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Antes de entrar a analizar en detalle la falsedad de los dogmas cristianos echémosle un vistazo a lo que constituye el fundamento de toda esta doctrina, o lo que es lo mismo, la filosofía que empapa todas sus creencias
. El cristianismo es una religión «salvacionista» y toda su teología es «soteriológica», tal como le llaman los entendidos; es decir, relativa a la salvación. Esto presupone que el hombre, desde que entra en este mundo, está mal visto por Dios, y por lo tanto necesita una ayuda especial para reconciliarse con El y en fin de cuentas salvarse. La palabra salvación es una palabra clave en el cristianismo al igual que las palabras revelación, redención, encarnación y condenación.
Expresado de una forma más clara, todo hombre entra en este mundo con un pecado, lo cual hace que sea visto como manchado a los ojos de Dios. Con el fin de liberar al hombre de esta mancha y de ayudarlo a que no se manche más, y no lo sorprenda así la muerte, viene al mundo el propio hijo
redime o lava al hombre de *su pecado de nacimiento (redención) y de aquéllos en los que pueda incurrir durante su vida, y le da la oportunidad de salvarse evitando asi su condenación eterna.
Ésta es, en esencia, la filosofía subyacente en toda la teología cristiana. Y con toda honradez tenemos que decir que semejante filosofía, o semejantes creencias, son total y absolutamente míticas y en gran medida ecos o restos, cuando no copias, de otros mitos de pueblos más antiguos.
En cuanto a las creencias en sí mismas, tenemos que preguntarnos de inmediato: salvación... ¿de qué? ¿De qué me tengo que salvar? ¿De un pecado que no cometí? En la moderna jurisprudencia nadie es culpable de nada, hasta que no se le pruebe lo contrario, pero en la jurisprudencia cristiana, en la que el mismo Dios es el juez, sucede a la inversa: todo el mundo es culpable, aunque no haya cometido delito alguno. La razón para ello es que «sus padres cometieron el pecado». Y si profundizamos un poco más e indagamos acerca de quiénes fueron esos padres pecadores, y qué clase de delito enorme cometieron, que fue capaz de manchar a miles de millones de hombres a lo largo de miles de años, nos encontramos con más mitos. El mito de los «primeros padres» que no sólo está en las viejas mitologías prejudaicas sino que contradice frontalmente a lo que en la actualidad nos dice la ciencia acerca de la aparición del hombre en el planeta
.
Transcribo de mi libro «Por qué agoniza el cristianismo», la siguiente nota:
2 En 1974 el Dr. Carl Johansson estudió en e! N. E. de Etiopía un cráneo humano
enterrado en lava, de unos 4 millones de años. En 1975 en Nuevo México (estudiados
por el Dr. Stanley Rhine) se encontraron huesos de 40 millones de años. El mismo año
aparecieron en Kenton (Oklahoma) y Wisconsin huesos humanos de la misma edad
(Era Mesozoica).
En la Academia de Minería de Freiburg hay un cráneo encontrado en medio de un, estrato carbonífero (más de 200 millones de años).
En 1971 en el estado de Utah, Lin Ottinger descubre muchos huesos de más de cien millones de años. Están siendo todavía estudiados por los Drs. Lee Stokes y J. P. Marwitt de la Universidad de Utah.
A finales del siglo pasado y principios de éste ya se habían descubierto en varios sitios de Europa restos parecidos: En los Dardanelos, huesos de alrededor de cien millones de años.
En Castenedolo, Italia, en 1860 el Prof. Ragazzoni del Instituto Técnico de Brescia estudió un cráneo de unos diez millones de años.
En el pueblo de Olmo (Arezzo, Italia) estudió otro cráneo de unos diez millones.
En 1883 el Prof. Sergi estudió los restos de dos niños, una mujer y un hombre que aparecieron también en Castenedolo y atestiguó que pertenecían al Plioceno.
