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Quim Xena. Vivencias de un músico. Capítulo 4º

04/07/2009 13:12 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Afinando la vieja guitarra

Quim Xena: "mi idea es ir introduciendo al posible lector en el mundo de las habaneras empezando por mis propias vivencias."

Afinando la vieja guitarra

CAPÍTULO IV

Al día siguiente, por fin, la tongada de viento y de frío se acabó en seco y la ajetreada naturaleza retornó a la bonanza. Las coles, las habas y las escarolas del huerto empezaron a alzar sus hojas hacia el cielo. Yo mismo, sentía como reencontraba de nuevo mi equilibrio, físico y mental, después de que el temporal diese la vuelta a todo tipo de sinrazones.

Dando un paseo por el bosque vi cientos de ramas de encinas y de pinos desgajadas de la planta madre. Me sorprendí a mí mismo consolando a los árboles caídos:

- "Habéis perdido con dolor las ramas más débiles para que las más valientes crezcan con más fuerza y firmeza para aguantar los próximos embates de Eolo que, seguramente, os mostrará de nuevo su fuerza para elegir los supervivientes que mejorarán vuestra especie."

Mudos escuchaban mis palabras arengadoras. Inmóviles y sumisos aceptaban su destino: el más fuerte aguantaba, el más débil caía sin ser una cuestión de inteligencia sino de saberse adaptar. Bien al contrario de los humanos a los que nos parece que todo viene de nuevo, incapaces de aprender de las enseñanzas de nuestros ancestros, mucho más arraigados a la tierra que los que ahora la poblamos. Claro, somos la última especie surgida de la evolución que firmemente cree en las ventajas técnicas y en la capacidad de destrucción del enemigo creado por nuestra mente para hacernos valer de manera hipócrita. Al paso que vamos no hará falta un cometa para acabar peor que los dinosaurios.

Mientras, pude llenar una buena saca de piñones, que serían un buen complemento para mis espartanas cenas.

Después de la recolección volví al mas para ponerme a pintar. Loco habría estado si no aprovechaba esa inmejorable luz solar que me permitía apreciar nítidamente los colores y el paisaje. Me hacía cruces de estar disfrutando de tanta belleza.

Después de comer enfundé la guitarra y la libreta de apuntes, el lápiz y la goma en la bolsa. Bien equipado dirigí el paso hacia Calella.

Desde Can Roquer de Dalt me miré el mar. Calma en tierra y aún jaleo mar adentro. Cosa normal en Calella. A buen seguro que los pescadores habían calado sus piezas en busca de "moixons", pescado muy apreciado por estos lares.

Una vez en el pueblo, antes que nada, hacia correos-lavandería, por si había novedades. Nada. Después hacia la cabina "de la telefónica" de delante de la librería de Can Lloberes. Llamé a la familia. Contesta mi padre y aprovecha para incriminarme de que tenía que ir a ayudarle a podar la viña.

- "La semana que viene" le respondí. Y así pensaba hacerlo.

Y, por fin, entré en Ca la Raquel. Sólo había una persona, de pie, apoyada en el mostrador tomando un café. Lo saludé y se ve que él me conocía.

- "Soy Luis, te recuerdo de este pasado verano tocando la guitarra en La Vela.

- "Soy Quim, mucho gusto."

- "Vas tocando la guitarra, chico? Aquí en Ca Raquel aún no te hemos sentido.

- "Sí - respondí - y tocaré cuando se me pida, pero debo decir que de habaneras no entiendo casi nada."

Acto seguido se puso a explicarme muchas cosas. Sobre todo me habló de su hermano, ya desaparecido, Ramon Carreres, que, según él, había sido uno de los primeros compositores de una hornada que escribían canción popular marinera en catalán.

Lluís quiso puntualizar el montón de obstáculos que tenía que sufrir su hermano para conseguir que los cantantes cantaran sus canciones y poder llegar al público. En aquella época en Calella sólo eran bienvenidas y cantadas las canciones en español y eso lo provocaba - según él - la presencia en la villa de determinados círculos de gente de fuera, sobre todo de la gran ciudad, que consideraban las canciones en catalán de poca o nula categoría. Todo esto acontecía en el tiempo de la adversa dictadura hacia el renacimiento de la cultura catalana.

Antes de hacer el último sorbo del café, Lluís sentenció que en Calella no se había cantado nunca habaneras y que mucha gente ni sabían lo que eran hasta la llegada de los barceloneses. En Calella se cantaban, aparte de las canciones de moda, las canciones populares y tradicionales que durante decenios y centurias se habían ido apoderándo del alma musical del país, y que eran las mismas canciones que se cantaban en la mayoría de tabernas de todo el largo del litoral y de tierra adentro.

Y yo me preguntaba - entonces... como fue que el fenómeno de las habaneras calase tan hondamente en toda Cataluña? - Lo intentaré averiguar en otro capítulo.

Acabado el café, Lluís pidió un chorro a la Raquel y enseguida volvió a hablarme de su hermano. Nombró una ristre de composiciones de Ramon Carreras que quedaban aún guardadas en un cajón.

Más adelante pude conocer algunas de sus canciones, como "Llop de Mar" o "Cala Montgó". Para mí, grandes cantos a la mar con sobrada categoría para competir con los temas que alguien quiso distinguir con el término de "canciones de ultramar".

En un descanso de Lluís en su retórica, para encender un cigarrillo, me retornó a la memoria un hecho que me pasó cuando era un jovencito. Una tarde, a finales de los años sesenta, mientras estaba detrás de un gussi, en la playa de Pineda, tocando mis canciones con la guitarra para enamorar la holandesa que me acompañaba, llegó una guardia civil que, sin avisar, me arreó un par de bofetadas en la cara.

La chica no se sabía avenir - What's that? Is it possible? - Y sin dejar de mirar mis mejillas al rojo vivo continuó su queja en holandés, aunque ni el guardia ni yo no la entendiéramos nada.

El número giró cola recomendándome que al día siguiente me pasara por el cuartel.

Lo hice, medio acojonado. Me hicieron pasar a una oficina con una mesa llena de papeles y un guardia que escribía a máquina con dos dedos. Éste me miró seriamente y sólo dijo:

- "Hay que cantar como Dios manda. "

Desde entonces estoy preocupado preguntándose si canto lo bastante bien.

Cuando Lluís iba a emprender su relato entró un compañero suyo. Dándome cuenta de que querían hablar de sus cosas me retiré cautelosamente hacia la chimenea. Raquel pasaba el trapo y ellos organizaban la próxima juerga: si sería una merienda, una cena o una merienda-cena, cuántos serían, qué harían, si comerían carne o pescado, qué vino, quién llevaría los postres, quien cocinaría...

Después de un buen rato pareció que quedaba todo aclarado. La juerga quedaba instaurada para el viernes de la semana siguiente, pasadas las cinco.

Cuando salían Lluís se gira y me dice:

- "Ven y trae la guitarra, acompanyaràs a Alejandro y te enseñarà."

Saliendo del bar me encaminé, esta vez hacia Levante, hacia la playa del Canadell, donde elegí un rincón resguardado y soleado, desenfundé la guitarra y toqué un rato.

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Sobre esta noticia

Autor:
Vicenç Macias (22 noticias)
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Reportaje
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