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El teléfono de Antonio Meucci

11/01/2011 20:07 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En sus comienzos se le llamó “teletrófono”

Publicado en El Parche Digital avilesino en el otoño de 2004, firmado por el mismo autor

Isidro Suárez, Tipógrafo del Far West

Antonio Santi Giuseppe Meucci, inventor del teletrófono (posteriormente, teléfono) y las marrullerías de Grahan Bell como ladronzuelo del invento.--Fue en el bisiesto 2004, en el de mis largas vacaciones gaditanas. Estaba metido de lleno en el estío gaditano; más bien… ya en la canícula. Pasé la noche del 15 al 16 de agosto (domingo a lunes) sintiendo resbalar a Hefesto con toda su estuosidad sobre el molesto pringue de toda mi piel. Fue una de tantas noches de insomnio gaditanas en las que uno no sabe cómo posicionarse en la cama para que los pringosos brazos y piernas no rocen ninguna otra parte anatómica, también untosa --es cuando el cuerpo y la mente adquieren la postura de la incógnita (X)--; situación provocada durante una noche canicular por ese dios del fuego griego que nos deja crucificados, o aspados, encima de las sábanas, en pijama adánico; con nuestra libido agostada cual cepa de vid castigada por la implacable bestia canicular, que a veces la deja desnutrida de savia impidiéndola reproducirse, o germinar.

Después de sentir manar la diaforesis de todas mis glándulas sudoríparas --sin llegar al fétido hircismo, porque para eso estaba la ducha, claro--, que brotaba sin piedad; que se mordía; que se bebía y sufría hasta las primeras horas canónicas, fue cuando escuché voces en la calle y dejé el regazo de mi generoso y paciente Morfeo que, a pesar de su esfuerzo por narcotizarme, no conseguía siquiera que yo diese una cabezada.

Me asomé al balcón de un tercer piso de una de tantas mal conservadas y vetustas viviendas cuyos edificios datan del siglo XVIII ó XIX, dentro de un marco mágico, acogedor y monumental -Cádiz, madre de las primeras Cortes Españolas, heroína de tantas y tantas gestas y Emperatriz de los Carnavales-, que a duras penas se mantienen en pie en la calle Compañía de la capital gaditana; carentes de aire acondicionado, que se sustituye por la gracia del vaivén, la presteza y ligereza del abanico andaluz y el muy comercializado y moderno ventilador eléctrico de aspas de techo, como en las películas de ambiente sudamericano... ¿o digo hispanoamericano? No en vano aquí suelen rodar muchas escenas de películas de carácter costumbrista hispanoamericano, que se nutren casi siempre de actrices y actores de la que era entonces "Escuela de Cine de Puerto Real" (Cádiz), aunque los protagonistas suelen ser foráneos.

Seguidamente, dejé el balcón aprovechando y saboreando el escaso frescor de la mañana que duraría muy poco porque Atón, o Ra, qué más da, ya asomaba cual transgresor matutino por el Este, dejando atrás el gran puerto de pasajeros, deportivo y comercial, acercándose arrogante y despiadado enfocando, luego, la Plaza de San Juan de Dios, en donde está el ayuntamiento gobernado por la pepera Teófila; que a continuación sigue lanzando sus rayos hacia la Calle Pelota, que sigue su curso ensañándose con la Plaza de Pío XII (Plaza de la Catedral) y, soslayadamente, se estrella contra el frontispicio de ese monumento barroco-neoclásico de 1796-1838, queriendo penetrar, al mismo tiempo, por cualquier resquicio de las angosturas de la calle Compañía.

Y ya me decidí a tomarme mi desayuno, que no pude acabar porque comenzaron a oírse más voces desde la calle; éstas me llamaron la atención e inquietaron. Es por lo que me asomo de nuevo al balcón y, para mi sorpresa, lo primero que veo son personajes con atuendos que parecían del siglo XIX: los hombres, vestidos algunos de chaqué y sombrero de copa; otros, con gorra de visera de la época, pantalón ajustado marcando paquete y chaqueta corta parecida a la torera, al estilo del chulo de Chamberí; ellas, guapas como ninguna otra, de largo y con toca cubriéndoles la cabeza, con floreadas sombrillas para protegerse del sol. También llegué a ver unos soldados con su fusil al hombro que, con tales uniformes, se asemejaban a los antiguos migueletes.

