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Putin, aclamado por Kissinger como el hombre clave para el resurgir de Rusia en este ciclo

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27/11/2019 00:51 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

VP, es un presidente que ha reflejado su capacidad en la administración de poder

Asidero

La decadencia norteamericana actual no permite alguna perspectiva negativa, cuestión que el mismo Kissinger reconoce en páginas anteriores de “New Order”, pero que es la consecuencia de la creciente deslegitimación de los distintos gobiernos, instituciones multilaterales y estados a nivel mundial frente a los crecientes padecimientos que sufren la mayoría de las masas. En conclusión, no hay que ser un avezado geopolítico para darse cuenta que lo que trasunta el libro de Kissinger es la imagen de un mundo oscuro. Los iluminati le basta un teléfono para llenar su conciencia de pura fantasía

Debe quedar claro que el pensamiento de izquierda es burgués y oligarca, donde los mestizos y la negritud constituían los esclavos y siervos de un momento histórico. El “interés nacional” iguala los intereses antagónicos de las diversas clases en un país. Por eso el mismo, no sólo es utilizado para la competencia contra otros estados, sino que en función del “interés nacional” se reprime a las clases internas hostiles. En el caso de la corriente “idealista”, se esconde este interés nacional bajo una envoltura de valores universales, que ocultan el carácter de clase de sus acciones.

La misma se desarrolló fuertemente en Estados Unidos, debido a las excepcionales condiciones del mismo (su geografía, su historia), a comienzos del siglo XX. Como dice Trotsky,  “el imperialismo norteamericano es, por su esencia, despiadadamente rudo, depredatorio, en el pleno sentido de la palabra, y criminal. Pero debido a las condiciones especiales de su desarrollo, tiene la posibilidad de envolverse en la toga del pacifismo. No lo hace, de ningún modo, a la manera de los imperialistas advenedizos del Viejo Mundo. Gracias a las condiciones especiales del desarrollo de los Estados Unidos, de su burguesía y de su gobierno, esta máscara pacifista parece haberse adherido de tal modo al rostro imperialista que no se la puede arrancar”. (“Sobre Europa y Estados Unidos”).

Pero, el ex canciller ha ido más lejos y con Rusia se dejo cautivar por Vladimir Putin  ante las lógicas ideológicas del mundo globalizado..

El propio Putin nunca ha manifestado del todo cuál es su visión sobre los crímenes de Josef Stalin, y tampoco ha expresado ningún sentimiento. Sus condenas puntuales del estalinismo fueron superficiales y su homenaje a las víctimas de Stalin mínimo. En una de las escasas entrevistas en las que ha hablado de su pasado familiar, expresaba un especial afecto por su abuelo, a pesar del hecho (aunque daba la impresión de que en cierta forma era debido al hecho) de que había prestado sus servicios en el séquito de guardaespaldas de Vladimir Lenin primero y de Stalin después. En el caso de cualquier dirigente alemán, algo siquiera remotamente parecido en relación con un familiar que hubiese sido fervientemente leal a Hitler se habría considerado intolerable por la comunidad internacional. El homenaje público de Putin al fundador de la policía secreta soviética, su oposición oficial a la decisión de Ucrania de calificar como genocidio la hambruna masiva causada por la colectivización de Stalin y su resentimiento ante las conmemoraciones bálticas y polacas de los asesinatos masivos soviéticos mostraron su visión parcial del pasado de la URSS.

En los tiempos de la decadencia de la URSS, el KGB constituía la élite privilegiada, lo más poderoso y ambicioso que el sistema soviético era capaz de producir. Ya como presidente, Putin se rodeó en el Kremlin de licenciados procedentes de esa peculiar organización, los llamados siloviki. Se puede suponer que ese resentimiento en relación con el hundimiento de la URSS era especialmente intenso entre aquellos que todavía no habían alcanzado la cúspide del sistema reinante pero ya habían recibido un anticipo de sus beneficios. El deseo de cambiar completamente las consecuencias de ese hundimiento y restablecer la embriagadora sensación de poder estaba probablemente más extendido dentro de este grupo que en ningún otro antiguo grupo de funcionarios soviéticos

