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Esta es la realidad del capitalismo actual

09/11/2010 00:35 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Entre 1988 y 2002, el 25 % más pobre de la población mundial redujo su participación en el ingreso mundial desde el 1.16 por ciento al 0.92 por ciento, mientras que el opulento 10 % más rico acrecentó sus fortunas pasando de disponer del 64, 7 al 71.1 % de la riqueza mundial

Ricardo Osvaldo Rufino mir1959@live.com.ar

Población mundial en 2010: 6800 millones de habitantes, de los cuales:

- 1020 millones son desnutridos crónicos (FAO, 2009)

- 2000 millones no tienen acceso a medicamentos (www.fic.nih.gov)

- 884 millones no tienen acceso a agua potable (OMS/UNICEF 2008)

- 924 millones “sin techo” o en viviendas precarias (UN Habitat 2003)

- 1600 millones no tienen electricidad (UN Habitat, “Urban Energy”)

- 2500 millones sin sistemas de drenajes o cloacas (OMS/UNICEF 2008)

- 774 millones de adultos son analfabetos (www.uis.unesco.org)

- 18 millones de muertes por año debido a la pobreza, la mayoría de niños menores de 5 años. (OMS)

- 218 millones de niños, entre 5 y 17 años, trabajan a menudo en condiciones de esclavitud y en tareas peligrosas o humillantes como soldados, prostitutas, sirvientes, en la agricultura, la construcción o en la industria textil (OIT: La eliminación del trabajo infantil: un objetivo a nuestro alcance, 2006)

- Entre 1988 y 2002, el 25 % más pobre de la población mundial redujo su participación en el ingreso mundial desde el 1.16 por ciento al 0.92 por ciento, mientras que el opulento 10 % más rico acrecentó sus fortunas pasando de disponer del 64, 7 al 71.1 % de la riqueza mundial . El enriquecimiento de unos pocos tiene como su reverso el empobrecimiento de muchos.

- Ese solo 6.4 % de aumento de la riqueza de los más ricos sería suficiente para duplicar los ingresos del 70 % de la población mundial, salvando innumerables vidas y reduciendo las penurias y sufrimientos de los más pobres. Entiéndase bien: tal cosa se lograría si tan sólo se pudiera redistribuir el enriquecimiento adicional producido entre 1988 y 2002 del 10 % más rico de la población mundial, dejando intactas sus exorbitantes fortunas. Pero ni siquiera algo tan elemental como esto es aceptable para las clases dominantes del capitalismo mundial.

Estos datos y estadísticas (cada uno con su respectiva fuente que indica de donde fueron obtenidos) son recientes, y fueron proporcionados por el Programa Internacional de Estudios Comparativos sobre la Pobreza (CROP), radicado en la Universidad de Bergen, Noruega. Este programa está haciendo un gran esfuerzo para, desde una perspectiva crítica, para combatir el discurso hegemónico sobre la pobreza elaborado desde hace más de treinta años por el Banco Mundial y reproducido incansablemente por los grandes medios de comunicación, autoridades gubernamentales, académicos y “expertos” varios.

Al respecto, esto es lo que opina Atilio Boron, economista argentino, periodista y ex presidente de CLACSO: “Después de cinco siglos de existencia, ésto es lo que el capitalismo tiene para ofrecer. ¿Qué esperamos para cambiar al sistema? Si la humanidad tiene futuro, será claramente socialista. Con el capitalismo, en cambio, no habrá futuro para nadie. Ni para los ricos ni para los pobres. La sentencia de Friedrich Engels, y también de Rosa Luxemburgo, “socialismo o barbarie”, es hoy más actual y vigente que nunca. Ninguna sociedad sobrevive cuando su impulso vital reside en la búsqueda incesante del lucro, y su motor es la ganancia. Más temprano que tarde provoca la desintegración de la vida social, la destrucción del medio ambiente, la decadencia política y una crisis moral. Todavía estamos a tiempo, pero ya no queda demasiado”.