Eso fue en lo que primero me fijé. Y no podía imaginarme siquiera si estaba en la época del Romanticismo o en la del Realismo. Parecía que estaba soñando y que por fin había conseguido dormir. Pero no. Hasta que, entre los personajes, asomaron cámaras cinematográficas y gente dando órdenes a gritos. Fue cuando cogí mi cámara y, desde el balcón, comencé a tomar imágenes de lo que estaba aconteciendo en la calle Compañía.

Me decidí a bajar y mezclarme en la calle entre los madrugadores vecinos y otros mirones sorprendidos; también me vería entre técnicos y figurantes, que eran los receptores de las ordenes que se daban a gritos, que eran casi todos procedentes del mismo Cádiz. Y es que pensé que desde un tercer piso no conseguiría captar bien las imágenes con mi humilde videocámara; el tendido eléctrico que cruza de una parte a otra la angosta calle Compañía entorpecía mi visión y la de la cámara.

Estaban rodando una película. Pero, además de tomar imágenes, como soy algo obstinado, me empeciné en conseguir enterarme de qué iba la cosa, de la película en cuestión, quiero decir. Y me informé al mismo tiempo que enfocaba a los personajes; cuando me dejaban pasar, claro.

Estaba restringido el paso por donde rodaban; había que guardar silencio si el caso lo requería. Y lo requería muy a menudo. Era cuando se oía el grito de guerra de la dirección: “¡¡Silencio!! ¡¡Rodando…!! Y nadie se movía, nadie respiraba, salvo las actrices y actores. Los gaditanos madrugadores, quietos como estatuas y en silencio sepulcral porque siempre había alguien que los vigilaba. Cada quince o veinte metros, había algún ayudante de dirección que conminaba a los viandantes que se pasasen de la raya.

Estaban rodando una miniserie para la televisión italiana. Desde el 10 al 21 de agosto transformó, primero, diferentes escenarios de la capital gaditana en rincones florentinos de la Italia de entonces con escenas rodadas en la calle Compañía, en donde estaba, precisamente, este plumífero escribidor. Después, también pasaron a otros platós callejeros gaditanos para dar vida a la vieja Habana, que se rodaron dentro del Ayuntamiento (Plaza de San Juan de Dios), en el Teatro Falla, en la plaza de la catedral (Plaza de Pío XII) y otros escenarios que recuerdan a la Cuba de entonces y recrean la llegada de los Meucci desde Florencia a la capital habanera. Por lo que pude percibir, o deducir si se quiere, la película pretende ser de calado histórico en reconocimiento al verdadero inventor del teléfono: el florentino Antonio Meucci, no el marrullero Grahan Bell.

Si este espermatozoide en fase formativa y evolutiva no estuviese en el lugar, en el momento, en el día y horas adecuados en uno de los escenarios de la película sobre “Meucci”, en la calle Compañía -creo que ese va a ser el título de la película, “Meucci”- aún seguiría sin enterarse de que el verdadero inventor del teléfono no fue el marrullero Grahan Bell, sino un humilde y generoso ingeniero mecánico e investigador florentino emigrado a la Cuba de comienzos del XIX.

De eso va a tratar la película, entre otras cosas. Pero no sé si también alcanzará el guión de la película hasta su estancia en EEUU, creo que sí; en donde tuvo como compañero de fatigas, y prófugo de la justicia castrense de la Italia de antaño, al propio Giuseppe Garibaldi, revolucionario italiano, líder de la lucha por la unificación e independencia italiana.

Preguntando sobre el tema de la película en la misma cancha de juego del rodaje, algunos me comentaron que también iba a tratar sobre infidelidades; ¿de Meucci, o de la esposa de éste u otros familiares? ¿..?. Uno de los que hablaban de ello, un italiano con muy buen acento español, igual lo decía para despistar, o dar morbosidad y despertar el interés por la película; porque los temas históricos pueden resultar a veces aburridos o empalagosos para mucha gente que espera el morbo. O sea, en román paladino, se insinuaba que también habría cuernos. No me pude enterar muy bien de si los implicados serían el matrimonio Meucci, amigos, colegas u otros allegados del mismo.

