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Reflexiones sobre la vida – 11 de mayo de 2011

10/05/2011 22:30

0 El colobo oriental negro y blanco (Colobus guereza)

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Hoy he tenido que ir a una tienda de mascotas a comprar un saco de pienso para mis perros. Es una tienda normal, donde tienen perros y gatos en venta, peces, tortugas, hamsters, y otras mascotas consideradas como normales y corrientes. Pero esta vez había un nuevo animalito suelto por la tienda. Se trataba de un monito muy gracioso, pequeñito, blanco y negro. A mi personalmente no me gustan mucho esos animales, los veo demasiado parecidos a los humanos (y casi iguales a algunos humanos), pero los tolero.

-¿Muerde?-, le pregunté al dependiente.

-¡No!, es muy manso y está amaestrado, además es jovencito. Es un guereza abisinio o colobo oriental negro y blanco joven, una especie de primate catarrino de la familia Cercopithecidae-

-Que curioso. Nunca había visto un monito así, suelto por una tienda-

El mono entonces se me quedó mirando y de un salto se me colocó en el hombro.

-¡Quíteme este bicho de encima!-, grité.

-No se altere-, me respondió el dependiente. -Se puede poner nervioso, y aunque es muy manso, si se asusta puede morder-

Intenté tranquilizarme un poco. Aún así le repetí despacito y bajito.

-¡Quí-te-me-lo de en-ci-ma!-

El mono entonces comenzó a hurgarme en la cabeza.

-¿Qué está haciendo?-, pregunté.

-Le está quitando los piojos-

-¡Pero si yo no tengo piojos!-

-Es posible que con el mono tan cerca acabe teniéndolos-, me tranquilizó el imbécil.

-¡Pues dígale que no haga eso!-

-Es un comportamiento de respeto. Le considera el mono dominante-

-Gracias por el nombramiento, pero el mono debe entender que no soy de su especie-

-Para él sí-, me aclaró.

En este punto, el mono ya me estaba arañando la cabeza y había arrancado varios pelos de raíz.

-¡Oiga, me está haciendo daño!-

-Espere-, dijo el dependiente, -voy a intentar cogerlo-

Cuando el dependiente se acerco al mono para quitármelo de encima, se me agarró a las orejas lanzando chillidos como si le fueran a separar de lo que más quería en el mundo. El dependiente tiraba del mono, y el mono de mis orejas.

-¡Pare, pare!, le dije, -me va a arrancar las orejas-

-Es que se ha encariñado con usted y no quiere separarse-

-Pues tenemos que buscar una solución-

-¿Le interesa el mono?-

-¡No quiero el mono!, quiero que me lo quite-

-Es muy barato-

-¡Que no lo quiero!-, respondí ya algo nervioso.

-Probaré con comida-, dijo, sacó un plátano y se lo ofreció al mono. El mono, sin bajarse de mi cabeza, y con una mano firmemente agarrada a mi oreja izquierda, peló el plátano y me lo metió de golpe en la boca.

-¡Pues si que le respeta, le ofrece su propia comida!-

Intenté hablar, pero el mono empujaba el plátano hacia dentro para que me lo comiera, asfixiándome un poco.

-Le voy a ofrecer un poco de pienso-, dijo el dependiente.

-¡No, por Dios!, respondí a gritos y con la boca llena de plátano, -que me lo termino comiendo yo-

-Pues probemos con un juguete-, y le dio al mono un muñeco de goma de esos que pitan. El mono lo cogió, sin soltarse de mi oreja izquierda (la cual ya sangraba), y cuando apretó el muñeco y oyó el pitido, se asustó, y apretándome más la oreja comenzó a golpear el muñeco de goma contra mi cabeza, acertándome alguna vez que otra en mi ojo derecho, mientras me gritaba histéricamente en la otra oreja.

-Esto no me puede estar pasando-, pensé, pero el dolor de la oreja y del ojo me devolvió a la realidad. Por fin, el mono tiró el muñeco con tan buena puntería que acertó en la jaula de un loro que del susto también se puso a dar gritos. El mono se alteró de nuevo con los chillidos del loro y se agarró con las dos manos de mi pelo, tratando de arrancármelo (y consiguiéndolo en parte). El dependiente intentaba coger al mono, pero éste le daba mordiscos (alguno también me lo llevé yo) mientras giraba por toda mi cabeza para escaparse, arañándome las orejas, la nariz, la cara y arrancándome varios pelos del bigote, lo que hizo que se me saltaran las lágrimas.

-¡Ignórelo!, dijo el dependiente.

-Ya me gustaría, pero me está dejando la cabeza en carne viva-, argumenté, mientras corría en círculos por la tienda con los brazos extendidos. El pobre animalito estaba tan estresado que se hizo pis en mi cogote y me empapó toda la espalda.

De repente, se abrió la puerta de la tienda y entró una mujer elegantemente vestida con un perrito de aguas en brazos. El mono que los vio, saltó hacia ella, se le agarró a su cabeza y comenzó a quitarle los piojos mientras ella chillaba aterrada. En cuanto me vi libre del mono, salí de la tienda corriendo como un poseso y sangrando como un cochino.

Pensé en volver a entrar, pues al final no había comprado el saco de pienso, pero finalmente decidí que lo dejaría para otro día.

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