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En la tierra también hay ángeles

03/11/2009 12:39
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Un ángel que solía observar desde el cielo hacía la tierra aprendió una lección que escribió así: En todo el tiempo en que he observado al hombre, aprendí a conocerlo muy bien, me di cuenta que su corazón lo han convertido en piedra para no sentir compasión por nadie y que su conciencia la olvidan como quien olvida algo que le estorba.

Que viven sin vivir, sin agradecer lo que tienen y cuando lo pierden indignados reclaman algo que nunca supieron valorar. Que sus ojos miran sin mirar aquel que sufre, y sus oídos aprendieron a no escuchar el llanto de los demás. Que perdieron la capacidad de asombro, de ver una puesta de sol, el canto de un pájaro y la risa de un niño, la humildad de agradecer un día más.

Y por el contrario se arremolinan en un accidente ¡hay que seres humanos! Prefieren ver la muerte que la vida que nace cada amanecer, de las noches de luna, de las nubes que corren por el cielo y las estrellas que como adornos visten el firmamento. Pero un día sucedió algo que cambio mi manera de pensar, al estar observando hacía la tierra algo llamó mi atención era un pobre perro, cansado caminando sin rumbo fijo.

Se sorteaba la vida cruzando calles y avenidas. Su frágil cuerpo parecía quebrarse, tan triste, tan sólo con una mirada que reflejaba un sentimiento de terror. Y yo lo entiendo pude ver su pasado, pude saber lo que pensaba, y yo no podía creer cuanto dolor albergaba dentro de él.

Un día lo arrojaron de su casa y aún no sabe la razón, él pensaba: si fue por morder los zapatos suplicaba perdón. Dentro de su corazón sentía: me duele más no volverlos a ver que la vida de dolor que sé que me esperará. Y en su interior se preguntaba: ¿Por qué nunca me acariciaron, mirar sólo esas cuatro paredes mi cabeza enloqueció?

Y yo no lo podía entender ¿Por qué lo golpeaban? ¿Qué pecado cometió? ¿Qué su condena era estar amarrado día, noche, frío y calor? Yo lo seguí durante todo el día, yo quería protegerlo y deseaba ser la persona que le negó un poco de agua para habérsela dado, ser la persona que lo golpeó para haberlo acariciado, pero no.

Yo sólo podía verlo desde el cielo y llegó la noche y lo sentí más tranquilo, como si la oscuridad fuera un refugio para él, así no podría ser visto por la gente. Al día siguiente mi pobre amigo con su dolor a cuestas, su hambre y su sed, salía huyendo despavorido de los gritos y golpes de las personas. Decidió no luchar más por vivir y terminar con ese sufrimiento buscó un pequeño rinconcito donde echarse y dejarse morir.

Y yo no podía hacer nada, sí, ese era su destino, yo aquí en el cielo lo estaría esperando para darle todo mi amor, pero de pronto alguien se acercó hacía el y yo vi en su mirada el rostro de la compasión, vi sus manos que lo acariciaron, lo tomó en sus brazos y con amor sus heridas curó. Y aprendí una gran lección que también en la tierra hay ángeles de carne y hueso como tú.

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