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Un mundo perfecto

03/06/2010 18:01 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Análisis de uno de los films menos conocidos de Clint Eastwood

“En un mundo perfecto no sucederían estas cosas” se afirma en un momento de este film de Clint Eastwood, que puede entenderse como la constatación del carácter de “autor” de su director, quizás no por sus logros, sino por el beneplácito de público y crítica que supuso su largometraje inmediatamente anterior, la oscura y densa Sin perdón. Si en ésta se daba una vuelta de tuerca a los parámetros más esenciales del western (especialmente el recurso a la violencia), en Un mundo perfecto nos encontramos con un cambio de registro, respetando eso sí, la esencia genérica en la que Eastwood parece sentirse cómodo. Porque no nos llevemos a engaño: lo que el director norteamericano plantea es una clásica road movie, quizás más estructural y menos diáfana que un film como El aventurero de medianoche, en el que se cumplen todos los requisitos del viaje como experiencia iniciática y en el que se siguen a rajatabla todos los parámetros con los que el espectador pueda hacerla reconocible. La duda que surge entonces es si ese apoyo genérico convierte el film en previsible (que no prescindible), y si es así, que aporta la historia para hablar de regeneración o innovación a partir de los lugares comunes que nos presentan. Lo que parece claro es que Eastwood parece dejar hablar al género, deja que respire, que muestre sus cartas como forma de reconocimiento implícita, que dé muestras de su clasicismo para hablar entre líneas, para disfrazar su mensaje a través de una puesta en escena en la que es más importante la acción que la reflexión, el acto que la metáfora.

No obstante, a medio metraje se pronuncia esa frase con la que iniciábamos esta reflexión, lo que nos plantea una duda (una más), en la que se pone en entredicho el carácter del film, las bases en las que fundamenta su discurso. Porque el film no es (o no parece ser) un análisis sobre los orígenes de la delincuencia, sino que da pie a una clásica introducción sobre los procesos de maduración personal, en ocasiones tierna, en ocasiones obvia, entre un preso fugado y su rehén, un niño de ocho años que irá descubriendo los caminos del perdón y la trasgresión, y que vivirá con ello una suerte de relación paterno-filial en ocasiones perversa. Hablamos entonces del fin de la inocencia, pero bajo un paradigma que es diferente al que la narración nos ofrece, porque el proceso madurativo es dual. Por una parte, el tránsito personal del chaval, que mantiene un ritmo plácido acorde con sus raíces genéricas; por la otra, la del preso fugado, que Eastwood aprovecha para hablar del concepto de la responsabilidad, esbozada a través de dos o tres momentos breves pero concisos, y que se abren con el mismo film, planteado todo como un largo y elemental flashback. Sin ese flashback la película quizás sería otra, pero lo cierto es que las primeras imágenes del film muestran al preso estirado sobre la hierba, como si estuviera descansando (aunque realmente esté herido de muerte), junto a la máscara de un disfraz infantil. En el momento de morir, ese delincuente ha dejado de ser un niño grande, ha comprendido los procesos que lo llevaron a ser quién es, y ha dejado atrás la búsqueda de su Arcadia particular, esa Alaska hacia donde huye y que sólo conoce por una fotografía borrosa que le envió su padre años atrás; y sin embargo, en cierto sentido, ha cumplido su cometido, ejerciendo de padre putativo de su rehén, mostrándole los caminos de la complejidad y de la línea en ocasiones borrosa entre el bien y el mal. No por casualidad es el niño, su rehén y amigo, el que dispara contra él, lo que nos llevaría a una interesante perversión del mito de la maduración, ya que ese chaval roba y mata pero lo hace por una causa lícita (y aquí entraríamos en el clásico proceso freudiano de muerte del padre, que no viene al caso), mientras que el preso hace lo mismo pero recae sobre él todo el peso de la ley. En ambos casos, Eastwood nos habla del fin de la infancia, aunque lo haga siempre guardando las referencias genéricas y sin el atrevimiento de El aventurero de medianoche, quizás porque en ésta entraban en juego conceptos como el arte y la verdad que densificaban el discurso y que, al ausentarse en Un mundo perfecto, convierten a ésta en una reflexión que bordea en ocasiones lo naïf.

En el momento de morir, ese delincuente ha dejado de ser un niño grande, ha comprendido los procesos que lo llevaron a ser quién es, y ha dejado atrás la búsqueda de su Arcadia particular

En todo caso, la digresión toma otros caminos menos transitados, retratando la América kennediana, con sus casas adosadas, su pastel de manzana, su noche de Halloween, y lo hace ambientando el film tres semanas antes del asesinato del presidente en Dallas, lo que da lugar a una cierta sensación de mundo perdido, de mundo perfecto a punto de fenecer en la maduración traumática de un país, potenciado todo ello con una fotografía luminosa, a años luz del retrato de un mundo concluso y que muestra el estado de Tejas como si éste fuera un lugar común de la América profunda. Y si bien es cierto que en un mundo perfecto no sucederían estas cosas, también es cierto que en un mundo perfecto el cine no sería el mismo, aunque en este caso el mensaje entre a veces en terreno baldío, o se quede a las puertas de una reflexión de mayor calado por respeto al género en el que la película se enraiza.


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Detective Salvaje (61 noticias)
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