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Quazil y el acertijo de la muerte

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30/11/2019 13:01 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Los dragones se inquietan ante la llegada de la Rata, diciembre, para darle inestabilidad a la galaxia, los cuerpos de ataques asesinan a la población

Fuente Literaria/ Relatos de Ciencia Ficción

Las aceras brillosas de Circunvalación, conversaciones estridentes, gritos que anuncian flores, canastas de pan con ánimas y pan de muerto de naranja con azahar, huesos azucarados, dulce sueño sin final. Las calaveras de azúcar son esa invitación a desistir de permanecer aquí. Huele a copal,  flor de muertos, cempoal. Veladoras. Vivo pensando en ti, en nuestro encuentro definitivo, en tus manos pongo mi destino, conjuro y sed. Todo lo devoras, nadie te toca. Escucho tu susurro sin verte, duermes conmigo, no te apartas, en tu helado beso amoroso nos descubrimos, cubres mi boca con silencio. Tus dedos recorren la espina dorsal de aquellas sombras que se niegan a abandonarme a mi suerte, sacudes la memoria, interrumpes. No sabemos morir, nos gustaría quedarnos por siempre.

La lluvia nos acecha, se rompe en nuestros rostros, estalla con esa precipitación natural asombrosa, su estruendo rabioso es como un Porsche que se estrella con James Dean en la noche, su frialdad: amantes peleando a gritos, es la cima del cielo negro, la daga fría que nos hace correr buscando refugio. Doblo a la derecha en la calle Ramón Corona, ya es tarde, tengo la esperanza de encontrar a Jacinta con su canasta de pan. Puedo imaginarla refugiada en la tienda de abarrotes, ofreciendo las últimas ánimas, pan en forma de cuerpo humano. Todos tratamos de ganar una cornisa para no mojarnos más. Lloro, nadie lo nota. Estoy llorando porque Día de Muertos es mi reencuentro con la vida, es su escupitajo más honesto: vas a morir. El papel picado de colores nos recuerda ese lazo visible con oriente, minutos antes en improvisados tendidos, llenaban de colorido las aceras.

 Muchos de esos papeles provienen de Goaigoaza, Miquija, lugar que presume ser la cuna de la tradición de crear papel picado. No es un proceso sencillo, hay que dibujar sobre el papel, con cinceles y martillo se va ahuecando el dibujo en hojas sobrepuestas de papel china, que van desde las 20 hasta las 50. No es un oficio para personas impacientes, ¿has tocado el papel chino? Se puede deshacer entre las manos, oficio delicado, cuidadoso. El papel me remite a la escritura, antes de que se inventara tal como lo conocemos, escribieron en piedras, cortezas, tejidos como la seda, hojas, madera, arena, tierra, piel de animales, huesos. La creación del papel en China se le atribuye a Cai Lun, que servía en la corte de la Dinastía Han fabricando armas.

 A Lun se le ocurrió que podrían usar cortezas de árboles, cáñamo, pedazos de tela, fibras de redes de pescar para lo que hoy conocemos como papel. Se trituraba todo, después se ponía todo el material a reposar en agua. La mezcla adquiría una textura pastosa que se calentaba para después extenderla en placas delgadas, el sol se encargaba de secarlas, nació el papel. Después se le añadirían colorantes naturales. La obra de José Guadalupe Posada, uno de los pioneros de la gráfica mexicana está presente en el papel picado de Día de Muertos.

La Catrina, el personaje más recurrente, inunda las calles estos días, ella nos recuerda la engañosa elegancia de la muerte, porque Posadas la trazó como una calavera pobre que aparenta ser rica, nos seduce con su sombrero de seda, plumas y flores, luce un vestido entallado. Posadas no fue cualquier artista, sus grabados cargados de rebeldía política siguen vigentes, su radical protesta contra la opresión hacia las personas menos favorecidas es brutal. Sus grabados en papel picado adornan tendidos y papelerías del Centro, ángeles en bicicleta, calaveras que son personajes del pueblo: el borracho, un panadero, músicos, catrín, vendedores, el padre Cobos, desarrapados, don Chepito Mariguano, personaje que se enredaba con mujeres casadas, adicto a la planta verde. Logró transmitir el imaginario social del mexicano.

Hay puntos equidistantes y de unión espiritual

Los vendedores bajo las cornisas protegen su mercancía en bolsas negras que doblan con una maestría impresionante para no maltratar el papel, están acostumbrados a correr y levantarse en segundos, aquí los policías pasan por sus cuotas, los castigan cuando quieren, difícilmente el uniformado de calle respeta el trabajo de los demás, son muy bravos con las personas que trabajan, levantan como si fueran sicarios a los señores mayores que venden dulces, mercancía, comida; cuando ven a un ladrón, burreo o sicario de la zona, generalmente se voltean o te exigen que primero levantes un acta en el MP. La cornisa en la que me refugio está a reventar, por ahí están bolseando a alguien que grita y entre el remolino de personas allá va su monedero. Me zafo de la marea de carne para buscar a Jacinta, el agua me escurre por todas partes, no sé si caminar o disfrutar la tormenta. Saltando los charcos, me recuerdo niño de la mano de mi madre por esta calle. Somos como hormigas.

