Te prometo que. . . . . . . . .
"Voy a cambiar, voy a cambiar, te lo prometo"....Siempre lo mismo, hasta que me cansé, señala Víctor R. de su ex pareja, hacia la que no guarda ningún aprecio. "Era como una tregua. Cuando hacía algo mal y discutíamos, como soy demasiado bueno, le daba otra oportunidad.
Pasábamos dos semanas o un mes bien, y volvía a ocurrir lo mismo. Otra vez me pedía perdón, me decía que cambiaría, y a volver a empezar.Las promesas suelen ser habituales en el contexto de la vida amorosa.
En este caso nos encontramos con una de difícil realización (nada menos que cambiar el propio carácter, reeducarse y modificar el comportamiento) que, sin embargo, es de las más comunes en la vida en pareja. Si sabemos que raramente lo conseguiremos, ¿por qué damos nuestra palabra tan a la ligera?
El problema que tenía la antigua pareja de Víctor no era precisamente que no le quisiera. Todo apunta a que aquellos miembros de una relación amorosa que son más sensibles hacia las necesidades de su pareja realizan un mayor (y más importante) número de promesas.
Pero, al mismo tiempo, fracasan en cumplirlas en mayor número de ocasiones que aquellos que son más indiferentes.Dicho de otra forma: nuestra buena voluntad se manifiesta en nuestras promesas, no en la realización de las mismas.
Al contrario que la noción popular de que los sentimientos verdaderos se demuestran mediante las acciones, nuestros datos sugieren que los sentimientos hacia el compañero sentimental pueden en ocasiones tener muy poco que ver con el cumplimiento de las promesas. Más bien, la consideración por la pareja y los sentimientos amorosos suelen reflejarse en las intenciones de cada cual, en promesas ambiciosas ofrecidas de buena fe, y guiadas por aquello que una persona (quizá de forma poco realista) desea hacer para mostrarse sensible ante las necesidades de su compañero.
Coartadas y excusas
Los compromisos explícitos no tienen sentido en la intimidad, sino que se realizan entre personas desconocidas o que gozan de poca confianza mutua. Prometer es lo contrario al amor.
El caso más claro es aquel en el que una mujer o un hombre permanece fiel a su pareja, o cumple con sus deseos sólo por el mero hecho de estar casados, algo que percibimos como una amenaza al matrimonio. Una promesa de fidelidad empeora las cosas: la pareja quiere que se le sea fiel no porque se le ha jurado serlo, sino porque se le ama ya que si la fidelidad se deriva de una promesa, los miembros de la pareja se estarían tratando como desconocidos, y no como enamorados.
Hay promesas y promesas
Entre las solemnes (los votos matrimoniales o los contratos escritos) y las que nos afectan en nuestra vida diaria, como pueden ser las casuales (ofrecer a alguien acompañarle a casa), las realizadas "con los dedos cruzados" (aquellas que se realizan para quedar bien, en las que el que promete espera que no se le tome la palabra) o la promesa fanfarrona (que llama la atención acerca de la valentía del que la enuncia). El resto, son promesas implícitas, que no necesitan expresarse verbalmente para que su cumplimiento sea necesario.
Una última categoría en la que encajaría a la perfección lo que ocurría con la ex de Víctor: las promesas que no lo son. "Son sinceras en su ofrecimiento, pero no implican ninguna futura acción" . "Por ejemplo, el 'no lo volveré a hacer'.
Se trata más de un acto de constricción y expiación ante una falta que de un auténtico pacto. Así pues, prometer a la pareja un cambio de actitud raramente tiene como objeto la modificación efectiva de la situación, sino confesar la propia culpa para sentirse bien con uno mismo.
La promesa como deuda
La promesa aplaza hacia un futuro más o menos incierto la necesidad de la acción por parte del que se pone a servicio del otro. El que dice "yo prometo", ya está actuando, aunque sea meramente por el hecho de realizar dicha afirmación. Es una deuda contraída, un pagaré para el beneficiado, que muchas veces ni se pretende pagar ni se cobra.
La mayor parte de estudiosos recurren al lenguaje jurídico para caracterizar a las promesas.
Las consecuencias de nuestras mentiras
No cumplir con la palabra dada, en aquellos casos en que el compromiso sea de cierta importancia, nos convierte en personas poco fiables, y daña nuestra reputación social.
"¿Por qué tienen tanto poder las promesas?
- En primer lugar, prometiendo algo, uno fija unas expectativas y un equilibrio. Si falto a mi palabra, rompo ese equilibro y fracaso al alcanzar las expectativas; soy injusto, ya que he dado mi palabra y ahora le debo algo a otra persona.
- En segundo lugar, fallo al hacer mi promesa realidad, algo que nunca ocurrirá.
- Y en tercer lugar, las promesas profesionales a los clientes deberían tener una especial inviolabilidad, ya que aquellos que más lo necesitan se sentirán libres a la hora de buscar ayuda".
La mejor forma de cumplir la palabra dada es no empeñarla jamás
Pero el incumplimiento de un pacto no sólo influye en nuestra imagen social y nuestra credibilidad, sino que también puede afectarnos psicológicamente, ya que las posibles consecuencias negativas de las promesas no cumplidas, están equiparadas a aquellos traumas que comienzan a acumularse en el subconsciente.
Así, una afirmación intencional, ya sea esta una promesa, una amenaza o cualquiera de otras de sus formas, tiene el carácter de una tarea sin completar que conlleva una tensión que busca ser aliviada. Tal tensión puede suponer un problema especial para la defensa y el control del ego. Aquello que no se cumple queda apuntado en la lista de nuestros debes, en el subconsciente. Ya no está en juego solamente nuestra reputación social y credibilidad, sino también nuestra propia tranquilidad.
Ser fiel a la propia palabra nos convierte en personas de confianza. Traicionarla sugiere que, en adelante, nuestras palabras carecerán de valor y una persona que no cumple su palabra no goza de credibilidad.
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Sobre esta noticia
Autor: Europa Coaching (105 noticias)
Fuente: europacoaching.com.ar
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Tipo: Reportaje
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