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La Trágica Muerte del Pequeño Saltamontes

06/06/2009 18:01 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La muerte en extrañas circunstancias de David Carradine ha dejado sumidos en el estupor y la consternación a admiradores, familiares y allegados

Vivimos malos tiempos para todas las manifestaciones del Espíritu, ahora que la ley del mercado impone su férula de hierro por todas partes, y una espesa capa de cinismo (tan espesa como los gases tóxicos que escapan del tupo escape) flota sobre nuestras cabezas y oculta el cielo a nuestros ojos. No se pueden hacer campañas de marketing para vender todo lo relativo al espíritu, y esos libros de auto ayuda que tanto se venden no ayudan a nadie o ayudan muy poco. Parecen libros de receta de cocina. Y cuando uno va a las estanterías banales de los libros de auto ayuda, no le sorprendería encontrar un libro de recetas de Arguiñano, que es mucho más honesto claro, pues sólo pretende enseñarnos a preparar el bacalao a la bilbaína que seguro que es una plato muy sano. Advertencia para espíritus desesperados: el Espíritu no se vende. En realidad es lo único que no puede venderse. Ante el brillo del vil metal, el resplandor espiritual nos abandona y se aleja. Así pues, que sepan todos aquellos que están en las últimas que la salvación es gratis. Ni se compra, ni se vende. Esta pequeña introducción filosófica, que parece escrita por el pequeño saltamontes, puede resultar un tanto pretenciosa o pedante, pero es que alguien (o algunos: Cuantos más, mejor) tiene o tenemos que hacer de pequeños saltamontes, ahora que David Carradine ha muerto.

Para los que veíamos cuando éramos niños a David Carradine interpretar a aquel monje shaolin impertérrito, imperturbable e insobornable que atravesaba el desierto, las circunstancias de su muerte han supuesto un duro golpe. ¿Quién nos iba a decir que aquel guerrero errante iba a acabar colgado de una soga en Asia? La horca, siempre planeando como una sombra en las películas del Oeste, lo ha alcanzado en el lejano Oriente. Muy cerca del país del sol naciente que ahora parece que muere todos los días al nacer, por desgracia. ¡Y en Bangkok! ¡En Bangkok en cuyas turbias aguas pululan todo tipo de sirenas agonizantes! Sirenas, muchas de ellas, a la fuerza.

Si repasamos su biografía, nos llama la atención que, como tantos otros, comenzase su carrera interpretando en el teatro grandes obras de la literatura dramática: “Otelo”, “La Tempestad” “La Muerte de un Viajante”… y la acabase interpretando bodrios made in Taiwán, o made in Holliwood, porque uno no sabe muy bien donde se fabrican ahora las películas, ni por quién. Parecen anónimas como los anónimos que envían los chantajistas. Tendría que ser al contrario: Los actores deberían comenzar su carrera interpretando bodrios Holliwoodienses o Bolliwoodienses, y acabarla serenamente en un club de arte dramático de provincias interpretando a los clásicos. El idealismo es cosa de jóvenes desde luego, pero la sabiduría, que es la voz de la experiencia, debería ser cosa de viejos. ¿Pero quién escucha ahora a los viejos? La sabiduría en nuestro tiempo parece condenada a acabar en un frenopático por la ley inexorable de la oferta y la demanda. Sólo que nada es inexorable para el que quiere escuchar verdaderamente, no al canto de las sirenas del éxito - que cada vez están más afónicas- sino a la sabia y venerable voz de la sabiduría y la experiencia.

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¿Qué podemos decir de su muerte? Debería convertirse en una señal de advertencia para los jóvenes talentos que buscan tiburones cazatalentos, como esas luces rojas intermitentes que se colocan frente a las carreteras cortadas. Talento, da media vuelta, quizás sea mejor que no te cacen. El se resistió durante mucho tiempo al éxito, al que estaba destinado por herencia, viniendo de una familia de ilustres comediantes. Y es que detrás del éxito y de la gloria, entre bastidores, en la sombra, se balancea con frecuencia la soga de la horca como un péndulo.

Deberíamos correr un tupido velo sobre su muerte y recordar al joven idealista que quería ser granjero en Vermont, que interpretó a Woody Guthrie, la estrella de la canción popular norteamericana que no se vendió nunca, que interpretaba a Shakespeare; y dejar que su recuerdo, parpadeante y rojo, brille como una advertencia a las jóvenes promesas: La fama, la gloria y el éxito tienen con frecuencia un precio demasiado alto.


Sobre esta noticia

Autor:
Francis Bullion (17 noticias)
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Tipo:
Opinión
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