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Tlazoltéotl-Ixcuina. Un caso de sincretismo en la religión azteca. (Primera Parte)

16/10/2009 08:44

0 Se analiza el significado religioso de esta diosa de origen huaxteco y las repercusiones simbólico-agrícolas, político-ideológicas y mítico-históricas generadas por el sincretismo de la deidad con las diosas madres aztecas. Esta es la primera de tres entregas de las que consta el artículo

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TLAZOLTÉOTL-IXCUINA. UN CASO DE SINCRETISMO EN LA RELIGIÓN AZTECA

POR

ARQLGO. RICARDO RINCON HUAROTA

INTRODUCCIÓN

Es un hecho comprobado que la religión mexica o azteca incorporaba elementos provenientes de diferentes culturas mesoamericanas. En tal sentido, una buena parte de la mitología, las creencias religiosas y las prácticas rituales del llamado “Pueblo del Sol” fue producto de la asimilación, tanto en tiempo como en espacio, de diversas formas religiosas prehispánicas.

Bajo esta perspectiva, el estudio de la disposición interna de la religión que nos ocupa, debe efectuarse tanto en tiempo como en espacio. En tiempo, ya que el carácter de la religión mexica debe entenderse como un conjunto de principios y conceptos de orden sobrenatural, surgido en el seno de culturas anteriores tales como la olmeca, la teotihuacana y la tolteca, De esa forma, el aspecto religioso mexica puede ser considerado como “el estadio final de la religión prehispánica”. (Tena 1993:21).

En espacio, ya que el análisis de la religión mexica necesariamente implica el estudio de las influencias de otros pueblos que coadyuvaron en la elaboración del culto y el ritual mexicas al momento de la preeminencia del Imperio azteca. Es decir, el desarrollo de México-Tenochtitlan y la consolidación de su hegemonía a través de la guerra, las relaciones políticas y el comercio, trajo consigo el establecimiento de relaciones de cooperación y dominio sobre diversos territorios mesoamericanos.

El objetivo central de las conquistas mexicas era la obtención del pago de tributo, pero paralelamente las relaciones con los pueblos dominados o afiliados generaron procesos de carácter social y de cambio cultural. Dentro de tales procesos, se puede mencionar la práctica que ejercieron los mexicas de “apropiarse” de las deidades de los pueblos vencidos. A través del “robo” de alguna reliquia o de la imagen del dios enemigo, el vencedor también se beneficiaría de la protección de aquéllos.

En páginas subsecuentes, veremos que los mexicas se “apropiaron” de la fuerza protectora y del valor simbólico de la diosa huaxteca Tlazoltéotl-Ixcuina, cuando a mediados del siglo XV sometieron militar y económicamente la Huaxteca, ubicada en la exuberante y rica costa del Golfo. Pero del simple “robo”, se dio paso a un verdadero proceso de sincretismo ya que la deidad fue incorporada al culto estatal mexica lo cual originaría nuevas formas simbólicas y rituales que quedaron concretizadas en el ámbito de la fiesta Ochpaniztli.

La “apropiación” y el posterior fenómeno sincrético a que fue sometida la deidad con las Diosas-Madres mexicas, persiguió varios objetivos para satisfacer diversas necesidades del Estado azteca, básicamente en tres niveles: el simbólico agrícola; el político-ideológico y el mítico-histórico.

BREVE DEFINICIÓN DEL CONCEPTO SINCRETISMO

Para que pueda existir un caso de sincretismo cultural, es necesario que por lo menos dos sociedades diferenciadas entren en contacto. Desde el punto de vista estrictamente religioso, el concepto sincretismo implica la fusión o la mezcla de ritos, creencias o dioses de diversos orígenes, lo que da como resultado un nuevo cuerpo de doctrina. Es decir, cuando ocurren contactos entre grupos sociales diferenciados, los procesos sincréticos en el ámbito de la religión no son meras yuxtaposiciones de deidades, superposiciones de nombres o sustituciones de formas de culto.

