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Los talibán aprovechan la crisis electoral para cimentar sus relaciones con líderes locales

19/09/2009 11:29 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

A finales de este año, Estados Unidos podría contar con hasta 68.000 efectivos desplegados en Afganistán, donde los recientes comicios presidenciales no han satisfecho ni por asomo las más bien pocas expectativas de Washington de cara a un eventual fortalecimiento del presidente afgano, Hamid Karzai.

El reciente anuncio del secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, de enviar 3.000 nuevas tropas específicamente destinadas a combatir los atentados con artefactos explosivos perpetrados por los talibán, es otro ejemplo más de la realidad que se ha asumido en los pasillos del Pentágono: las milicias del derrocado régimen no han experimentado ni la más mínima debilidad tras la celebración del proceso democrático en Afganistán.

Los expertos internacionales coinciden en destacar la especial sensibilidad del pueblo afgano para detectar sutiles alteraciones en el reparto de poder. El aumento de los "pactos locales" entre tribus del sur y los talibán demuestran la pérdida de credibilidad de Karzai entre los centenares de líderes locales que habían elegido, hasta el momento, adoptar una posición neutral, a la espera de que el presidente afgano cumpliera con las garantías de seguridad una vez prometidas.

"Cambiar de lado, realinearse y variar lealtades --como se quiera llamar-- son los mecanismos tradicionales de los afganos a la hora de hacer la guerra", explican a la revista 'Time' el experto Michael Semple y la analista política del MIT, Fotini Christia.

REPARTO DE INFLUENCIAS

El éxito de influencia talibán sobre la organización del país obedece a un reparto de funciones excelentemente bien distribuido. Los talibán funcionan a tres niveles: la cúpula, dirigida por el Mulá Omar, que se encarga de la coordinación de sus milicianos y las operaciones de inteligencia exterior (con el apoyo tácito de las agencias de inteligencia paquistaníes, según los expertos, a pesar de que Islamabad siempre lo ha negado); a un nivel inferior aparecen grupúsculos aislados de combatientes internacionales (árabes, chechenos y uzbecos, sobre todo) y, en última instancia, bandas locales que emergen de los pactos desarrollados entre los talibán y los líderes tribales, cansados de lo que consideran el corrupto régimen de Karzai, que tiende a enfrentar unos pueblos contra otros.

La influencia local de los talibán se ha extendido de tal forma que el propio Mulá Omar ha llegado a implantar un "código de conducta" que sirve de base legal para la creación de una especie de "Gobierno talibán en la sombra" en el sur del país. En virtud de este código, por ejemplo, se estipula que sólo el Mulá Omar puede ordenar el asesinato de altos oficiales del Gobierno afgano y se ordena a las milicias que minimicen las bajas civiles en sus enfrentamientos contra las fuerzas de la coalición, quienes precisamente se han ganado la antipatía de la población afgana, harta del enorme daño colateral que provocan las operaciones de apoyo aéreo de las fuerzas internacionales.

Sin ir más lejos, el pasado 4 de septiembre, 30 residentes de Kunduz perdían la vida en un bombardeo de la coalición mientras intentaban obtener combustible procedente de unos depósitos de la OTAN, previamente secuestrados por los talibán. Combustible prometido por Karzai a los líderes locales, y que nunca fue enviado. "La gente de Karzai me hizo promesas a cambio de las cuales puse mi tribu en sus manos, pero esas promesas nunca fueron cumplidas", lamentó el líder local Mulá Salam, desde Helmand.

Cualquier justicia es mejor que no contar con justicia en absoluto. El nuevo lema del sur es "Tribunales para los ricos, Justicia talibán para los pobres". Es una justicia medieval, pero es un modelo de justicia que han bienvenido todos aquellos líderes locales que esperaban ávidamente a las fuerzas internacionales en 2001, y que deseaban que el presidente Karzai acabara definitivamente con el vacío de poder que ha dominado históricamente el sur del país, facilitando la llegada de ayuda humanitaria a una de las regiones más empobrecidas del centro de Asia. En este sentido, la distribución de bienes de primera necesidad ha sido hasta el momento, según expertos consultados por 'Time', "más bien caótica".

TODAVÍA ARMADOS

La influencia del Gobierno del presidente Karzai en el sur del país está sujeta a una compleja red de lealtades. Un ejemplo de ello es el caso que explica un comandante talibán --identificado únicamente como "Mulá A."--, que denuncia haber sido objeto de una trampa tendida por una tribu rival, que engañó al Gobierno afgano haciéndole creer que estaba en posesión de unos misiles Stinger.

Un jefe de inteligencia local, aliado de Karzai, fue el encargado de detener e interrogar al Mulá A., quien aseguró que dicho armamento no estaba en su poder. Frustrado, el jefe de inteligencia ordenó la detención del primo del Mulá, quien terminó muriendo estrangulado durante una sesión de tortura. Por miedo y por odio, el Mulá A se unió a los talibán.

El proceso suele ser el siguiente: aliados locales de Karzai ascienden a puestos importantes del Ejecutivo de Kabul. Aprovechando su cargo, introducen a sus hombres de confianza en la Policía local afgana. La Policía local comienza a saquear las propiedades de las tribus enemigas, quienes a su vez se terminan asociando con los talibán. Desde Washington, se tiene la certeza de que esta política es una represalia por el desencuentro entre Kabul y la Casa Blanca sobre el destino de los talibán tras la eventual victoria aliada.

Consciente de la enorme influencia que ejercen en la vida afgana, el dirigente afgano solicitó a Estados Unidos una amnistía total para los talibán al término del conflicto. "Washington dijo 'ni hablar', porque ellos no negocian con terroristas", declara un alto oficial del Gobierno afgano.

La idea de pagar más a los combatientes afines a los talibán para que dejen las armas tampoco funciona. Estados Unidos descubrió que el dinero que estaba dando al Gobierno afgano terminaba repartido entre los familiares y asociados de los funcionarios. "Ni un sólo comandante talibán respondió a esta oferta", afirma el oficial, quien indica que, en los últimos dos años, sólo 537 guerrilleros han dejado las armas para cobrar del Gobierno, a cambio de vivir perseguidos como "traidores a la causa".

SIN CAMBIOS

Las elecciones del pasado mes de agosto no han cambiado un ápice esta situación. A día de hoy, el jefe de observadores de la Unión Europea ha advertido de que al menos 1, 5 millones de votos --de los cuales 1, 1 millones corresponden a Karzai-- son "sospechosos" y que más de una tercera parte podrían ser anulados.

Los resultados definitivos no serán oficiales hasta que concluya el proceso de revisión puesto en marcha por la Comisión de Quejas Electorales de la ONU, que ha ordenado un recuento del 10 por ciento de los colegios electorales tras constatar "claras y convincentes evidencias de fraude".

Expertos en los talibán consideran que, a pesar de que Karzai terminará haciendose con la victoria sin necesidad de una segunda vuelta, las acusaciones de fraude han debilitado tanto su posición que los talibán ya no contemplan la posibilidad de negociar la paz. "Porque vamos a ganar", declaró el Mulá A.


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