En primer lugar, conviene reflexionar brevemente sobre las pocas claves disponibles para entender las motivaciones de un hombre que, hay que admitir, en un plazo de ocho años logró estabilizar la economía de Rusia y devolver al país su orgullo nacional, en gran medida explotando políticamente las ganancias inesperadas de una creciente demanda internacional de los recursos energéticos rusos. Putin se ha ganado el apoyo general dentro de su país por haber terminado con el caos social que se desencadenó tras la caída de la Unión Soviética y la posterior privatización desordenada de las empresas de propiedad estatal, proceso que enriqueció de forma escandalosa a los “privatizadores” rusos más emprendedores, así como a algunos de sus “asesores” occidentales.

Muchos rusos se han sentido cautivados, como también los visitantes extranjeros y los entusiastas inversores extranjeros en potencia, por el nuevo resplandor de Moscú y el glamour devuelto a San Petersburgo. El renacer del orgullo nacional ruso es comprensible, dado el sentimiento de humillación generalizado tras la repentina caída de la URSS y la desconcertante identificación de los años de Boris Yeltsin con la anarquía y el capitalismo voraz. Muchos rusos han obtenido una satisfacción personal de la grandilocuencia general de Putin, y se han sentido impresionados por la vuelta del Kremlin a la pompa ceremonial de los tiempos de los grandes zares. Gracias a la televisión, los rusos son ahora invitados habituales en el Kremlin, mientras las trompetas resuenan y los guardias vestidos con trajes teatrales abren con grandiosidad las enormes puertas de un vestíbulo dorado en el que se coloca la élite rusa, haciendo reverencias a los lados de una larga alfombra roja mientras el presidente entra dando grandes zancadas con el andar cuidado de un atleta.

Es evidente que la restauración del poder y el prestigio rusos era primordial para Putin desde el principio. Sin embargo, eso sigue sin explicar cómo debían definirse ese poder y ese prestigio, qué creencias básicas motivaban la búsqueda de Putin, qué valores debía representar Rusia según él y con qué actitud debía el país contemplar su pasado reciente. El propio Putin nunca ha hablado de forma explícita sobre sus motivaciones. Por ello, sólo unas pistas escasas y esporádicas, además de sopesar las consecuencias tangibles de su política, pueden servir de base para hacer algunas conjeturas en relación con los impulsos personales que le han movido y le mueven.

¿Cómo juzgará la historia el legado del hombre sobre el que una vez un presidente de Estados Unidos proclamó que era su compañero del alma y al que una reina británica homenajeó con una cena solemne en el palacio de Buckingham; por quien un presidente francés pretendía transformar una reunión exclusiva para miembros de la OTAN en una fiesta de cumpleaños (sin consultarlo con los anfitriones de la reunión, celebrada en Letonia); que fue capaz de comprar la colaboración comercial de un antiguo canciller alemán y ante quien un antiguo primer ministro italiano prácticamente se puso de rodillas? La adulación de la prensa occidental impulsó la meteórica ascensión de Putin como celebridad mundial hasta un nivel sin precedentes para cualquier líder ruso de la historia, superando incluso las atenciones que en su día le dispensaron al zar Alejandro I,  las damas que lo idolatraban a su paso por los salones de Londres, París y Viena después de la derrota de Napoleón.

Parte de la respuesta a esa pregunta reside en los efectos negativos a largo plazo que las decisiones de Putin, probablemente tendrán para el sistema político, la economía y las perspectivas geopolíticas de Rusia, a pesar de su aparente éxito a corto plazo. Otra parte de la respuesta requiere también comparar más detenidamente las situaciones que están empezando a darse en Rusia como consecuencia de las políticas de Putin con lo que podría haber sido el fruto alternativo de su presidencia, teniendo en cuenta la compleja realidad de Rusia a comienzos de 2000, cuando fue designado a dedo para la presidencia por el preocupado séquito de su achacoso predecesor. El resultado de la comparación entre lo que está surgiendo y lo que podría haber sucedido puede proporcionar una base para una valoración histórica más rigurosa.