Desde la perspectiva del campo antropológico, el concepto sincretismo se constituye como una herramienta de análisis de gran utilidad. Específicamente, es una categoría teórica derivada del estudio del proceso de aculturación, término conceptual indispensable “…para explicar el contacto cultural que se ha dado en situaciones de dominación, de colonización y/o de conquista entre diversos pueblos y/o naciones en el mundo y cuyas relaciones de fuerza han resultado, la mayor parte de las veces, asimétricas.” (Aramoni 1990: 20)

En un acercamiento más específico del concepto sincretismo, Félix Báez (1988: 155-156), refiere que el estudio de los fenómenos sincréticos implica la observación de distintos factores, de entre los que destaca el tipo de vinculación o contacto entre los grupos en oposición. De acuerdo al propio autor, E.S. Miller plantea la noción de reinterpretación simbólica como concepto de más largo aliento en la medida que aborda fenómenos más complejos de la realidad.

De esa manera, “a diferencia de la engañosa síntesis, de dos conceptos (o elementos culturales) a la que comúnmente se llama sincretismo, la reinterpretación simbólica, denota la creación de una “nueva zona de significado” que es inédita en tanto no está originalmente presente en los sistemas simbólicos que entran en relación.” (Baéz 1994: 20)

Si bien puede observarse que Miller propone el término de reinterpretación simbólica en oposición al de sincretismo, particularmente creo que éste puede ser utilizado para aproximarse y explicar los mismos fenómenos. Efectivamente, el concepto sincretismo es per se una categoría clave que trasciende meras asimilaciones o adaptaciones, en la medida que los procesos sincréticos son una pauta necesaria, un punto de partida para la gestación de nuevos marcos culturales.

En la Tesis "Tlazoltéotl-Ixcuina. Un caso de sincretismo en la religión mexica" concluí que el vocablo huaxteco ixcuina, puede ser traducido como “La Flechadora” (Rincón Huarota, Ricardo, ENAH, 1997)

EL CASO PARADIGMÁTICO

En la historia mesoamericana fueron comunes los contactos culturales entre los diversos pueblos. Tal fue la vinculación ocurrida entre mexicas y huaxtecos, habitantes de la rica Costa del Golfo, a mediados del siglo XV. Son varias las fuentes escritas que registraron las relaciones de hegemonía y poder que el primer grupo impuso al segundo, a través de una serie de invasiones militares y del cobro de altas cargas tributarias (Durán 1967; Códice Ramírez 1944). El contacto establecido entre ambos pueblos, si bien fue de naturaleza asimétrica, generó procesos de cambio cultural tal y como sucedió con la adopción por parte de los mexicas de una serie de elementos simbólicos huaxtecos.

Entre tales procesos, se cuenta la “apropiación” de la fuerza sobrenatural y el simbolismo de la diosa Tlazoltéotl-Ixcuina. En realidad, Ixcuina fue propiamente la deidad huaxteca, en tanto que Tlazolteotl era la diosa equivalente en la religión de los nahuas del centro de México. Fray Bernardino de Sahagún refirió en su Historia (1982: 36-38) el nombre de Ixcuina como una denominación con la que los nahuas también identificaban a Tlazoltéotl. Muy probablemente, ambas divinidades conformaron un mismo complejo religioso –dadas sus similares características simbólicas-, a partir del Posclásico temprano (900-1200 D.C.), cuando hubo una estrecha vinculación cultural entre la Huaxteca y los pueblos del Altiplano central, especialmente con Tula. De esa manera, es válido utilizar el nombre compuesto de “Tlazoltéotl-Ixcuina”, como una convención léxica que alude a los arraigos tanto nahua como huaxteco de la diosa.

Existen indicadores de tipo lingüístico, etnohistórico ritual e iconográfico, que sugieren el origen huaxteco de la deidad. El primero de ellos tiene que ver con la propia etimología de su denominación. En lengua huaxteca, el prefijo ix- es un morfema radical (raíz) con el que se construyen, entre otras, palabras que semánticamente determinan “lo femenino” (Comunicación personal de la lingüista Ángela Ochoa). Por otra parte, cuina probablemente proviene de la raíz cuy de la cual derivan palabras tales como cu[y]il, que se traduce como “flechador” o arquero”, así como el verbo cuynal “flechar” o “apedrear” (Tapia Zenteno 1985: 104)

Con base en lo anterior, en mi Tesis de Licenciatura titulada Tlazoltéotl-Ixcuina. Un caso de sincretismo en la religión mexica concluí que el vocablo huaxteco ixcuina, puede ser traducido como “La Flechadora” (Rincón Huarota, Ricardo, ENAH, 1997). Por otro lado, el término Ixcuiname (la diosa Ixcuina en su forma colectiva, compuesta por cuatro hermanas) es una palabra híbrida ya que el sufijo –me es un pluralizador en lengua náhuatl. Así, de acuerdo a mi interpretación arriba referida, dicho término significa “Las Flechadoras”.

