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18-09-2009 17:32

Rebeldes, con causa

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| Tipo: Opinión | Tags:

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Los valores perdidos

Gracias al guantazo que me dio mi padre una noche cualquiera de hace unos años, nunca más volví a probar el tequila. Al menos no lo he bebido con el único fin de emborracharme hasta perder la consciencia, que no la conciencia. Pero como tampoco es cuestión de sentarme aquí ahora a contar mentiras, antes de seguir confesaré que me encanta el gin tonic con pitillo en mano. Esta es la verdad y como tal la escribo. Entre otras cosas porque ha sido mi más fiel compañero hasta la fecha, nunca me ha fallado. Me gusta decir que es cosa de escritores, y que me siento más cerca de Hemingway cada vez que me tomo una copa bien cargada, pues como por arte de magia la inspiración llega hasta mi lindo hogar. Cualquier excusa es buena a la hora de defender nuestros vicios.

Hoy en día, aquella noche en la que la embriaguez de mi estupidez se presentó en la casa de veraneo de mi familia a altas horas de la mañana, se ha convertido en leyenda. Y es relatada durante cualquier reunión familiar año tras año. Podemos reírnos de ello. Aprendí la lección.

¡Hijos de puta, no sabéis quién soy!, fue la frase de uno de los guerreros de la revuelta organizada en un lugar de España, en Madrid para ser más concretos, hace unos días. Muchos artículos de la prensa que he leído se centran en los largos apellidos imposibles de memorizar de algunos de esos niños bien (así los definen), y en la ubicación exacta de las zonas adineradas en las que residen. Me pregunto que importancia tiene esto, y no miento si digo que llevo unos días pensando en ello. No encuentro una repuesta dentro de mi cabeza. Así que he decidido que no importa una mierda (no encuentro manera de ser más contundente, las palabrotas a veces son necesarias). No importa una mierda porque ellos habrán llegado orgullosos al cole, o a la uni, presumiendo de su hazaña, mientras algunos de sus padres siguen reiterando una y otra vez que sus hijos son inocentes. Y no pretendo con esto juzgar la educación que cada padre decida inculcarle a su hijo ¡Dios me libre!; simplemente intento que entre todos encontremos una respuesta a esta época en la que no hay más héroes que los inventados por los programas de la tele, por la falta de valores y por la posibilidad de alcanzar sueños demasiado fáciles de alcanzar (¡soñad con la Luna, maldita sea!).

¿Habría sido más fácil encontrar una explicación si esta peleíta hubiera ocurrido en una zona marginal de cualquier ciudad?, ¿la razón a tal acto de rebeldía sería la familia desestructurada de la que provienen los pobrecitos, o al problema que ocasiona el tráfico de drogas en sus barrios? En fin, no sé a quién queremos engañar. Las familias desestructuradas existen en la periferia y en los palacetes, y aunque el dinero compre títulos y diplomas, la educación nunca estuvo a la venta, estamos todos en el mismo saco.

Se deja que un hijo piense por sí mismo, que tome sus decisiones y que actúe como un adulto; cuando puede que la solución sea que se le enseñe a pensar por sí mismo, que se le ayude a tomar sus decisiones y que se le ayude a aprender a actuar como un adulto. Muchos todavía estamos en época de aprendizaje y seguimos necesitando de los nuestros para tomar decisiones, hacerse persona es un paseo infinito. No necesitan un amigo ni un colega en casa, sino el ejemplo de autoridad y respeto; y en el colegio sus colegas se deben sentar en sus mismos pupitres y no en la mesa de un profesor cada vez más asustado de los padres de sus alumnos. Profesores nostálgicos que no se rinden a lo que un día descubrieron como una vocación. Ardua tarea, imagino.

Yo, sinceramente, me alegro al recordar que aquel guantazo recibido (bien merecido por cierto) no trajera hasta mi casa a una patrulla de policía municipal dispuesta a multar a mi padre y a pedir explicaciones a mi madre, buscando entre los vecinos a un testigo imaginario. Si por aquel entonces le hubieran quitado el derecho a ejercer su paternidad como el consideraba oportuno, no sé qué habría sido de mí.

Muchos creerán que me preocupo por un problema que no me concierne. Pero se equivocan, y mucho, pues algún día muchos de estos niños estarán perdidos y buscarán esa ayuda a la que hoy renuncian orgullosos e ignorantes, y me apena pensar que a lo mejor algo habríamos podido hacer mejor. Seamos o no progenitores.

Ahora puede que me acerque a casa de mis padres y me tome un gin tonic con ellos. Intuyo que hoy será un día de recuerdos de juventud y seguro que descubro algo nuevo acerca de la jovencita intolerante y rebelde que fui hace tiempo. Lo dicho: encontrar el camino no es trabajo de un día. Y aquella noche, como otras tantas, la recordaré con una sonrisa.

Nota: Hablando de aquel verano me viene a la cabeza el recuerdo del estreno de una película en Madrid: Rebeldes, de Coppola. Simpática casualidad, ¿no? Pues creo que habría sido una película perfecta para comentar en algún párrafo de este breve relato. Como por aquel entonces yo no era una niña bien decidí enamorarme de los malotes horteras y grasientos, pero es que ¡eran tan guapos! ¿Qué pasa?, ¿vosotras no fuisteis jóvenes?

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Sobre esta noticia

Autor: Laura Riñón Sirera
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