América Latina se abre al corazón de los soviéticos

Tal vez lo más revelador haya sido el comentario que Putin hizo públicamente en 2005 durante su discurso anual ante la asamblea federal rusa. Sin muchos circunloquios, declaró, casi como si fuese una verdad evidente, que la desintegración de la URSS era “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. No era una declaración casual y tal afirmación le distinguía claramente de sus dos predecesores inmediatos, que habían alabado el desmantelamiento pacífico del imperio soviético como una victoria del pueblo ruso en su camino hacia la democracia. Aunque en el transcurso de un solo siglo su nación había vivido dos guerras mundiales extraordinariamente sangrientas y devastadoras, así como los estragos causados por el terror comunista y el gulag, Putin daba muestras de su preocupación por devolver a Moscú su categoría de potencial mundial.

La extraordinaria afirmación indicaba también que podría haber un significado más profundo en lo que, en principio, parecía simplemente un gesto jocoso: el extraño saludo que hizo Putin a sus antiguos superiores del KGB durante la celebración anual, en diciembre de 2000, del día de los Chequistas, en honor al servicio de seguridad conocido como Cheka, NKVD o KGB. Aunque aparecía en su tristemente conocido cuartel general de Liublianka como presidente de Rusia, Putin actuó como si todavía fuese un funcionario, saludando a sus antiguos comandantes y notificándoles de forma misteriosa: “Orden número uno, conseguir el poder absoluto, cumplida”. ¿Podría ser esto una referencia indirecta al objetivo que quizá se habían fijado algunos jóvenes funcionarios del KGB muy motivados, Putin entre ellos, que se sentían desplazados e indignados por el quejumbroso derrumbamiento del poder soviético?

Además, la forma particularmente envenenada en que Putin se enfrentó al reto checheno inmediatamente después de asumir el mando, incluida su vulgar referencia en público al lugar donde los miembros de la resistencia chechena deberían morir, da la impresión de un dirigente que, desde el principio, se había marcado a sí mismo el objetivo no sólo de poner fin a la crisis postsoviética, sino también restablecer el poder intimidatorio de la era soviética. Putin rechazó categóricamente varios intentos por parte de chechenos más moderados y de algunos mediadores extranjeros para encontrar una fórmula de compromiso que permitiera un acuerdo pacífico basado en una mayor autonomía. En cualquier caso, la guerra constante durante años para reprimir a los chechenos, en la que probablemente murieron más de 100.000 personas, tuvo dos consecuencias inmediatas pero significativas en el sistema. Consolidó y rehabilitó el debilitado y desmoralizado sistema de seguridad soviético al crear una base para la dominación política del Kremlin por parte de los siloviki, y canalizó el nacionalismo ruso hacia una xenofobia no democrática.

Una clave más proviene de la evidente disposición personal de Putin respecto al oligarca ruso que ha tenido la temeridad de reclamar que la línea que separa los sectores político y económico de la Rusia postsoviética no vuelva a hacerse borrosa. Cualesquiera que fuesen las transgresiones de Mijail Jodorkovski durante las privatizaciones de “supervivencia de los más ricos” que se produjeron en la época de Yeltsin, con el cambio de siglo Jodorkovski y su compañía petrolera, Yukos, habían llegado a identificarse con un sistema económico parecido a un mercado libre occidental. Al mismo tiempo, el papel cada vez más activo de la oligarquía dentro y fuera de Rusia en nombre de un activismo prodemocrático con patrocinio privado implicaba una concepción de pluralismo político que era ajeno a las ideas más tradicionales de Putin sobre la restablecida Rusia