Estrechamente vinculado con lo anterior, se encuentran los indicadores etnohistóricos. En los Anales de Cuauhtitlan o Códice Chimalpopoca (1945:13), se relata la llegada a Tula de las Ixcuiname hacia el año 1058 D.C. Estas venían procedentes de la Huaxteca para instaurar un rito de fertilidad denominado tlacacaliliztli, “sacrificio de hombres por flechamiento”. Se observa que la traducción etimológica de ixcuina como “la flechadora, guarda correspondencia con el papel que juegan las Ixcuiname dentro del ritual del flechamiento. Es decir, tanto etimológica como etnohistóricamente, Ixcuina es una diosa flechadora.

En cuanto a los indicadores de carácter ritual, debe señalarse la participación de Tlazoltéotl-Ixcuina, en compañía de personajes vestidos a la usanza huaxteca, en la fiesta mexica Ochpaniztli “Barrido de los Caminos”, rito de claro contenido agrícola (Durán 1967 T.I: 145; Códice Borbónico 1981: Lam. 30). Finalmente, desde el punto de vista iconográfico también puede quedar patentizada la asociación específica entre Tlazoltéotl-Ixcuina y la costa del Golfo. Las representaciones pictográficas de diversos códices, tales como las del grupo Borgia y el Códice Borbónico, entre otras, presentan a la diosa con atavíos, adornos y símbolos que la identifican con la vertiente oriental de México.

Entre tales elementos iconográficos se encuentra su típico maquillaje facial elaborado con chapopote; el clásico tocado de algodón con husos ensartados; el característico pectoral de concha; el gorro cónico huaxteco y la nariguera en forma de media luna, yacametztli, entre otros Todos los indicadores atrás referidos abren de manera muy significativa la posibilidad de que el culto de la diosa haya surgido, efectivamente, en el área huaxteca. Ahora bien, desde la perspectiva arqueológica resulta más complejo convalidar toda esa serie de evidencias ya que si bien existe un amplio corpus escultórico de deidades femeninas huaxtecas, no contamos con documentos pictóricos prehispánicos ni fuentes coloniales de la Huaxteca que refieran la existencia de la diosa en aquella área cultural.

Empero, a través de una serie de estudios, diversos investigadores se han aproximado de manera seria al complejo tema que reviste la iconografía huaxteca. Con base en todo ese conocimiento, en mi Tesis de Licenciatura, he propuesto algunas hipótesis en torno al significado simbólico que los huaxtecos quizá hayan asignado a Tlazoltéotl-Ixcuina durante el Posclásico temprano. De esa forma, establezco que la deidad tuvo en la Huaxteca un simbolismo fundamentalmente relacionado a la luna y sus ciclos astronómicos, a la fertilidad de la tierra y a la fecundidad femenina, entre otros aspectos.

El ingreso del culto de la diosa al Altiplano central también constituye un gran enigma para la arqueología, en tanto que a la fecha no se conocen representaciones de la divinidad tal y como nos la muestran tanto las imágenes de los códices como la escultura huaxteca. No obstante, desde las perspectivas arqueológica y etnohistórica, hay indicadores que presumen una cercana interacción social y cultural entre los huaxtecos y los pueblos nahuas, con los toltecas en especial (Cobean 1985, 1990; Diehl/Feldman 1974). Lo anterior podría convertirse en un “punto de amarre” que posibilita la virtual introducción del culto de las Ixcuinas al centro de México como parte de esa línea de reciprocidad cultural establecida entre la Huaxteca y Tula en tiempos del Posclásico temprano.

Tal y como lo sugiere la carencia de imágenes arqueológicas de la deidad en el Altiplano, su culto habría quedado reservado al uso exclusivo de la casta sacerdotal; es decir, si tal culto no arraigo lo suficiente entre el grueso de la población, ello no implico su desconocimiento entre la élite religiosa nahua, que habría utilizado la simbología de la diosa con fines adivinatorios y calendáricos. De esa forma, se puede concluir que la deidad había adquirido “carta de naturalización” entre los habitantes del Altiplano desde la época tolteca. Sería sólo hasta el siglo XV cuando los mexicas otorgarían una importancia capital a la diosa, al incorporarla a su culto estatal del Templo Mayor y sincretizarla con sus Diosas-Madres, una vez que dominaron la rica y estratégica área Huaxteca.

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