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Sexualidad infantil, parto y sociedad

06/12/2010 23:21 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Vía| Criando Amando

Autora: Psicóloga  Estíbalitz Vega

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Existe una estrecha relación entre el tipo de sociedad en que se vive, la vivencia y la práctica de la sexualidad en ella. Aunque la antropología nos brinda gran cantidad de datos al respecto, voy a centrarme exclusivamente en lo que a nosotros nos incumbe más directamente: nuestra sociedad y su influencia sobre nuestros partos y lactancias.

Además de ver la influencia de la actitud ante la sexualidad, mencionaremos otros de los valores que sustentan tanto nuestra sociedad patriarcal y consumista, como el tipo de partos que en ella se practican, partos hospitalarios caracterizados por el intervencionismo masivo y el protagonismo del médico en detrimento de la mujer, de su bebé y de la salud de ambos. Estos mismos valores se hallan a la base de la lactancia reglada y de otros elementos de la crianza muy extendidos en la actualidad, como por ejemplo la desatención del llanto en los bebés, el escaso contacto corporal...

Nuestro cerebro está dividido en tres estructuras:

• Cerebro racional: neocortex. se localiza en la corteza cerebral y es el "responsable" del pensamiento abstracto, el lenguaje, etc. Es lo que distingue a nuestra especie del resto.

• Cerebro mamífero, instintivo o emocional: constituido por el sistema iímbíco y sede de nuestras emociones, de la memoria... Presente en todos los mamíferos.

• Cerebro reptiliano o paleocortex: bulbo raquídeo, situado en el centro del cerebro. Permite la supervivencia al controlar funciones vitales como la respiración, el pulso... También es la sede de las respuestas instintivas de ataque y huida. Es la parte que tenemos en común con los reptiles.

Pues bien, el parto y la lactancia son experiencias emocionales que pertenecen a la esfera sexual, reguladas por las mismas hormonas que se producen durante el acto sexual (oxitocina, adrenalina, prolactina, endorfinas...), y que son segregadas por el cerebro instintivo o mamífero. El neocortex, nuestro cerebro racional, no solo no cumple ninguna función importante en esos momentos, sino que es necesario que no se active demasiado, ya que entonces inhibiría el cerebro instintivo, alterando entonces la respuesta hormonal.

Sin embargo, con la medicalización se intenta des-sexualizar el parto, y convertirlo en una intervención quirúrgica más. En el parto natural la comadrona está en estrecho contacto físico con la parturienta, agachada frente a su cuerpo desnudo en una atmósfera de fluidos e intensos olores corporales. En el parto hospitalario la distancia y la posición respecto de la mujer cambia radicalmente, y los olores naturales no se aprecian bajo el potente olor a desinfectante. Aun así, y por si acaso, se impone el uso de mascarilla.

Pero La consideración de la sexualidad como algo pecaminoso y sucio, fruto de la tradición judeo-cristiana, se manifiesta aun en más aspectos del parto. En algunas culturas todavía se realizan ritos tras el parto, o incluso se aisla a la mujer durante un tiempo determinado por considerarla impura, separándola incluso de su propio hijo y privando a éste de los beneficios del calostro. En nuestro entorno el rito de "purificación" se disfraza de "prevención higiénica", y constituye una más de la larga lista de intervenciones médicas en un parto hospitalario. Me estoy refiriendo a la costumbre de bañar al recién nacido inmediatamente después de su nacimiento. El bebé no está sucio, sólo lo cubre una capa de grasa protectora que la misma piel absorberá, y quizás algo de sangre, sólo fluidos corporales. Sin embargo, el paso por la vagina sigue inquietando, y despertando algunas identificaciones profundamente grabadas en el inconsciente (sexo=sucio=malo=pecado). Además, la separación de la madre entorpece el inicio de la lactancia en el momento en el que el instinto de succión es más fuerte, y el inicio de la vinculación madre-bebé en un momento privilegiado por el pico hormonal en la primera hora tras el nacimiento.

