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Reflexiones sobre la vida – 4 de mayo de 2011

03/05/2011 23:26 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La procesión del silencio

Esta Semana Santa, como todas, hemos ido al pueblo. Mis cuñados tienen una casa donde nos quedamos esos cuatro días. Además ya es una tradición. Mi cuñado pertenece a una de las cofradías (yo creo que es la única que hay), y se junta con los demás miembros a organizar la procesión que recorre las calles. Todos los años se empeña en que yo también me haga cofrade, y todos los años le digo que no… y todos los años acabamos discutiendo.

Bueno, pues a lo que iba. Mi cuñado ya tenía preparado y limpio su traje de Nazareno, color morado, para salir en la procesión del silencio. El no es costalero, siempre dice que carguen otros, que el la penitencia ya la hace andando, y es de los que van precediendo a la imagen con un cirio.

Todos sabemos como son las cofradías. La procesión se hace por la noche, y durante todo el día se van haciendo los preparativos, y para aguantar todo el trabajo y estar animado y con fuerzas, se abusa un poquito del vino y otras bebidas alcohólicas (al menos es lo que hace mi cuñado). Vamos que cuando sale la procesión van todos mamaos hasta el corvejón, al menos en este pueblo.

Mi cuñado llevaba bebiendo desde las 11 de la mañana (se empieza con el carajillo del desayuno, los cubatas de la mañana y las cervezas del aperitivo), y ya cuando vino a casa a comer (con vino, claro) llevaba una buena tajada. Después de comer fue cuando tuvimos la discusión anual porque quería que yo entrase en la cofradía. Como iba de una conversación a otra, de repente exclamó:

-Ya que es Semana Santa deberíamos hacer torrijas-

-Para torrija la que llevas-, le respondí, pero el ya estaba cortando las rebanadas de pan.

Se puso a hacerlas mientras se pegaba unos lingotazos de anís, y por más que mi cuñada apelaba a su cordura, el seguía en sus trece. Ni que decir tiene que las torrijas no se podían comer. De entrada confundió el azúcar con la sal, por lo que el sabor que tenían era bastante peculiar, menos mal que la mayor parte se le quemaron al freírlas y hubo que tirarlas.

Del enfado que se pilló, se agarró a la botella de coñac y fue tirando con ella el resto de la tarde.

Aunque en estado lamentable, llegó inexplicablemente hasta la hora de la procesión. Tuvimos que ayudarle a vestirse ya que se nos caía todo el rato, y con la melopea que llevaba no se le entendía nada. Se empeñó en llevarse una fiambrera con las torrijas que habían sobrado para compartirlas con los compañeros, a pesar de que todos le avisábamos de que no había quien se las comiera, pero en su caótico estado no atendía a razones. Finalmente lo dejamos por imposible.

Nos encaminamos, sujetándole por los brazos, hacia la iglesia desde la que salía la procesión y volvió a insistir en que me apuntara a la cofradía, o al menos es lo que creí entender, pues el habla la tenía prácticamente trastocada. Al llegar a la iglesia, se empeño en ofrecer las torrijas al resto de los cofrades, quienes, excepto uno, las fueron tirando por los rincones mientras él no miraba. El que se la comió debía de ir también bien puesto. Mi cuñado se comió las cinco torrijas que sobraban, de una sentada y sin hacerle ascos. De repente llamaron a todos los cofrades a ocupar sus puestos y la procesión comenzó.

Cuando salieron de la iglesia, mi cuñado iba precediendo a los costaleros, vestido de Nazareno, con un cirio en la mano y haciendo eses por el pedalón que llevaba. La cosa no hubiera tenido mayor trascendencia si no se hubiera complicado la borrachera con las torrijas saladas. Se conoce que no le cayeron bien al estómago, y le entraron ganas de vomitar. Como es muy difícil expulsar algo por la boca cuando la tienes tapada por un capirote morado, y a él también le fue difícil contener las nauseas, de repente se paró en medio de la procesión, tambaleándose, y empezó a salir una especie de líquido blanco por los ojos del capirote. Como además instintivamente uno se inclina hacia delante al vomitar, se le prendió el capirote con el cirio que llevaba, justo por el pico, y el fuego empezó a bajar lentamente.

Las viejas que presenciaban la procesión, de repente vieron a un Nazareno echando líquido blanco por los ojos y con la cabeza como el motorista fantasma, envuelta en llamas y se pusieron a gritar. Como en el pueblo son muy dados a la superstición, pensaron que el maligno había bajado a la Tierra en fecha tan señalada, y la emprendieron a pedradas con él. Intentó explicar a gritos lo que le pasaba, pero se le trababa la lengua y no se le entendía nada, y de repente alguien exclamó: ¡Está hablando en lenguas extrañas! La lluvia de piedras y palos se multiplico mientras las viejas rezaban el rosario y los más jóvenes cogían los rastrillos y las hoces para masacrarlo al grito de ¡hay que matar al diablo! Mi cuñado, cada vez más quemado, con los ojos chorreando, y con andares de borracho, esquivaba como podía las piedras y los palos, aunque más de una le acertó en toda la cresta.

Menos mal que mi cuñada intervino a tiempo cuando dijo: ¡No le tiréis más piedras que es mi marido, el Manolo!

La gente se calmó un poco y uno de los vecinos que fue a buscar un extintor, pudo apagarle al capirote, no sin antes atizarle en la cabeza por si acaso se trataba del maligno. La procesión del silencio fue una de las más ruidosas de la historia.

El resultado es que mi cuñado acabó en el hospital al borde del coma etílico y además le tuvieron que dar 56 puntos en toda la cabeza. También perdió parte del pelo y media oreja por el fuego del capirote, pero aún así, a los dos días, cuando recuperó el conocimiento, decía: ¡Ha sido la mejor procesión de mi vida! El año que viene hay que repetirlo.

Deseando estoy que llegue la próxima Semana Santa, y es que en el pueblo de mi cuñado, serán muy brutos, pero nunca te aburres.


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Autor:
J. R. Lázaro (31 noticias)
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