No quiero extender mucho esta nota, pero le diré al lector que además de huesos hay una enorme cantidad de huellas de los mismos períodos; algunas de ellas al lado de_las huellas de dinosaurios (en el rio Paluxi, Texas); hay una huella de un zapato en Nevada (descubierta en 1972) del Triásico (unos 80 millones de años); y también en Nevada hay otra huella de zapato de la misma edad, que tras haber sido estudiada al microscopio se comprobó que la suela era de cuero; se podían ver claramente las costuras —algunas de las cuales eran dobles— y hasta se podía distinguir la torcedura del hilo que usaron para coser, que era más delgado que el que hoy se usa en la confección de zapatos.
Aparte de esto, hay una gran cantidad de restos de razas gigantes. En Sonora (México) se descubrió un cementerio entero de hombres de casi tres metros de altura Aunque parezca increíble hay varios huesos de hombres y mujeres que pasaban de los diez metros de estatura, y en Winslow (Anzona) hay un enorme cráneo que cuando fue desenterrado poseía el curioso detalle de tener un diente de oro. Probablemente el cráneo humano más antiguo que existe, es el encontrado en California en 1866 en una mina de oro, al que se le han calculado entre 40 y 50 millones He años. Tiene una capacidad craneal igual a la nuestra. Y para los que todavía tengan duda, hay todo un estadio para gigantes construido en piedra en lo alto de los Andes, al norte de Chile en un lugar llamado Enladrillado. Los espectadores que usaban aquellas graderías de piedra, medían alrededor de 4 metros de altura.
Y nos encontramos con el mito de la manzana, y el de la serpiente y el del «árbol del bien y del mal», y el del paraíso perdido, y el del parto con dolor... Mito tras mito que ni siquiera tienen el valor de ser originales. Lo único que parece ser «original» es el pecado que los pobres mortales cometemos por el solo hecho de nacer. Tal como dijo Calderón: «pues el delito mayor del hombre es ¡haber nacido!».
¿Quién puede admitir en la actualidad semejantes infantilidades propias de pueblos poco evolucionados?
Naturalmente, los teólogos, los sabios teólogos modernos, tienen explicaciones para todos estos mitos. Los antiguos teólogos los admitían sin rechistar y así se los pasaban al pueblo que los tragaba como palabra de Dios; pero los teólogos modernos ya no se atreven a tanto. Conocen un poco más de paleontología, de psicología profunda y de sociología y se resisten a leer al pie de la letra. Pero como la Biblia es en fin de cuentas la palabra de Dios, hay que salvarla como sea y para ello inventan toda suerte de explicaciones a cual más peregrina. Y en los casos desesperados, lo que se hace es inventar una mano aleve que interpoló subrepticiamente en el texto los pasajes malditos. Y Dios y la doctrina oficial quedan a salvo.
Pero por más que se logre explicar este o aquel versículo, queda siempre en el fondo la filosofía mítica: somos pecadores por naturaleza; este planeta es un valle de lágrimas; venimos a hacer méritos, sufriendo, para otra vida posterior; necesitamos; de alguien que nos ayude a «salvarnos». Y de nuevo preguntamos: a salvarnos ¿de qué? ¿De un infierno que no existe? Si existiese un Dios personal, que en realidad se sintiese padre de los habitantes de este planeta, se sentiría ofendidísimo por esta calumnia que le han inventado los cristianos. ¿En qué cabeza cabe que un verdadero padre tenga tormentos eternos para sus hijos, por muy mal que éstos se porten? Semejante aberración cabe únicamente en las cabezas enfermas de fanáticos con autoridad que quisieron transferir a los fieles los tormentos internos de sus mentes desajustadas o amargadas, ¡quién sabe si por su forzado voto de castidad, o por su libertad perdida con el voto de obediencia!