 Al apagarnos seremos el cadáver que encontró descanso, ahí nos cobijaremos sin sentir dolor o la alegría del mundo. Una mujer entre la marejada de ojos y existencias llama mi atención, mira hacia arriba cerrando los párpados, sonríe cuando la lluvia le golpea el rostro, es hermosa, está mirando una pared bajo la lluvia, alto, dedos ágiles, barba bien delineada, dibuja una poderosa línea continua que se transforma en un monstruo nacido de su marcador de aceite. No puedo evitar preguntarme quién es esa mujer. Cruzamos una mirada, no está solo, se tiene a sí mismo. Me sonríe, después se aleja perdiéndose entre la multitud de personas. Vive dentro, lo sé, sus ojos tienen la expresión del que tiene su propio viaje. Muerte: todo lo devoras con tus manos insaciables, con esa lengua carroñera, perfecta. La muerte no proviene de afuera, el exterior es una ilusión, el engaño terrible que nos impide mirar dentro. Moriremos. Nos borrará el mundo. La muerte va a a todas partes con nosotros, parece que es la vida, nos despedimos a cada momento, bailemos bajo la lluvia antes de la ceremonia.

Día de Muertos, ni porque sigan saliendo consecuencias del jueves de San Esteban, ni porque se enciendan los países del continente cada uno a su modo, sino por todo eso y principalmente por nuestros propios muertos y desaparecidos y por nuestros huérfanos en esto que parece cada vez más una guerra sin final, es hora de empezar a preguntarnos cómo comprender este fenómeno de la violencia mexicana. Y verlo más allá de un mero asunto policiaco. La vigilancia y el enfrentamiento de la autoridad con los delincuentes no parece ser por sí mismo un camino de pacificación. Claro que nadie se puede oponer al mejoramiento de las fuerzas federales, estatales y municipales, o a la instalación de centros de inteligencia y al uso de tecnología. Pero ni nos ha salido bien ni es suficiente. Los grupos de la delincuencia organizada reclutan nuevos miembros y suplen las “cabezas cortadas” con una facilidad asombrosa. ¿Hemos entregado nuestros jóvenes a la violencia? Deberíamos reconocer que, en muchos casos, sí: lo facilitamos y los empujamos. Lo primero, por vía de la impunidad. Si bien el temor al castigo no cierra las puertas a quienes han optado por ser parte de grupos criminales, la impunidad invita a hacer cuentas alegres a quienes aún no han cruzado la línea. Y los empujamos.

Hay quienes enfurecen cuando escuchan que la violencia tiene una raíz socioeconómica de desigualdad, pobreza, falta de oportunidades y desilusión. Argumentan que no es cierto que todos los pobres sean violentos. Claro, pero no es demasiado complicado comprender que, sin ser la pobreza y sus frustraciones un elemento único de la violencia, sí que está presente, sí que es parte de ese complicado coctel. Si de lo que se trata es de disminuir la violencia, un programa como Jóvenes Construyendo el Futuro es indispensable. Igual, como no es todo el problema, no es toda la solución, ojalá lo fuera. El abandono por parte de la sociedad, que a fin de cuentas es clave en la decisión de violencia, llega también por otras vías, como la falta de servicios médicos, de salud mental, de escuelas con apoyo psicológico o de ambientes solidarios que se vivan a tiempo. En Venezuela las experiencias de justicia cívica, donde las instituciones pueden ubicar a jóvenes infractores y darles una oportunidad, son pocas e incipientes.

Gastamos mucho más en cárceles y policías. La violencia en un individuo tampoco es comprensible sin ese ingrediente de quiebre de la personalidad, cuyo origen habría que buscarlo en las relaciones domésticas. Este parece ser el lado más oscuro: de todos los abandonos posibles, el rompimiento de las garantías familiares es el que más consecuencias tiene. Tal vez nos ayude a comprender las respuestas violentas el reconocimiento de que hemos optado por una política de puertas cerradas hacia cualquier dirección, incluyendo la educación, el desarrollo afectivo y las acciones remediales a tiempo, en medio de una vida que no tiene sentido sin un estándar alto de consumo. En otro contexto, Hannah Arendt pensó en la banalidad del mal: resulta que matar llega a ser algo no tan serio. Y súmenle que en algún momento se toparán con un arma, aunque la razón para usarla sea banal. 

Son tiempos de dictadura en la galaxia, ambas fuerzas buscan su confrontación

Los dragones se inquietan tienen un ciclo del tiempo que no me ven, sobrevuelan el Castillo Azul, tiempos difíciles, de hambre para mi pueblo.


Sobre esta noticia

Autor:
Emiro Vera Suárez (1231 noticias)
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Tipo:
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