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El uso del derecho (historia de un cuento)

25/10/2010 15:46 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El hombre, entonces, escribió nuevamente la historia y dijo: “Todo me pertenece. Y porque me pertenece tengo todo el derecho”

El uso del derecho (historia de un cuento)

El hombre sintió que estaba en su derecho. “Hace, se dijo, añares que mi familia vive aquí. Y no hemos obtenido nada. Al contrario. Esos que nos trajeron a trabajar en el ferrocarril, vinieron con sus oscuros contratos y sus leyes de hierro. Nos pagaron muy poco y nos dejaron tirados. Ellos lograron irse a continuar sus vidas en las ciudades con los bolsillos llenos. Nosotros, entretanto, fuimos tomando el color de la tierra, las facciones borrosas de los antiguos. Y nos quedamos a plantar nuestros ranchos y a criar nuestros cabritos y nuestros hijos”. Y así siguió en el devenir del atardecer hilando pensamientos. El rencor le daba fuerza y la fuerza le daba potencia.

De pronto se irguió y sin pensarlo comenzó a caminar por el espeso bosque. Parecía un quebracho más debajo de la lluvia torrentosa del verano. Solemne y silencioso, recorrió la picada, por la que tantas veces anduvo con el hacha al hombro detrás de algún altanero turco, cortando, éste sí, éste no, los más anchurosos troncos, a puro pulmón, dejando en cada golpe la vida, y recibiendo a cambio, unos paquetes de tabaco, fideos y grasa.

Pero los tiempos fueron cambiando. Muchos murieron de diabetes. Un siglo sucedió a otro. Los bancos del mundo tomaron el control y muchas monedas rodaron de sus bolsillos hasta sitios inopinados. La falta de filosofía no le permitió resguardar su dignidad. Así el hombre recogió algunas de ellas y compró otros hombres. Como en un círculo mitológico, los obligó a cortar y cortar y cortar… éste sí, éste sí, éste también. Con toda esa gran montaña de troncos, el hombre logró el poder y ya no le importó contar la historia.. Comenzó a viajar a los lugares cercanos. Aprendió muchas cosas. Supo de los yacus ihs, las microondas y los autos de carrera. Entonces quiso todo para sí. De modo que se afanó en comprar más hombres para cortar más árboles.

En poco tiempo obtuvo todo lo soñado. Edificó palacios como los de los emiratos y engalanó su cuerpo y el de su mujer con brillosos vestidos. Alzó colegios donde no enseñar, hospitales donde no curar y bancos desde no pagar. La aldea se convirtió en ciudad de gloriosos supermercados e interminables colas de hombres comprados.

El hombre, entonces, escribió nuevamente la historia y dijo: “Todo me pertenece. Y porque me pertenece tengo todo el derecho”. Y continuó disponiendo de su enorme poder, comprando hombres y cortando quebrachos.

Llegó entonces ese verano. Los intensos calores cedieron como antaño, cada tres días. Pero en lugar de llegar la lluvia, llegó el viento. Como un dios enfurecido sopló y sopló sobre los campos secos, otrora bosques de altivos verdes. No dejó de soplar hasta llevarse consigo las nubes una y otra vez, cada tres días, con sentencioso alarido.

Ése fue el inicio de interminables veranos. Todos iguales, hasta que el agua se agotó.

Los primeros en partir fueron los más jóvenes. Y los colegios se quedaron sin alumnos. De modo que detrás de ellos, partieron en caravana los maestros. Los ahorristas marcharon por horizontes mejores y quebraron los bancos. Los enfermos murieron deshidratados por lo que los médicos y las enfermeras armaron sus equipajes también. Los hombres comprados ya no tuvieron árbol que cortar y se mudaron a otros bosques. Los hijos del hombre ya habían edificado su futuro en otras partes, pues el lujo les había obnubilado el sentido de pertenencia, y sólo deseaban disfrutar de la vida.

El hombre quedó solo para poblar su palacio y su fantasmagórica ciudad ahora, por donde transitan sus derechos originarios.

M R Meléndez


Sobre esta noticia

Autor:
María Rosa Meléndez (25 noticias)
Visitas:
2642
Tipo:
Suceso
Licencia:
Creative Commons License
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