La infernal doctrina cristiana acerca de la vida futura de aquéllos que no han cumplido los mandamientos, es una mala copia, deformada y empeorada, de creencias semejantes sostenidas por otros pueblos anteriores. El seol hebreo, el hades griego y el avernun romano eran unos infiernos menos drásticos y más humanizados, en los que no tenía cabida la ira eterna de un Dios Todopoderoso dándose gusto en la tortura sin fin de los pobres mortales. Un infierno eterno lleno de pecadores es un total fracaso de la redención de Cristo. Y a juzgar por la efímera proporción de buenos cristianos que existen entre todos los habitantes del planeta, y por lo que nos dicen místicos muy respetados en la Iglesia, esa es la realidad ¿Tiene algún sentido que Dios haya mandado a su propio Hijo a este miserable mundo y lo haya hecho tormentos en una cruz, para que, en fin de cuentas, el infierno se llene de seres humanos? ¿Fracasó el Hijo en su misión? ¿Fracasó el Padre en sus cálculos? ¿Será Satanás superior a ambos en estrategias para atraer a los hombres al pecado? Y ¿quién ha fabricado tan mal al hombre, que únicamente con una ayuda extraordinaria es capaz de ser bueno y merecer la salvación, y aún así la mayor parte no son capaces de conseguirla?
¡Usemos nuestra cabeza! Todas estas son preguntas que se caen de su peso y no son invenciones de ningún iluminado que nos quiera imponer creencias nuevas. Son interrogantes lógicos que todo cristiano que se precie de conocer a fondo su fe, debería hacerse desde el momento en que deja la infancia y tiene capacidad de pensar por sí mismo. No sigamos tragando estas monstruosidades «sagradas» con la misma ingenuidad con que oíamos los cuentos de la abuelita. ¡Despertemos! Sacudamos de la mente los mitos que tienen aprisionada nuestra alma y quien sabe si angustiada, por el miedo al más allá Rebelémonos contra _el mito de que somos pecadores por nacimiento. ¡Somos seres humanos! Con mil limitaciones, enfermedades y defectos, pero también con una maravillosa inteligencia para darnos cuenta de todo lo que nos rodea y con un cuerpo milagroso capaz de profundas sensaciones, y con un corazón y un alma capaces de sentimientos casi divinos. ¡No tenemos que vivir acomplejados pensando siempre en quién nos va a salvar! ¡Somos los hermanos mayores de las otras criaturas de este hermoso planeta que habitamos! ¡Somos los hermanos del viento, de las flores y los arroyos, de los animales. —ingenuos y hermosos— y del cielo azul! ¿ Por qué hemos de vivir angustiados, pensando que Dios puede estar enfadado con nosotros? ¿Por qué hemos de sacrificarnos sin más ni más, para que Dios nos mire con complacencia?
Esta rebeldía no va dirigida contra Dios sino contra los mitos sagrados que desde niños nos han incrustado en la conciencia; contra las creencias asfixiantes que se nos han impuesto como «voluntad de Dios»; contra las tradiciones castrantes y los ritos absurdos que nos aprisionan el alma y la conciencia impidiéndonos ser libres con la libertad de los auténticos hijos de Dios.
Esta rebeldía va dirigida contra una filosofía pesimista de la vida, que nos inclina a creer que en la renunciación, en la austeridad, en la pobreza y en la mortificación de los sentidos, está la verdadera sabiduría y la recta preparación para el más allá. Y que tras el placer y la belleza se esconden trampas mortales para la eterna salvación.
En cuanto a la filosofía relacionada con el más allá, pocas religiones hay que tengan unas creencias más atemorizantes que la cristiana. Si bien es cierto que otras religiones nos presentan la otra vida de una manera brumosa y más o menos sombría, ninguna o casi ninguna lo hace con los trágicos tonos con que nos la presenta el cristianismo. El infierno de llamas y eterno que el cristianismo ha predicado ininterrumpida e «infaliblemente» durante dos mil años, es algo tan aterrador y tan traumatizante, que con toda seguridad ha sido —y sigue aún siendo— causa de desajustes psíquicos y aun de enfermedades físicas de muchos miles de pobres creyentes que no fueron capaces de ver lo disparatado de tal creencia, dejándose dominar por una angustia funesta. El autor ha conocido bastantes casos de esos pobres traumatizados por el miedo al más allá, y en concreto, al infierno