En efecto, ejemplos del fracaso rotundo de las políticas neoliberales adscriptas al más ortodoxo de los capitalismos, tenemos en cantidad, pero puedo mencionar (por conocerlo en detalle) el ocurrido en la República Argentina en la década del 90, con los diez años de gobierno de Carlos Saúl Menem (1989-1999). En ese período el modelo implementado decepcionó absolutamente frente a los dos problemas más graves que aquejaban al país: la creciente desigualdad social y la desocupación. Quizás porque una de las características más marcadas del neoliberalismo, cual doctrina económica, es disociar bárbaramente lo económico de lo social; esto es, no contemplar los costos sociales de las políticas económicas instrumentadas.

Cuando la miseria moral y material de un sistema se traduce en delincuencia incontenible, en destrucción de las economías regionales (que por siempre habían sido el motor productivo de Argentina), en pobreza y hasta indigencia en amplios sectores de la población, en crisis sociales, de la educación y la salud pública; cuando se advierte que los índices de crecimiento de la economía han crecido, pero también la marginalidad y la exclusión; que la concentración de la riqueza es cada vez mayor y que la distribución del ingreso ha empeorado; que el sector financiero ha superado al sector productivo, es hora de comenzar a reflexionar seriamente sobre cuál es la calidad de la sociedad que se está construyendo, es hora de pensar hasta qué punto es sano dejar todo librado al mercado (al “omnipresente” mercado, base y fundamento del sistema capitalista) o si no resulta más conveniente la participación reguladora y correctiva del Estado. En ese entonces, no se hizo esa clase de replanteo en mi país. Y la historia terminó como terminó: con la irrupción de la crisis fenomenal de 2001 y 2002, que puso a la Argentina al borde de su disolución.

Si nos referimos a las alternativas existentes al capitalismo, Atilio Boron habla de socialismo. Claro que es una alternativa válida, pero siempre y cuando sea un socialismo “aggiornado”, no en el sentido tradicional e histórico en que se entiende este término. Sí creo en un socialismo absolutamente democrático, que respete las libertades públicas de manera irrestricta (el hombre sin libertad no es nada) y la libre elección de los representantes y gobernantes de los pueblos. Un socialismo moderno que permita la integración del país que se trate al mundo y que le dé absoluta preponderancia a la educación, la ciencia y la tecnología, como impulsores de una economía pujante, activa y plena.

Los teóricos del capitalismo aseveran que el mismo posibilita una forma legítima de producción, que por sus características estimula la elaboración de artículos de consumo a bajo costo, beneficiando de esta manera a la sociedad en general. Además, ven en él a la expresión más acabada del espíritu de empresa, que no exento de riesgo, es factor de progreso técnico y científico. Muchos defienden a este modelo de buena fe, producto de su ignorancia y porque el sistema es opaco y su naturaleza explotadora y predatoria no es evidente ante los ojos de mujeres y hombres. Otros lo defienden porque son sus grandes beneficiarios y amasan enormes fortunas gracias a sus injusticias e inequidades. Hay además otros (”gurúes” financieros, “opinólogos”, “periodistas especializados” y los diversos exponentes del “pensamiento único”) que conocen perfectamente bien los costos sociales que en términos de degradación humana y medioambiental impone el sistema. Pero están muy bien pagados para engañar a la gente y prosiguen incansablemente con su labor.

A mi humilde entender, la opción superadora consiste en revalorizar las virtudes del capitalismo (básicamente, libertad económica e impulso individual positivo que se traduce en acciones concretas) y, al mismo tiempo, tomar el Estado y utilizar su fuerza transformadora (sin que esto signifique, por supuesto, aumentar su tamaño y su peso, ocupándose de tareas innecesarias) y su carácter regulador y modelador. Porque… hay una frase que escuché hace ya muchos años, que alertaba sobre lo siguiente: “Si a los desposeídos de una sociedad no los defiende el Estado, ¿quién los defenderá...?”

Las disyuntivas deben discutirse de un modo transparente y democrático, con amplia participación de todos los sectores con poder decisorio en una sociedad. Pero resulta cada día más evidente que si no se colocan límites al salvajismo extremo del modelo capitalista actual y se deja todo librado a las fuerzas del mercado y al afán de lucro asociado al egoísmo tan natural de los seres humanos, el antiguo sueño tantas veces acariciado de contar con una sociedad más justa y equitativa se aleja irremediablemente, y los resultados que quedarán expuestos serán exactamente iguales a los que muestra esta triste estadística presentada por la Universidad de Bergen.


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