Con ciertas reminiscencias del rimbombante estilo del fascismo, pero vacías de contenido ideológico, lo cierto es que las contribuciones retóricas de Putin no reflejan ningún punto de vista exhaustivo de lo que el Estado, la economía y la sociedad rusos deberían llegar a ser. La exaltación nacionalista del pasado y las vagas referencias a una “democracia soberana” no proporcionan una orientación respecto al futuro de Rusia. Putin se ha centrado en los logros a corto plazo y es digno de mención su hincapié en el orgullo, el poder, la categoría global y el progreso económico, pero no ha recurrido a ningún diseño doctrinal mayor. Consolidar el Estado y maximizar su riqueza, al tiempo que se vilipendia a sus enemigos nacionales o extranjeros, han sido durante su presidencia y ahora como primer ministro sus temas dominantes. Como símbolo político, ya sea en carteles o en sus apariciones televisadas, personaliza el triunfo de la voluntad.

En cualquier caso, su control efectivo sobre el poder político del Estado y sus activos financieros, así como una opinión pública desorientada, han hecho posible que Putin tome decisiones que, al acumularse, empujan a Rusia en tres direcciones básicas: políticamente, hacia un autoritarismo de Estado cada vez más represivo; económicamente, a favor de un estatismo corporativo centralizado; e internacionalmente, hacia una postura más explícitamente revisionista. Cada una es un reflejo no sólo de la predisposición personal de Putin, sino también de los intereses compartidos con una élite de ideas similares. Sin embargo, cada una representa, a largo plazo, peligros para el futuro de Rusia. Una valoración crítica del rumbo marcado por Putin requiere preguntarse si había otras alternativas prácticas a más largo plazo, distintas de las que él ha elegido para Rusia.

En lo personal, creo que Putin es la clave para solucionar los problemas en la nueva Rusia.

Hay que reconocer que Rusia estaba sumida en el caos socioeconómico, cuando Putin asumió el poder. Al contrario de lo que proclaman quienes hacen apología de Putin, el fin de ese desorden socioeconómico no se consiguió de forma específica ni acumulativa por el despiadado aplastamiento de los chechenos; el espectáculo del juicio de Jodorkovsky y la expropiación de sus posesiones; la subordinación progresiva de la televisión y la radio al control político; la imposición, paso a paso, de un control fuertemente centralizado sobre regiones rusas socioeconómicamente diferentes; la manipulación del proceso electoral; la creciente injerencia del Estado en el funcionamiento de ONG con la excusa de que amenazan la independencia de Rusia; la creación de partidos políticos financiados por el Estado que acceden de forma privilegiada a los medios de comunicación; la confianza en las medidas políticas para limitar la actividad de los partidos de la oposición; el movimiento juvenil nacionalista Nashi, entregado a la causa del propio Putin; o la propagación deliberada a través de medios controlados por el Estado de contenidos xenófobos con el fin de promover la “unidad nacional”. Todo lo anterior culminó con la manipulación descarada de la Constitución, que cuando se adoptó fue bienvenida como la confirmación de la entrada de Rusia en la comunidad de las naciones democráticas.

El mundo muestra una convergencia de protestas sociales, que dan marco a las que tienen lugar en América Latina. Las que se realizan semanalmente en Honk Kong no cesan y por el contrario se intensifican, pese a las amenazas que públicamente ha expresado en Presidente Xi. En Irak la población salió a las calles reclamando contra el desempleo, la corrupción y la falta de servicios públicos. En el Líbano, las protestas apuntan contra la situación económica y el desempleo, reclamando también mayor democracia y cambios en la política económica. En Argelia las protestas de los viernes por más democracia se prolongan desde hace meses y Egipto las ha comenzado a tener contra el gobierno del presidente Sissi. 

Pienso que la pérdida del valor del patriotismo ha sido una de las razones principales de la crisis de las élites sureñas y recuperarla, es fundamental para que se recompongan tanto en sí mismas, como respecto a sus pueblos. Sostiene Santibañez que los países necesitan tener élites y confiar en ellas. La crisis del liberalismo y el surgimiento como alternativa del conservadurismo popular que plantea es de valor para enaltecer las fundamentaciones políticas.

Putin, es un gran patriota y gobierna por cuarta vez.


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Emiro Vera Suárez (1231 noticias)
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