Globedia.com

×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Ergo Rodrerich escriba una noticia?

¿Quién me enseñó a leer?

04/07/2009 19:59 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Momentos únicos del aprendizaje de la lectura

Reconozco tres momentos importantes en mi proceso del aprendizaje de la lectura. Los enumeraré enseguida.

Primer momento. Por supuesto, fue la escuela primaria donde aprendí a leer, es decir, a transformar esos signos plasmados en los libros en sonidos que tenían un significado. Tuve muchos más maestros que sólo los seis, o menos, que normalmente cursan en la educación primaria. Esto porque nuestra escuela era experimental (estaba a un costado de la Normal de Ciudad Guzmán), donde los normalistas eran enviados en parvada a los salones a dar clases. Recuerdo que hubo una ocasión en que en un solo día estuvieron con nosotros unos seis maestros frente al grupo. Yo veía con suma admiración a aquellos que a cada momento hacían huelgas allá en su escuela y se ponían a jugar sin prejuicios con nosotros mientras allá al fondo los autobuses ardían.

Segundo momento. Los talleres de literatura, en especial el que tuvimos con Víctor Manuel Pazarín y Delenis Rodríguez. Ellos ya no solamente traducían el signo escrito en sonidos con significado, sino que exigían del autor del escrito el significado correcto para aquello que estaba escrito. Eso dejaba ver enormes y constantes errores (involuntarios o no, eso no importaba) entre muchos de los escritores que caían en nuestras manos. Claro que la finalidad última no era el descubrimiento de tal o cual limitación, antes bien, era lograr en nosotros una afinación en la puntería, por así decirlo, sobre las herramientas que utilizábamos para escribir.

Tercer momento. Les parecerá raro, pero mi tercer momento en el aprendizaje de la lectura no fue en terrenos literarios si no en los cinematográficos. Yo había venido, desde mi infancia, de un gusto por la lectura dominado por completo por sentimientos de placer. Leer una y otra vez a Rulfo era para mí un verdadero deleite, similar, disculpen la comparación, al de degustar los sabrosos tamales colados que hacía mi mamá. Un gusto superfluo sin que ello significara falso o hipócrita, realmente lo gocé como ninguna otra vez lo haría con ningún otro autor durante años. De repente un día cayó en mis manos la revista Dicine (y con ella una apreciación no literaria que debía ser leída). La revista me abrió los ojos en cuanto a la apreciación cinematográfica se refiere. Después de la reseña de las películas del momento venían feroces críticas (la mayoría de las veces) que mandaban al suelo cualquier encumbramiento que yo pudiera haber hecho de una película de Spielberg, digamos como ejemplo. Y eso me pareció toda una revelación, las películas no eran hechas por superdioses del celuloide, sino por seres humanos con las limitaciones de cualquiera.

En Dicine aprendí a leer ya no las palabras, sino las presencias de las imágenes. ¿Un lenguaje meta lingüistico? No me atreveré a la afirmación, pero sí a su cercanía. Gestos, movimientos y hasta los objetos (entonces lo supe) eran sugeridos y hasta determinados por el director, el creador de la obra cinematográfica. Éste quería decir algo y su lectura exigía una complicidad activa en mí que ya estaba definitivamente lejana a aquella visión meramente placentera o superficial que antaño hubiera provocado, digamos, El color púrpura. Esas decisiones aplicadas del director me llevaron a concluir que mediante esa intervención estaba controlando aquello que realizaba. Fue entonces que las películas dejaron de ser algo meramente entretenido y pasaron a ser algo así como una carta que el director me enviaba para ser descifrada por mí. Y en esa lectura, sabedora de dichas intenciones, veía ahora sí la película como una Obra, ya no más un producto, un “entretenimiento”.

Trasladada esta interpretación de la obra fílmica a la obra literaria me dejaba ver al escritor ya no como alguien que escribía, sino a alguien que tenía que hacerlo, una necesidad satisfecha en el papel y sus letras. Dejé definitivamente de ver cualquier obra artística como un ente independiente del autor, ahora veo cada una de ellas al autor que las moldea.

Toda lectura a partir de esos tres aprendizajes, podría ahora sí decirse, era mucho más comprensiva y profunda. Se dispersaron para siempre algunos fantasmas, pero el sentimiento de grandeza hacia algunos escritores tenía, ahora sí, una justificación fundada.


Sobre esta noticia

Autor:
Ergo Rodrerich (6 noticias)
Visitas:
7851
Tipo:
Opinión
Licencia:
Copyright autor
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Etiquetas

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.