había tenido que hacer una colecta económica en su ciudad, Trelew (Patagonia). (‘Argentina reventará cualquier día, José Manuel…’, me aseguraba Castelli). Eso mismo que me sentenciaba Castelli –que no todo en la vida son palmaditas en la espalda-- venía a decir el gran pensador español Ortega y Gasset, cuanto vaticinaba que en la lucha hay que estar dispuestos a todo, también al fracaso y a la derrota, los cuales, no menos que la victoria, son caras que de pronto toma la vida’. (Millariega).


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Millariega (1 noticias)
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