Fue el verdadero padre del teléfono 20 AÑOS antes que Grahan Bell; Antonio Meucci creó tal artilugio

Aunque en mi defensa tengo que decir que hasta ahora me he venido fiando de los libros de texto, y a pesar de que la gran mayoría aún no están puestos al día, me reconozco más ignorante de lo que soy, como espermatozoide en fase formativa y evolutiva, por no saber antes de ahora que el verdadero inventor del teléfono fue un señor llamado Antonio Meucci en vez de un pillo, marrullero y ladronzuelo llamado Grahan Bell -parece un guión para una película dramática de terror…¿..?

Para Bell fue un golpe de fortuna que aún perdura; para Meucci fue un golpe de infortunio --una gran putada, vamos--, que le sigue a lo largo del tiempo después de su muerte, aunque ya esté reconocido como autor material de tan trascendental invento; pero se lo tuvieron que tragar en Norteamérica con la boca pequeña, despacito para no atragantarse; sin mucho bombo y platillo; no como el que le dieron hasta ahora al tramposo Bell desde la aberrante administración norteamericana. Si éste hubiese tenido más suerte…¿su descubrimiento se habría llamado hoy teletrófono como él lo llamó?

Si fuese así, sus descendientes estarían ahora en lo más alto del podio económico, ocupando el lugar en el que están aún los de Grahan Bell. Así lo manifiestan sus numerosos defensores, admiradores, científicos y biógrafos que no cejan en su empeño de que sea bien reconocido -creen que fue víctima de alguna de las muchas organizaciones mafiosas estadounidenses, instaladas en los poderes fácticos y políticos-. Y dicen que hoy, el capital económico de Grahan Bell, a través de grandes empresas e intereses bancarios, es inconmensurable; en poder ahora de sus descendientes, claro. La parentela y colaterales del científico y verdadero inventor del teléfono, Meucci, parece que, aunque no son pobres, no tienen fortuna alguna, son humildes, de clase media.

Y todo porque los norteamericanos, salvo raras excepciones, son muy celosos con todo lo que resulte autóctono, por mor de su egoísmo desbocado. Ellos fardan de ser los más grandes del planeta en todo, a pesar de que su riqueza siempre está en poder de menos de una cuarta parte del pueblo norteamericano. Por eso se han convertido en los gendarmes del Mundo. He ahí la anuencia colectiva americana para acallar méritos foráneos en beneficio propio; pero en detrimento, siempre, de todo lo que no sea el rojo de las barras y el azul de las estrellas, su color favorito; a ser posible, ribeteado todo eso por el vil metal; en demérito, siempre, de todo y todos los que estén fuera de su onda. No necesitan del permiso de otras culturas o colectividades que pululan por este cabrón e injusto Mundo dominado por un grupúsculo de payasos ricos que dominan a más de las tres cuartas partes de nuestro planeta; que son amparados, también, por las religiones dominantes que obnubilan y dejan hueros los cerebros de los caminantes, que ellos se encargan de rellenar con sus aberrantes y conniventes doctrinas. Reconozcámoslo, mal que nos pese.

Una de las primeras fotos que hice cuando estaban rodando fue la del director de la miniserie, en pantalón corto, Fabrizio Costa, que vociferaba y gesticulaba dando órdenes a sus muchas y muchos ayudantes de dirección. No en vano fue uno de los que me hicieron saltar de la cama al escuchar su vocerío desde la misma calle Compañía. Y eso que uno padece hipoacusia bilateral profesional, que no senil. ¿..?

Pude enterarme del nombre del director artístico, Paolo, pero no de su apellido. Cuando le estaba grabando, iba en compañía de un periodista que, pegado a él, éste parecía un enano, que no supe si era de un medio televisivo, de papel o digital. Y le dije al tal Paolo: “esto… es para llevármelo para Asturias”. Él, siempre sonriendo, me dijo: ¿Si...verdad…para Asturias…el norte…?”. Le contesté: “Sí, sí, el norte. Asturias. Para allí me lo voy a llevar”. Miró a mi cámara con atención e insistencia, siempre sonriendo y sin perder la compostura que otros dejan de lado. Encantador el tío. Le brotaba simpatía a través de su sonrisa y de toda su corpulencia simulada con las generosas dimensiones de su ampo ropaje, sobre todo de su larga y amplia camisa por fuera del pantalón, que le llegaba casi hasta las rodillas. Sin pretender entrar en expresiones peyorativas, creo que tiene la misma masa corporal que ostentaba el cineasta Orson Welles en la última etapa de su vida, y que muchos lo identificamos como el “ciudadano Kane”.

