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Transportando un obelisco

04/04/2011 21:41 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

obelisco_1La semana pasada dejé anotada una referencia de No Tech Magazine que mencionaba la curiosa forma de transporte ideada para cargar antiguos obeliscos egipcios hacia Europa o los Estados Unidos durante la ‘ fiebre’ egipcia del siglo XIX. Sí, porque a lo largo de ese siglo, sobre todo después de que Napoleón pusiera de moda todo lo egipcio y, por extensión, lo oriental en general, muchos lugares del mundo lucharon por tener un antiquísimo obelisco egipcio en alguna de sus plazas. La cosa venía de lejos, pues ya en época de los romanos y, sobre todo, después del Renacimiento, se vio toda clase de tráfico de objetos egipcios moviéndose en el Mediterráneo camino de palacios y calles de media Europa. Ahora bien, el capricho decimonónico por Egipto llegó a extremos a veces ridículos y, en ocasiones, se tuvo que recurrir al más sorprendente de los ingenios, como sucede en el caso del transporte de obeliscos.

Bien, ahí quedó la referencia, esperando a que mi memoria recordara dónde había visto algo parecido porque, desde el mismo momento en que leí el artículo, tuve la sensación de haber escuchado algo similar anteriormente. Ayer por la noche, después de dar mil vueltas a la cabeza, me acordé. He aquí, gracias a la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, la otra referencia que buscaba. Se trata de un artículo sobre transporte de obeliscos publicado en la revista Hojas Selectas, en su edición de noviembre de 1910.

LA TRASLACIO?N DE UN OBELISCO

La aguja de Cleopatra en Londres

Las grandes capitales de nuestro tiempos han puesto especial empeño en poseer, como decoración de sus perspectivas urbanas, alguno de estos singulares monumentos, llamados obeliscos, con los que el Egipto farao?nico decoraba las entradas de sus

templos. El obelisco de Londres, que motiva nuestro arti?culo, fue trasladado ya en la antigu?edad con propo?sito semejante. Procedi?a de Helio?polis, la ciudad del alto Egipto, con su templo rival del de Amo?n, en Tebas. En la e?poca alejandrina, los monarcas griegos de Egipto, de la dinasti?a de los Tolomeos, pusieron por obra sus deseos de enriquecer la capital improvisada en el delta del Nilo por el conquistador macedo?nico, despojando en su provecho las ruinas de los antiguos templos farao?nicos, y por esto la aguja de piedra que hoy vemos en Londres, habi?a verificado ya en e?poca remota un primer viaje a lo largo del ri?o, bajando desde Helio?polis hasta la nueva capital, oo sea Alejandri?a.

Los romanos, al conquistar el Egipto, heredaron de los Tolomeos este gusto por los obeliscos para embellecer sus conjuntos monumentales, y fueron innumerables las grandes agujas de granito que arrancaron de los templos egipcios para trasladarlas a Roma. Cuando veamos las dificultades con que se tropezo? para transportar a Londres, en 1877, el obelisco de que tratamos, asombrara? ma?s el caudal de energi?as que represento? para los romanos arrancar y conducir el sinnu?mero de obeliscos que engalanaron la Roma imperial. Los obeliscos, que en Egipto so?lo servi?an de ma?stil ornamental, sin utilidad pra?ctica ninguna ni otro fin que el de la pura emocio?n este?tica, colocados a cada lado de las puertas de los templos farao?nicos, teni?an en Roma una aplicacio?n tambie?n decorativa, para sen?alar en los circos la espina central, alrededor de la cual circulaban los carros y luchadores.

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El obelisco de Londres en la playa de Alejandri?a, al emprenderse los trabajos

para transportarlo a Inglaterra.

Nada tan a propo?sito para sen?alar esta espina rectili?nea como las dos agujas de un solo bloque trai?das de Egipto, y aunque el coste resultase enorme, en cambio su efecto, en el interior del circo, era de majestad y belleza incomparables. Uno de estos obeliscos, el del circo de Nero?n, existe todavi?a intacto en su sitio, en el centro de lo que hoy forma la plaza de San Pedro, delante del Vaticano. Sabido es que el emplazamiento de la gran basi?lica romana esta? fijado desde tiempo inmemorial en el lugar mismo de la arena del circo de Nero?n, donde, segu?n las Actas, se supone que sufrio? martirio y muerte el pri?ncipe de los apo?stoles.