Pues bien, aunque en nuestra sociedad aparentemente la sexualidad haya dejado de ser tema tabú (al menos es lo que podría pensarse vistas las imágenes que nos ofrecen a diario tanto las películas, como la publicidad...) la realidad es bien distinta. Todo esto es sólo un escaparate, tras el que se esconde la más dura represión hacia la sexualidad más natural. Freud fue el primer autor que habló de la existencia de la sexualidad infantil, descubrimiento que sacudió la sociedad victoriana de su época. Hoy en día todos los profesionales de la salud reconocen, al menos en teoría, que la sexualidad es una manifestación más de nuestra naturaleza que se halla presente desde el momento de nuestro nacimiento hasta el final de nuestros días. Sin embargo en la práctica, el placer parece restringido exclusivamente al mundo de los adultos.

Cuando un bebé nace encuentra sus mayores experiencias de placer en torno a su boca, chupando objetos, sus manos... pero especialmente en relación a la lactancia materna. En nuestra sociedad la lactancia materna es un bien escaso, que cuando se da apenas se mantiene unos meses y el tiempo que perdura frecuentemente acontece a golpe de reloj. La lactancia reglada también deja fuera el placer y convierte una experiencia sexual en un acto mecánico regido por el reloj. Esto ocurre así, a pesar de las recomendaciones de la OMS, de UNICEF, e ignorando el hecho de que la lactancia no sólo satisface unas necesidades de nutrición (para lo cual el bebé además está perfectamente capacitado para auto-regularse), sino de contacto, seguridad y placer del recién nacido. Bien sabemos las que amamantamos a demanda, especialmente si es más allá del primer año de edad, como se tilda enseguida de "vicio" la petición del pecho por parte del bebé. Otro tanto ocurre cuando el bebé no encuentra más consuelo que su propio pulgar.

La represión se hace mucho más patente en torno a los 3 años de edad, momento en el que niños y niñas comienzan a experimentar sensaciones genitales placenteras y sienten la necesidad de explorar su propio cuerpo y el de otros compañeros de juego. Cuando un niño/a comienza a tocarse los genitales la reacción de su entorno más cercano es de desaprobación que puede manifestarse de formas diferentes (castigo físico, crítica, reacciones de miedo, preocupación, insultos, intentos de distracción, reprimendas, burla, gestos de enfado, de asco...), y a través de ellas comienza a considerar esas sensaciones como algo "malo", "sucio" o "pecaminoso".

Emoción y Sensación versus Racionalidad

Nuestra sociedad rechaza también la expresión de las emociones, considerándolo algo inferior y "propio de mujeres". Así nos definimos como "seres racionales", limitándonos y olvidando que también somos "seres sintientes" (o sensibles) y "seres emocionales". Frecuentemente huimos de esta realidad que nos hace vernos a nosotros mismos más animales, más impredecibles, más vulnerables.

Los bebés nada más nacer han de pasar por un montón de pruebas y todavía hay quien afirma que no se enteran de nada. El moldeamiento para la represión de las emociones comienza muy pronto a través de la censura y la desatención. Nos dicen que los bebés lloran por llorar y que no hay que hacerles mucho caso, y si este método falla siempre se puede usar un chupete-tapón y cuando es capaz de echarlo fuera aun quedan las reprimendas y desvalorizaciones varias ("si lloras ya no te quiero", "lloras como una niña", "que feo te pones cuando lloras"...).El parto es un momento de apertura, por eso, si la mujer logra permitírselo, puede sorprenderse de la cantidad de emociones que emergen en esa experiencia (rabia, llanto, desamparo...), así como de su intensidad. Puede ser de utilidad todo lo que ayude a relajarse y a abandonarse: apoyo, un lugar cómodo y acogedor, un baño de agua caliente, masajes, la libertad de movimientos, permitir que el grito surja (es expansivo)... Sin embargo en nuestras maternidades se prefiere que la mujer dé a luz calladita y desconectada de sí misma. Para ello nada mejor que la epidural.

El Dolor en nuestra Sociedad. Dolor versus Sufrimiento

Vivimos en una sociedad que trata de eliminar el dolor a toda costa, olvidando que cumple una función vital: es una señal de aviso. Aparece cuando algo en nuestro organismo no funciona bien. Cuando acumulamos una tensión excesiva (física, psíquica o emocional), cuando nos hacemos una herida... El dolor no es un enemigo, sino un aliado. El dolor en el parto nos habla de hipertensiones musculares pelvianas que están interfiriendo con este acto fisiológico, que hay una contracción y que es necesario abrirse, relajarse. Durante el parto se ha de abrir un lugar que ha permanecido rígidamente cerrado, en el que se contiene mucha tensión emocional (debido a un control de los esfínteres excesivamente rígido o precoz, a la sexualidad infantil reprimida...). Además todo músculo hipertenso es doloroso a la extensión y el dolor se intensifica más aun, si, como defensa frente a él, la hipertonía se acentúa. De hecho, existe constancia de que entre las mujeres de algunos pueblos primitivos donde la sexualidad se vive de una forma más natural, los partos son, por lo general, poco o nada dolorosos.

