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Resistencia en calle Florida

04/05/2009 21:46 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Fieles a sus costumbres y a su modo de ganarse la vida, resisten al rechazo de comerciantes, policías y mendigos. Alejados de la sociedad y de las organizaciones humanitarias por voluntad propia, los Gitanos continúan alimentándose del ida y vuelta de la peatonal más popular de Buenos Aires.

* Por Hernán Blanco

Llegaron cuando Argentina disfrutaba del uno a uno y Rumania sufría el coletazo violento del comunismo dictatorial. En algunos casos fueron ayudados por mafias que facilitaban su entrada al país. Poblaron los subtes, los barrios y las provincias argentinas. Aquellos que decidieron quedarse y sobrevivieron a la crisis del 2001, actualmente buscan las zonas más exclusivas de Buenos Aires para pedir.

En el cruce de Florida y Avenida Córdoba hay dos nenes tomados de la mano. Esperan que el semáforo peatonal se ponga en rojo y que la gente se acumule para ir a pedir. Mario tiene cuatro años, está descalzo y sucio. Yara -o Sara como ella prefiere- tiene doce, usa sandalias y no le molestan las preguntas. No va a la escuela, no tiene padres y no puede comprarle zapatillas a su hermano. “Pedir es lo único que puedo hacer para comer, y prefiero que mi hermano esté conmigo porque no lo puedo dejar solo”, expresa pausadamente.

Recorren el grupo de peatones sin éxito, y cuando el semáforo pasa a verde se hacen a un lado para evitar que los arrastren hasta el otro lado de la avenida. Y vuelven a esperar por el semáforo en rojo: es la rutina. Antes de despedirse Yara asegura que ellos no son gitanos, luego recorren cien metros para dar el dinero que recibieron de los peatones a un adulto que los espera. Más tarde, otros dos menores también llegarán para darle lo recaudado.

A pesar de la negativa de los chicos, y del adulto, es fácil darse cuenta de que son gitanos. Como también es fácil percibir que las mentiras que involucran a menores de edad son las que más enervan a la mayoría de la gente consultada por los gitanos en la calle, y también una de las razones por la cuales están marginados en Florida.

Siempre  la misma respuesta

El ritmo cargado de la peatonal no modifica sus hábitos. Saben dónde pueden ubicarse. Hay adultos que también piden, lo hacen atrincherados detrás de un pedazo de cartón escrito en marcador con frases poco claras. Cuando algún curioso se acerca a preguntar cómo o por qué están ahí, la respuesta invariable es: “soy refugiado y legal”, afirman. Cualquier otra pregunta obtendrá la misma respuesta: refugiado y legal. Mientras que los chicos son menos estáticos y se mezclan entre la gente para pedir dinero, aunque ya no se perciba el popular acordeón, uno de los rasgos más populares de los niños gitanos rumanos.

Los chicos son distribuidos en zonas concretas, pero sus puestos pueden variar, no siempre están en el mismo lugar. “Depende de lo que me diga él”, dice Yara, mientras señala a lo lejos la posición del recaudador. “Antiguamente la presencia de gitanos era mayor” dice Jorge, agente de seguridad privado de un local de joyas en Florida, y explica que el aumento de turistas en la zona ha tenido un efecto repelente. Hay tramos que ya no están abiertos para los gitanos, “porque molestan a los que vienen a gastar su dinero en los negocios”, aclara.

El trabajo forzado de menores es una aberración. Pero resulta difícil responder a una pregunta evidente: ¿los menores son obligados a pedir por sus padres u otras personas, o necesitan hacerlo como una única opción para sobrevivir? Para responder hay que tener en cuenta las dificultades que sufre un gran porcentaje de familias argentinas, nativas o extranjeras. Y además prestar atención al aumento de la tasa de mortalidad infantil registrado este año en Argentina por causa de desnutrición. Qué otra salida pueden conseguir los menores que no se alimentan o no pueden ser alimentados por sus familias.