La aguja del Vaticano aparece en todos los dibujos y grabados relativos a las peregrinaciones a la famosa basi?lica. En lugar de la plaza magni?fica, con la columnata que podemos ver hoy, existi?an alli? restos bien visibles de las arenas y las gradas del circo; el obelisco, que ocupa el extremo de su espina, estaba parcialmente sepultado por los escombros y bajo la capa de tierra que fue acumulando el Ti?ber en sus repetidas inundaciones, pero todavi?a descollando lo suficiente para impresionar a los que visitaban los lugares santos de la Ciudad Eterna.

Todos los dema?s obeliscos de Roma (y eran innumerables), cai?dos y rotos como los dejaron los saqueos e incendios de los ba?rbaros, esperaban el dia de su restauracio?n. Los papas se aplicaron con celo esmerado a decorar de nuevo su ciudad con las maltratadas agujas africanas. Los fragmentos fueron reunidos, y substituidos los bloques que faltaban por otros del mismo granito rojo, y en lugar de ser de una sola pieza, como en lo antiguo, los obeliscos de varias se irguieron en las plazas de Roma con una nueva utilidad este?tica, que no habi?an tenido hasta entonces. Los obeliscos romanos ocupan hoy, por lo comu?n, el centro de una plaza y suplen la carencia de estatuas o fuentes monumentales. Asi? es el de la plaza de Montecitorio, el de San Juan de Letra?n y el de la plaza del Popo?lo.

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Operaciones preliminares para lanzar al mar el obelisco, no lejos de otro monolito gemelo

que se yergue au?n en pie cerca de Alejandri?a.

Todos fueron levantados en fragmentos y puestos de nuevo sobre una base cuadrada. El del circo de Nerón se trasladó algunos pasos más allá, para ocupar el centro de la nueva plaza porticada que proyecto? Bernini. Era el u?nico que se conservaba intacto, y hubo empen?o en que no ocurriese ningu?n percance en su traslacio?n.

La tercera capital, despue?s de Alejandri?a y de Roma, que tuvo sus obeliscos trasladados de los templos farao?nicos, fue Constantinopla, la nueva Roma edificada por Constantino en el Bósforo. Sabido es que el lugar predilecto de reunión de los ciudadanos de Constantinopla era el hipódromo, o circo inmenso que existía en frente del palacio imperial. De sus galerías y ventanas podía contemplar la fastuosa corte bizantina los juegos y carreras, y podía trasladarse directamente al palco reservado que se abría sobre las gradas.

Como toda la vida de la capital estaba concentrada en el hipo?dromo, era lo?gico que los emperadores se esforzaran en enriquecerlo. Por esto Justiniano hizo trasladar al hipo?dromo de Constantinopla una aguja para su espina, que todavi?a hoy puede verse en pie en la capital turca. En el pedestal, esculpido por artistas bizantinos, está el emperador representado en medio de sus generales, formando un grupo de interesante contraste con las líneas rectas del obelisco que se yergue sobre él.

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Operacio?n para rodear el obelisco con planchas de hierro, fijas en grandes aros,

para encerrarlo en una especie de caja cilindrica.

Pari?s tiene tambie?n su obelisco, regalado a Francia en 1835 por Mehemet-Ali?, quien mando? arrancarlo expresamente del lugar donde estaba emplazado desde la remota fecha de su erección, en tiempos de Ramsés II, delante de una de las fachadas de Luxor. En el templo faraónico la magnífica aguja no estaba sola, pues otra se levantaba al lado opuesto de la puerta principal del templo, según costumbre general. Es curioso hacer notar que los dos obeliscos de Luxor no eran iguales. El de la plaza de la Concordia, que es el menor, no tenía más que 23 metros de altura, mientras que el gemelo, todavía subsistente en el lugar, delante de la fachada del templo, tiene 25 metros. Se habi?a logrado reducir la diferencia variando algo la altura del pedestal; el menor teni?a una base ma?s alta y asi? se disimulaba su mal efecto. Todo esto demuestra que ni una gran regularidad era de rigor absoluto en estos monumentos, ni se disponi?a siempre de bloques de dimensiones tan grandes para tallarlos iguales.

