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Teatro en 1830 Hernani de Victor Hugo

27/05/2013 11:38

0 Federico Herrero, director de teatro, nos comenta que en Francia, estuvieron la semillas de nuevas propuestas en arte, semillas claves para el futuro del teatro

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Federico Herrero, director de teatro, nos comenta que en Francia, estuvieron la semillas de nuevas propuestas en arte, semillas claves para el futuro del teatro.

En 1830, el tumultuoso estreno de la obra de teatro -Hernani- de Victor Hugo, anunciaba el triunfo dramático del romanticismo y su pasión por la verdad histórica, que prometía extenderse más allá de la apariencia superficial del lenguaje y de su comportamiento.

El movimiento romántico en el teatro francés siguió su curso por quince años, sin legar ninguna obra de importancia para la posteridad y haciendo muy poco por alterar las formas de producir teatro o las exigencias del público.

El advenimiento en 1850 de la obra creadas por autores tales como Alejandro Dumas, hijo, y Emile Augier, no cambió mucho la situación.

A pesar de su ostensible interés por los problemas sociales, la presentación de éstos continuó siendo divertida, y su actitud implicó una afirmación de los valores burgueses.

El equilibrio formal y social fueron cuidadosamente preservados y las exigencias del público respetuosamente cumplidas.

Pero mientras el teatro francés degeneraba en el entretenimiento para después de la cena, la novela francesa sentaba nuevas formas de penetración sicológica y de minuciosa documentación de la vida moderna a todos los niveles de la sociedad.

Algunos de los principales novelistas intentaron escribir teatro sin éxito: el único intento de Flaubert fue -El Candidato- (1874) que fue representada sólo cuatro veces.

Balzac consideró el escenario más como un medio para pagar deudas que como una oportunidad para innovar.

Para Zola, por otra parte, su creencia en el determinismo objetivo se sentía insultada por la falsedad del teatro. Entonces resolvió intervenir personalmente, tanto en la crítica como en la creación dramática y realizar así su reforma.

En el prólogo de su primera obra de teatro importante, -Teresa Rasquín-(1873), adaptación dramática de su novela del mismo nombre, escribió: -tengo la profunda convicción de que el espíritu experimental y científico de este siglo prevalecerá en el teatro y que allí yace la única esperanza de revivir nuestros escenarios-.

En 1830, el tumultuoso estreno de la obra de teatro -Hernani- de Victor Hugo, anunciaba el triunfo dramático del romanticismo

Zola estaba preocupado con las fuerzas que configuran la vida de la gente común, pero al renunciar en este caso al ilimitado panorama de la novela, admitía la necesidad de condensación e impacto dramático y estaba preparado para enfatizar los rasgos excepcionales de sus personajes pero no lo que los hacía típicos.

A través de sus escritos críticos y la representación de sus obras, Zola hizo un importante aporte en la ampliación de los horizontes del teatro tanto para los autores como para los directores.

Dice Federico Herrero:

Mientras que los románticos se habían rebelado contra el molde estereotipado del clasicismo, los naturalistas se rebelaron contra las formulas estereotipadas de moral y retórica que frustraban los esfuerzos por alcanzar un grado mayor de verdad en la literatura y en el género dramático.

La doctrina de Zola, sujeta a la alianza de la ciencia y la literatura, era, en un sentido, simplemente una expresión primitiva del naturalismo moderno que ha desechado sus pretensiones científicas.

No obstante, la alianza era esencial en su tiempo. Se necesitó del espíritu científico para renovar la literatura y la obra dramática y para liberarlas de las convenciones y los tabúes.

A Zola le corresponde el crédito por esta momentánea pero fértil alianza.

Sin embargo, la presión económica sobre el teatro hacía que no pudiesen surgir nuevos dramaturgos. El director de escena se mantenía fiel a sus patrocinadores, y hacía lo que el público esperaba. Las piezas de Zola tuvieron un triunfo relativo en gran parte gracias al nombre que ya se había hecho en la literatura.

De allí que se haya hecho evidente la necesidad de nuevos espacios teatrales para los dramaturgos, un teatro que protegiera el derecho a fracasar, que fuera lo suficientemente talentoso para garantizar pautas mínimas de seriedad y al mismo tiempo, lo suficientemente pequeños para funcionar sin la ayuda de caprichosos benefactores o patrocinadores mercenarios. Esto es lo que llegó a ser en París, en 1887, el prototipo de todos los teatros libres, independientes, artísticos, de estudio, de sótano, marginales y de hora de almuerzo, con que han iniciado desde entonces la mayoría de los avances de alguna consecuencia en el arte dramático del siglo veinte.

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