Colgados del hombro de alguna mujer, o pidiendo en la calle por sus propios medios, el uso de menores como cebo forma parte de la organización. No obstante, existen otros beneficios en la figura de un menor. Hay gitanos que decidieron tener hijos en territorio argentino para beneficiarse de la obtención de la nacionalidad del menor, y conseguir el derecho de residencia legal de los padres y del resto de la familia. Dentro de este panorama, el dato que completa la realidad es que los mismos padres forman parte de las organizaciones que explotan a sus hijos.

Un largo camino

El origen del pueblo gitano está en India. En el siglo IX debido a la invasión islámica se desplazó hacia Europa, y una gran parte se afincó en Rumania. Luego de la caída del Muro de Berlín, a fines de la década del 80, los países industrializados europeos y de América del norte cerraron sus fronteras a la población de las ex repúblicas comunistas por miedo a recibir una inmigración masiva.

Dentro de este marco internacional el Gobierno de Carlos Menem firmó en 1994 el decreto MI4632/94, que establecía tratados bilaterales y transformaba a la Argentina en uno de los pocos destinos legales y abiertos para las nuevas repúblicas libres. El acuerdo preveía el ingreso de entre 200 y 300 mil inmigrantes de Europa del Este, entre ellos los gitanos rumanos.

A diferencia del resto de los expatriados que se beneficiaron del decreto, del cual rusos y ucranianos forman el 70%, la mayoría de los rumanos ha entrado al país de forma ilegal. Y han solicitado a las autoridades argentinas el estatus de refugiados.

Un estudio realizado por la Revista Argentina de Sociología muestra la existencia de un considerable número de solicitudes de refugio por parte de personas que carecen de documentación y se identifican como rumanos. La respuesta de las autoridades rumanas en Buenos Aires a dichas solicitudes ha sido negativa, porque cuando las personas dejaron su país de origen no estaban perseguidos y no pueden ser considerados como refugiados. Además, los mismos gitanos rechazan la asistencia humanitaria que ofrece la A.C.N.U.R., la agencia de la O.N.U. que se ocupa de los refugiados en todo el mundo.

Según fuentes de la Dirección Nacional de Migraciones, en el año 98 ingresaron legalmente a la Argentina cerca de 200 familias desde Rumania. Pero los especialistas en inmigración resaltan la dificultad para corroborar las cifras referentes a gitanos, ya que este colectivo no se ajusta a las leyes y a los requisitos legales de ningún país.

Tanto el estudio antes citado como la opinión de fuentes especializadas en inmigración coinciden en el rechazo sufrido por los gitanos. En un país donde existen problemas sociales internos, este colectivo no brinda soluciones para ser aceptado. El estudio revela que los gitanos no demuestran voluntad para integrarse a la sociedad, ni aprender el idioma o buscar trabajo. Y luego de una década no han obtenido su lugar en la sociedad argentina como otros grupos de inmigrantes. Este escenario crea problemas de desigualdad y discriminación, y por ello es comprensible que no quieran expresar abiertamente su identidad.

La última ola de inmigrantes de Europa del este llegó a suelo argentino con el objetivo de mejorar y dejar atrás varias décadas de hermetismo soviético. En general se trataba de profesionales con títulos universitarios que venían a desempeñarse en sus especialidades. Pero fueron recibidos por personas de su propia nacionalidad que les proponían hospedaje y alimento a cambio de trabajo en negro. Rápidamente comprendieron que las promesas oficiales de asistencia, cursos de español, ayuda para conseguir vivienda, y micro-créditos para profesionales, nunca se harían realidad. Y se creó un caldo de cultivo para las organizaciones mafiosas que se aprovecharon de su desesperación y de su imposibilidad para comunicarse en castellano y reclamar.

Al mantenerse voluntariamente fuera de la legalidad, y tener casi como único objetivo la mendicidad, los gitanos se volvieron aún más vulnerables a la explotación. Esta situación tuvo su auge durante los últimos años de la década del noventa, cuando la mafia les pagaba pasajes de avión y los instruía para pedir. Luego, con la crisis del 2001, y al igual que muchos argentinos que emigraron en busca de mejores opciones, los gitanos también lo hicieron. Canadá y Estados Unidos, o Francia y España, donde la población gitana es grande, fueron algunos de los destinos más frecuentes.

