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Los sabores del bicentenario de la independencia y el centenario de la Revolución Mexicana

05/07/2010 09:08 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Anécdota culinaria del encuentro entre Francisco Villa y Emiliano Zapata en la Ciudad de México en 1914, para definir el rumbo de la Revolución

¡Entre Zapata y Villa, las tortillas!

Arqueólogo Ricardo Rincón Huarota

Lawrence, un amigo norteamericano aficionado a la historia, vendría a México y me pidió preparar un recorrido turístico sobre la ruta seguida por Pancho Villa y Emiliano Zapata en su paso por la Ciudad de México en 1914. Ambos caudillos, junto con sus ejércitos, la División del Norte y el Ejército Libertador del Sur, se encontraron a finales de ese año en la capital para definir el cauce de la Revolución.

Al integrar el itinerario, quise destacar aspectos de Villa y Zapata que los alejaran de su dimensión mitológica y descubrieran a los hombres de carne y hueso que sentían, sufrían, amaban, envidiaban, odiaban, pero sobre todo, comían. Lawrence tenía gusto por la gastronomía y le interesaría conocer desde el punto de vista culinario el trayecto de los revolucionarios en la Ciudad de México.

A su llegada, fuimos a Xochimilco donde en compañía de algunos amigos alquilamos una trajinera y una lancha-cocina que nos llevaría de comer. Navegando por los canales, saboreábamos un rico consomé de pollo, guajolote en mole con arroz rojo y tacos de barbacoa, pero lo que más disfrutaba el extranjero era el sabor de las tortillas de maíz recién hechas a mano.

Simultáneamente, comencé mi relato señalando que los primeros en entrar a la ciudad fueron los zapatistas quienes, a la espera de los norteños se dieron tiempo de conocer la primera fuente de sodas de Sanborns, donde degustaron café, chocolate y pan de dulce. Lawrence, que seguía comiendo fascinado con las tortillas, me interrumpió y dijo que los zapatistas eran considerados bárbaros, ¿por lo menos pagaron?, preguntó. De acuerdo a las crónicas, sí pagaron, no así los villistas que en una visita posterior, ni propina dejaron.

Agregué que muy cerca de ahí hay otro famoso restaurante, la Ópera, que todavía conserva en el techo unos orificios hechos por los disparos de Pancho Villa. El estadounidense, con una tortilla en la mano, me miraba expectante mientras contaba la leyenda de cómo el Centauro del Norte entró eufórico al local a caballo y disparó hacia la techumbre.

Villa y Zapata, aún con su dimensión mitológica, fueron hombres de carne y hueso que sentían, sufrían, amaban, envidiaban, odiaban, pero sobre todo, comían

Villa y Zapata se conocieron el día 4 de diciembre de 1914, precisamente en Xochimilco, donde tuvo lugar una gran comilona. Villa conocería la gastronomía del centro del país ya que en el festín se sirvió barbacoa bañada en salsa, mole de guajolote, frijoles con epazote, tamales y pulque. Se cuenta, continué, que Zapata le ofreció al jefe de la División del Norte una copa de coñac para brindar por el encuentro; sin embargo, el norteño era abstemio pero para no hacerle el desaire al llamado Atila del Sur, le dio algunos sorbos que se le atragantaron. De ahí en adelante, Villa sólo bebería agua.

Durante esa parte del relato, Lawrence no quitaba la vista de la mujer que realizaba la faena de amasar, aplanar, cocer y voltear las tortillas. Sus ojos de asombro se iban abriendo en la medida que éstas se inflaban en el comal. De inmediato, solicitaba que la más inflada se la diera a él. Eso me llevó a contar que fue tal el gusto de Villa por la tortilla de maíz, quien estaba acostumbrado a la de harina, que Zapata al poco tiempo le envío un molino de nixtamal.

El día 6 de diciembre de 1914, los dos ejércitos entraron triunfantes a la Ciudad de México con destino a Palacio Nacional donde los caudillos se encontrarían con el Presidente Provisional Eulalio Gutiérrez. Este les ofreció un espléndido banquete, con abundantes vinos franceses, coñac y champaña, en el que Villa comió con vehemencia y Zapata sucumbió al influjo del dios Baco. Ese mismo día, con ánimo festivo, Villa se sentó en la silla presidencial a un lado de Zapata, quien en contraste permaneció como esfinge.

Ya para finalizar el recorrido, reté a mis acompañantes a recordar algún refrán sobre Villa y Zapata. Alguien mencionó ¡Zapata le dijo a Villa, ya perdimos el albur, tú atacarás por el norte, yo por el sur! Por ahí se escuchó ¡Zapata y Villa, se toparon con la silla!; otro lanzó ¡Villa, cuando viaja, necesita dos vagones, uno para sus mujeres y otro para sus llorones!

Lawrence, ansioso por participar y ya bajo los efectos del tequila, se puso de pie y gritó entusiasmado el famoso refrán ¡aquí está Pancho Villa con sus dos viejas a la orilla! y palmoteando remató ¡el mío, el mío es: entre Zapata y Villa, las tortillas! A nadie le hizo gracia pero todos se lo celebramos para no hacerlo sentir mal. Al percatarse de su desafortunada rima, se volvió a sentar y ruborizado lo único que atinó a decir, dirigiéndose a la señora de la chalupa de junto fue páseme otra tourtilita por favour”.

Los caudillos se conocieron el día 4 de diciembre de 1914 en Xochimilco, donde hubo una gran comilona. Villa conocería ahí la gastronomía del centro del país


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Filibustero (40 noticias)
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