También me quedé con la grabación de la arrogante y desafiante mirada de uno de los protagonistas cuando éste se percató de mi insistencia en grabarle. No pude enterarme de su nombre. Aunque sí cabe la posibilidad de que fuese el actor italiano Massimo Ehine, que es el que encarna a Meucci en la película cuando se va para la Habana. No me atrevo a asegurarlo porque no le conozco, ni me preocupé mucho de preguntar.

Así las cosas, para no alargarme en mi visión de los hechos, me atrevo a proponer lo siguiente:

Julio Anguita Parrado, hijo de Julio Anguita, el que cayó fulminado en la guerra irracional contra Irak, escribió al respecto el domingo 23 de junio de 2002 lo que transcribo: Fue el verdadero padre del teléfono / 20 AÑOS antes que Bell, Antonio Meucci creó un artilugio para transmitir la voz. No tuvo dinero para patentarlo y murió pobre. Con el paso de los años, ni sus descendientes creían la historia. Esa es la entradilla de todo un artículo, que no tiene pizca de desperdicio, escrito desde Nueva York por Anguita Parrado, para dejar claro cómo los norteamericanos, cuando les conviene, callan y enmudecen a los demás en beneficio propio. Conviene, para tener mejor información sobre el tema, conectar con la página: http://www.elmundo.es/cronica/2002/349/1024906198.html

También, José A. Lozano Teruel, el 1-7-2002, en laverdad.es, en Panorama, en otro artículo, sin desperdicio tampoco sobre el mismo tema, escribe una entradilla que transcribo también: En pleno Nueva York, en la Tompkins Avenue de Staten Island, podemos visitar el Museo Garibaldi-Meucci, una casa histórica donde vivieron y se guardan los recuerdos de las vidas de Giuseppe Garibaldi “el héroe legendario de los dos mundos” y de Antonio Meucci, el verdadero inventor del teléfono. Más aún, el turista que pasea por Florencia puede encontrarse durante su visita a esta bellísima ciudad con una vivienda en cuya fachada existe una placa que dice, en italiano: “Aquí nació, el 13 de abril de 1808, Antonio Meucci, el inventor del teléfono. Recuerdo de sus conciudadanos el 16 de mayo de 1996”.

También, este artículo de Lozano Teruel, tan interesante como el anterior, tiene su página en Internet: http://canales.laverdad.es/panorama/ciencia010702.htm

Y si importantes fueron los artículos anteriores, otros no le siguieron a la zaga, cuyas entradillas decían: Bell “robó” el invento del teléfono al italiano Antonio Meucci. El estadounidense Alexander Grahan Bell no fue el inventor del teléfono, sino que “robó” la idea al científico italiano Antono Meucci, como han mantenido los libros de texto en Italia y como reconoció posteriormente el Congreso de los EEUU un siglo después de su muerte.

Otros titulares de otros artículos en sus páginas de Internet, que también son de mucho interés sobre el mismo tema, se explayaron: El congreso de EE. UU. reconoce que Grahan Bell no inventó el teléfono. El titular de ciao, dice al respecto: Grahan Bell era un pillín. Y en IBLNEWS también dijo tajantemente en su titular: Grahan Bell no inventó el telefono.

El 24 de marzo de 2004, Ramón Fernández Larrea escribe post mortem una Carta a Antonio Meucci, en la página de humor de Encuentros en la Red, que, aunque sea en clave de humor no tiene tampoco ningún desperdicio. Advirtiendo que por su largor conviene armarse de valor, paciencia y tiempo para leerla. Es de mucho interés. Abrir ésta: http://www.cubaencuentro.com/humor/20040324/c9be5adcf8116c5b36d2762d32974af1/1.html

Y ya está. Uno espera que despierte esto el interés histórico que se merece un buen hombre que pasó, o le hicieron pasar, desapercibido por espurios intereses del aberrante y degradante capitalismo norteamericano. Y aunque no se llega a tiempo de resarcirle económicamente, sí podemos hacerlo con un reconocimiento a su dignidad con la simple verdad histórica que éste se merece. Por lo menos.

...aquí suelen rodar muchas escenas de películas de carácter costumbrista hispanoamericano,


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Isufer (55 noticias)
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