Relaciones peligrosas

Mara y Melina buscan refugio en la esquina de la Avenida Corrientes y Maipú. Se paran a  hablar unos minutos mientras un bebé duerme inerte en los brazos de alguna de las dos. No llegan a los 15 años y su tarea consiste en llevar al bebé y recaudar. Pero hoy no tienen suerte, los peatones no las perciben sobre la avenida. Van de prisa y “no hay lugares cómodos para que la gente te vea y te dé plata”, dice Mara. Es difícil obtener limosna fuera de la peatonal, pero los guardias de seguridad y los empleados de los locales ya se encargaron de alejarlas de allí.

Visten polleras de color como las gitanas y hablan un porteño agitanado porque hace diez años que llegaron a Buenos Aires con sus familias, desde Rumania “para vivir en un alojamiento del centro”. También aseguran que no son gitanas, y a diferencia de los más chicos se muestran muy incómodas con las preguntas. Sin embargo, parecen más libres en sus movimientos y explican que no deben darle el dinero recaudado a nadie, y que no están atadas a un cobrador.

Cuando se les pregunta por el bebé la tensión se hace grande en sus rostros. Dicen que no es hijo de ninguna de las dos y que deben hacerse cargo de él. Ya no habrá más respuestas. Hablan en voz baja en otro idioma y abruptamente deciden cambiar de estrategia. Son las cinco de la tarde, se las nota cansadas y la limosna es escasa. Minutos después se pierden en la estación Carlos Pellegrini de la línea B de subte.

La relación que une a adultos y menores está basada en la explotación, y los chicos están obligados a aportar su cuota diaria de dinero que los hace partícipes de una red de trabajo forzado. También están obligados a mentir y dar cualquier excusa para no revelar su actividad diaria. Si las obligaciones no se cumplen, la violencia explícita entra en juego.

Antes de llegar desde otros barrios de la provincia, o desde una pensión céntrica, algunos usan el hall de la estación de Retiro como punto de encuentro para organizar la jornada y también sus alrededores para pedir. Allí se observa mayor contacto entre los menores y los adultos recaudadores. Y también es posible ver como la violencia forma parte de la relación. A veces, los niños deciden tomar un descanso o salir del lugar programado y reciben retos y agresiones.

Cuantificar las ganancias de los grupos y el fin que le dan al dinero recaudado es tarea difícil. Los adultos son personas muy cerradas y se niegan sistemáticamente a brindar información. Además la organización de los grupos es irregular. El grupo de Florida tiene entre tres y cinco niños recaudadores por grupo, y la suma diaria, según declaran los propios menores, ascendería a 20 o 30 pesos por cabeza en zonas como Recoleta, calle Florida o Retiro. La retribución para cada chico sería de cero pesos más alojamiento y comida, o algunos pesos para que ellos mismos se compren alimento.

Resistencia

El sentimiento popular contra los gitanos los obliga a vivir rechazados. En calle Florida ni siquiera pueden competir en igualdad de condiciones con los payos, así llaman los gitanos a los que no lo son. María es de Formosa, no es gitana, y se sienta en Florida de lunes a sábado sobre un pedazo de cartón junto a sus dos hijos, de dos y cuatro años. Ella explica que si los gitanos ya no van por ahí es “porque roban a los turistas y la policía los echa”. Y agrega que a ella si la dejan quedarse, y eso le permite recibir de manos extranjeras entre 90 y 100 pesos de limosna por día.

Los artistas callejeros se renuevan frente a locales de ropa transformados en galerías de telefonía celular, mientras que la pujante ola turística se retira debilitada por la recesión económica mundial. Las empresas del microcentro aumentan y disminuyen el caudal de personal que camina apurado, pero ni la inquebrantable resistencia de un pueblo gitano, que ha recorrido el mundo durante siglos, parece dar resultado para que sus costumbres sean aceptadas como las de otros personajes de la calle Florida.


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