Un arqueo?logo moderno critica el desacierto de colocacio?n del obelisco de Pari?s, en el a?rea sin li?mites de la plaza de la Concordia. En cambio, en Egipto, en el espacio reducido del patio que precedi?a al templo, la altura del obelisco se apreciaba en su valor, mientras que en la gran plaza parisiense se pierde sin te?rmino de comparacio?n. Otra discusio?n curiosa se inicio? cuando la traslacio?n del obelisco de Pari?s, acerca de la decoracio?n de la punta de su remate. El obelisco de Luxor, como todos los mo- numentos de este ge?nero, remata en una pequen?a pira?mide, o piramido?n, como se llama te?cnicamente, que limita la aguja. Este piramido?n, segu?n un arqueo?logo germa?nico, habi?a de estar dorado, porque asi? eran, como él lo deducía de textos antiguos, los obeliscos en el Egipto faraónico. Según un viajero árabe del siglo XIII, los obeliscos estaban recubiertos en su punta de una plancha de cobre dorado, que se adaptaba exactamente a la forma del remate; el de la reina Hatasu, en Karnac, que es el mayor de todos los obeliscos conocidos (mide 33 metros de altura), lleva una inscripcio?n segu?n la cual el oro de que esta? recubierto, «fue? tomado a los jefes de las naciones.» Examinando bien dicho remate, se ve que la punta de los obeliscos no esta? delicadamente pulimentada, pues se dejo? el granito rugoso, sin duda para aplicar mejor el metal. En cambio, en las caras verticales el pulimento es perfecto, no so?lo en los planos, sino tambie?n en el interior de las figuras que en disposicio?n de jerogli?ficos decoran completamente el obelisco; esto nos sugiere la presuncio?n de que estas caras estaban doradas con oro batido y no recubiertas de placas de metal, como en la cu?spide. Las precedentes hipo?tesis sobre la decoracio?n y dorado de los obeliscos fueron generalmente rechazadas, como tambie?n sucedió en un principio cuando se iniciaron las ideas de las policromías de los templos griegos. Parecía aberración y herejía suponer que una aguja de la ma?s dura piedra conocida, como es el granito rojo, tuviera que encubrirse bajo una falsificacio?n de oro, que le dari?a vulgar aspecto brillante y meta?lico.

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El obelisco encerrado en la enorme caja meta?lica

y a punto de ser botado al agua.

Y, sin embargo, del mismo modo que hoy ya nadie discute la verdad de la policromi?a de los templos griegos de ma?rmol, seri?a insensato negar la evidencia de los textos, respecto al dorado, de una parte por lo menos, de las antiguas agujas farao?nicas de granito. La historia, como todas las ciencias, tiene sus sorpresas, que contradicen lo que muchas veces suponi?an los que ma?s se precian de conocer sus secretos.

Otra sorpresa producida por los obeliscos, fue la lectura de los jerogli?ficos que decoran invariablemente sus cuatro caras. Cuando las dificultades de leer la escritura jerogli?fica quedaron completamente vencidas, en el primer tercio del siglo pasado, gracias a los trabajos de Champollio?n, que tuvieron por punto de partida su maravillosa traduccio?n de la famosa piedra de Rosetta, se advirtio? en seguida que las inscripciones de los obeliscos eran simples fórmulas repetidas y transcripcio?n insignificante de los ti?tulos del protocolo real. Pareci?a, y asi? lo habi?an supuesto los eruditos al contemplar los obeliscos de Roma con sus leyendas jerogli?ficas, que desgraciadamente no podi?an traducir, como si guardaran el misterioso secreto de un culto o conmemoraran la edificacio?n del templo o perpetuaran algu?n hecho memorable de los grandes monarcas farao?nicos. Y en lugar de esto, las lecturas de los primeros egipto?logos que pudieron descifrar los jerogli?ficos, y lo hicieron en seguida con los que cubren los obeliscos, no daban por lo comu?n ma?s que la serie de los atributos del Farao?n.

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La Caja que contiene el obelisco puesta a flote y remolcada por dos vapores egipcios,

que han de llevarla a Londres. En el fondo, destaca la silueta en el horizonte de la ciudad de Alejandri?a.

Así, pues, no sabemos todavi?a con certeza si su empleo fuee puramente decorativo del conjunto monumental de las entradas de los templos. Su mismo nombre, obelos, o sea aguja, es una palabra griega de la que se valen para describirlos los viajeros griegos de la e?poca romana. Obelisco es el diminutivo de obelos, y no se comprende por que? rara fantasi?a dieron los griegos en llamarles agujillas. En las inscripciones jerogli?ficas esta? representado a veces un obelisco que parece tener el valor de la sílaba ‘ men’ , que, segu?n se supone, significa estabilidad en la lengua del antiguo Egipto. Pero en cuanto a su simbo?lico sentido, si eran la u?ltima evolucio?n del culto solar, si servi?an de agujas de un gran cuadrante cuya sombra observaban los sacerdotes en las paredes y el suelo de los patios de los templos; si son la forma perfeccionada y ci?vica de los monolitos prehisto?ricos o menhires, tambie?n clavados en el suelo como agujas de piedra, todo esto son temas a propo?sito para divagaciones interesantes, pero sobre las cuales, hoy por hoy, no puede aducirse ningu?n dato cienti?fico.