Confianza en la Naturaleza versus Confianza en la Técnica

Pero el control en el parto hospitalario no persigue solamente la eliminación del dolor. En la sociedad patriarcal la ciencia y la técnica constituyen instrumentos de poder, y tras la Segunda Guerra Mundial, facetas tradicionalmente femeninas se convirtieron también en su objeto de estudio y manipulación. Así, cuando los hombres irrumpieron en los partos en forma de médicos, sustituyendo a las comadronas, la asistencia se convirtió en control. Los médicos no confían en los cuerpos de las mujeres, confían en las máquinas. Y sus intentos de mejorar a la propia Naturaleza han tenido como consecuencia múltiples errores. De hecho, las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud se redactaron precisamente con la intención de paliar las negativas consecuencias del uso excesivo de la tecnología en el parto.

A pesar de ello las mujeres paren rodeadas cada vez de más máquinas y de menos calor humano. En esta misma sociedad a muchas mujeres les inculcan la idea de que su leche no es buena, o que no tiene suficiente para alimentar a su bebé, y que precisa de la de fórmula que es igual o incluso mejor que la suya propia (le dicen). ¡Si hasta venden aparatos que se suponen que identifican los motivos del llanto de los bebés (como si una máquina pudiera hacerlo mejor que la propia madre)! Pues sí, eso se defiende: que no importa mucho quien se ocupe del bebé, que la madre puede ser sustituida por cualquiera (hasta por una máquina), y que no importa tanto si es criado por ella o por otra cuidadora que se ocupa de otra media docena más.

Autogestión versus Consumismo

Todo esto está también en estrecha relación con nuestro sistema económico: el capitalismo. Para realizar un parto natural no se necesita apenas nada. Sin embargo, en un parto hospitalario la lista de utensilios, medicamentos y máquinas considerados ya imprescindibles es muy larga y no deja de ampliarse. Todo esto sostiene a una industria que crece al mismo ritmo que el intervencionismo médico.

Por otro lado, alrededor de la crianza también hay una industria cada vez más potente que nos ofrece cunas, cochecitos, sillitas, biberones, chupetes, juguetes para niños de meses cada vez más sofisticados... como elementos imprescindibles en el primer año de vida del bebé. Cuando lo realmente imprescindible para criar y alimentar al bebé es su madre. Y este es otro gran problema. En nuestra sociedad no interesa que la madre permanezca con el bebé, sino que se incorpore lo antes posible a su puesto de trabajo para que siga produciendo y consumiendo. De hecho, aparentemente hemos avanzado mucho respecto de la consideración de las mujeres en el mundo laboral, pero no echemos cohetes al aire. El cambio ha sido en gran parte sólo superficial, y frecuentemente una mujer ha de rechazar parte de su naturaleza femenina y maternal si quiere formar parte del mundo laboral. Así los embarazos y los hijos son valorados negativamente, como una carga, ya que no encajan en el mundo de productividad generado por la sociedad patriarcal.

Incluso en el mundo feminista, aun habiendo lugar para la menstruación, el aborto y la menopausia, parto y lactancia siguen siendo ignoradas. Ana Cachafeiro y Casilda Rodrígañez, autoras de "La represión del deseo materno y el estado de sumisión inconsciente", expresan claramente la trampa en la que el movimiento feminista ha caído, mostrando el caro precio pagado por unos escasos derechos, condicionados además, al mantenimiento del sistema y al actual estado de las cosas: "(...) si sólo renunciando a la maternidad puede la mujer dejar de ser inferior, de alguna manera se está admitiendo que la maternidad confiere status de inferioridad".

Feminidad versus Masculinidad

En nuestra sociedad patriarcal, que ha puesto siempre el acento en lo masculino, las funciones femeninas han sido menos estudiadas, permaneciendo rodeadas de un halo de misterio y miedo a lo desconocido, siendo consideradas muchas veces como algo doloroso y lleno de peligros. De hecho, existen gran cantidad de ritos, costumbres, prohibiciones y supersticiones en torno a la menstruación, el embarazo, el parto y la lactancia, y muchas de ellas minan la autoestima de muchas mujeres, y la confianza en sus propios cuerpos para parir y para amamantar a sus hijos.

Autonomía y Responsabilidad versus Control y Sumisión

El abuso del control en el parto, aparte de graves consecuencias físicas, crea una situación muy distinta a la del parto natural, y que se relaciona también con el fomento de la sumisión y el abandono de la propia responsabilidad que conviene a nuestra sociedad de masas.

En el parto natural una mujer sana y su bebé comparten una de las experiencias más intensas de su vida. El bebé sale al mundo y su madre le acompaña en su camino y le acoge a su llegada. En el parto hospitalario el intervencionismo médico roba el protagonismo de ambos, tratando a la mujer como a una enferma y sacando al bebé de su cuerpo.

El inicio de la maternidad para la madre y de la vida para el bebé vienen fortalecidos en el parto natural por el uso de los propios recursos, y por el placer de estar juntos. De esta manera se potencia la maternidad instintiva, y es más probable que esa madre se deje llevar por la ternura que le inspire su hijo, y la sabiduría que éste despliega ante sus ojos.

En un parto medicalizado el inicio de la maternidad y el inicio de la vida del bebé quedan marcados por la dependencia y la sumisión a los profesionales, y por el desierto afectivo.

Los estudios antropológicos nos muestran además la existencia de una estrecha relación entre el tipo de sociedad, y la actitud ante el inicio de la vida y ante la diada madre-bebé en los primeros años de vida.

En las sociedades matrifocales el tejido social ha sido constituido para el bienestar y la conservación de la vida, y en consonancia con esto, existía en ellas una confianza en la vida humana autorregulada. Esto implica necesariamente un profundo respeto hacia la maternidad, y por lo tanto una protección del vínculo entre la madre y el bebé desde el inicio de la vida hasta, según el tipo de cultura, un intervalo que puede ir desde los 3 a los 6-7 años de vida.

Por otro lado existe en nuestra sociedad una oposición a la práctica del parto natural, y la censura por omisión a sus grandes beneficios y ventajas. El parto natural no sólo no interesa, sino que despierta recelos y desconfianza, porque un inicio diferente de la vida puede traer consigo consecuencias indeseables para el actual estado de las cosas.

El parto natural supone respeto y confianza en el cuerpo, en las mujeres y en la Naturaleza (en definitiva, en la vida). Estas actitudes chocan abiertamente con el parto medicalizado y los ideales en los que se entronca, que son también los de la sociedad machista y patriarcal en la que vivimos: necesidad de jerarquías, acento en la racionalidad, fe ciega en la técnica (debido a la necesidad de control), desvalorización de lo femenino, lo emocional, lo corporal, lo animal, lo natural... (en definitiva, desprecio por la vida).

Hemos dado algunas pinceladas acerca de los valores que sustentan a nuestra cultura de masas, y a su presencia en el parto y en la lactancia como medio perfecto, además, de perpetuar un estado de las cosas que convienen a nuestro sistema económico y social. Nacemos y crecemos alejados de nuestros ritmos naturales, perdiendo desde el inicio la sintonía con la Naturaleza, desatendidos en nuestras necesidades más básicas en ese momento, sometidos al control de las máquinas y a la cadena de producción en que se están convirtiendo las maternidades. 

Al nacer el bebé ya no es acogido por su madre, meciéndole, acariciándole, amamantándole y regalándole la mejor de las bienvenidas: una mirada y una sonrisa que le dicen lo especial que es para ella. En su lugar es sometido a un montón de pruebas por alguien para quien es, un niño más entre muchos. Se ha iniciado el moldeamiento necesario para formar parte de una cultura de masas, para formar parte del rebaño. Nos quieren sumisos, atenazados por el miedo desde el principio, y no hay mejor modo de lograrlo que comenzar cuando somos más vulnerables, desde el nacimiento (o incluso antes) y durante la primera infancia. Por eso la transformación de la sociedad pasa necesariamente por una revolución del nacimiento y de la crianza.

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Nota: Las negritas son mías. (IMH). 


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