Volviendo ahora al obelisco de Londres, tan celebrado en la capital inglesa y conocido con el nombre de «Aguja de Cleopatra», hemos de indicar las curiosas circunstancias en que fue trasladado desde Alejandri?a a las orillas del Ta?mesis. Habi?a sido regalado mucho tiempo antes al gobierno ingle?s por el jedive Mehemet-Ali?, pero no se traslado? hasta 1877, y aun gracias a la munificencia del Dr. Erasmo Wilson, quien cedió para este objeto diez mil libras esterlinas. No era la verdadera aguja de Cleopatra, de Alejandri?a, sino un obelisco gemelo de las mismas dimensiones, que desde tiempo inmemorial yaci?a medio enterrado en el suelo. Los dos procedi?an de Helio?polis, y fueron trasladados a Alejandri?a en tiempo de los Tolomeos; el que quedo?, la aguja de Cleopatra, se halla en el Parque de Nueva York, El de Londres tiene 21 metros de alto por 244 de ancho, y por lo que se ve, es so?lo algo ma?s bajo que el de Pari?s; pesa 182.540 kilogramos, y son de presumir las dificultades que ofreceri?a mover una masa de estas dimensiones y de peso tan colosal. Por los relieves de los templos del antiguo Egipto, en que se ve figurado el arrastre y traslacio?n de los enormes bloques monolíticos, sabemos que se empleaba un verdadero ejército de obreros para llevarlos desde la cantera hasta la obra. Parecido procedimiento tuvo que emplearse para trasladar el de París, desde Marsella, en que atracó la gran armadía que lo condujo.

En nuestro caso, o sea para el transporte del obelisco de Londres, las dificultades y el coste fueron menores, pues no tuvo que acarrearse por tierra. El bloque yaci?a en la playa de Alejandri?a y pudo ir hasta Londres por mar y luego remontando el Ta?mesis. Para ello se puso por obra la ingeniosa idea de remolcarlo dentro de una caja. Las figuras demuestran por que? medios tan sencillos se llego? a la fabricacio?n de esta caja, disponiendo a lo largo del gran monolito varias secciones o anillos de hierro, que convenientemente recubiertos despue?s con gruesas planchas, clavadas en el sentido de las generatrices, formaban un cilindro que lo encerraba herme?ticamente. Este cilindro o caja se habi?a calculado de tal modo que, con el aire contenido, teni?a que flotar forzosamente, a pesar del enorme peso del gran bloque. Las figuras muestran los dos remolcadores, con bandera egipcia, tirando del bloque para llevarlo mar adentro; la silueta de la ciudad de Alejandri?a se ve en el fondo, desde la desembocadura del Nilo. La travesi?a mari?tima se hizo sin dificultad, y una vez la aguja en Londres se irguio? de nuevo, decorando con su silueta uno de los muelles ma?s concurridos del gran ri?o de la capital del Reino Unido.

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Andamio levantado en Londres para erigir el obelisco egipcio.

Este u?ltimo detalle de levantar los obeliscos es la parte ma?s delicada de su colocacio?n. Ya los antiguos teni?an que valerse para ello de un sistema de palancas, y despue?s, para colocarlos en posicio?n exactamente vertical, dejaban entre la aguja y el pedestal algunos sacos de arena, que, vacia?ndose poco a poco uno a uno, permitían fijar la posición del obelisco con regularidad absoluta. Puede verse en la anterior imagen el curioso entramado vertical de madera que sirvio?, en Londres, para levantar la supuesta Aguja de Cleopatra. Son dos andamios paralelos, entre los cuales podi?a moverse el obelisco, que, depositado en el suelo, se hacía girar alrededor de un eje hasta tomar la posicio?n vertical, bien sen?alada por los dos andamios. (… )

Imagen de cabecera: Obelisco de Londres, en la orilla del Ta?mesis. Del artículo citado en el post. Biblioteca Nacional.


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Fuente:
alpoma.net
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