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Una propuesta valiente e inclusiva

07/03/2018 18:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

De no abordarse de forma radical y desde la perspectiva de un cambio cultural, será imposible implantar la igualdad en el idioma

Ya es hora de que abordemos decididamente la obligación de, y pongamos los medios para, producir el necesario cambio cultural que erradique la discriminación de género y la invisibilidad de la mujer en el lenguaje.

Desde hace ya algunos años se ha venido desencadenando una campaña con múltiples facetas cuya finalidad básica era eliminar el “masculinismo” generalizado en el lenguaje y, como consecuencia inevitable, en la cultura, en el ámbito mundial en general, y, específicamente, en la cultura española.

Hace ya años, desde el principio de la Transición política en España, allá por los años 70 del pasado siglo, se establecieron vivos y apasionados debates en torno a la utilización, y posterior acuñación en muchos casos, de palabras como "médica", "arquitecta", "ingeniera", "jueza", etc.

Esta campaña, promovida, propiciada y desarrollada por diferentes sectores de nuestra sociedad se ha concretado, en buena parte en nuestros días, en explicitar el género femenino en la forma de expresión oral, fundamentalmente en intervenciones en ámbitos públicos.

Se trata de la proliferación de las conocidas expresiones: “amigos y amigas”, “diputados y diputadas”, “todos y todas”, etc.

Lo anterior, ciertamente, ha llamado la atención sobre la deriva ancestral e histórica del español y otras lenguas del mismo origen hacia la preeminencia de las denominaciones masculinas.

Sin embargo, estas formas de proceder, además de incorporar una clara ineficiencia al idioma, no terminan de resolver el problema. En efecto, en determinados contextos se utilizan las coletillas “XXXos” y “XXXas”, lo que, sobre resultar tedioso, suele mover a hilaridad al público en muchas ocasiones. Esta hilaridad no se expresa abierta y libremente en la mayoría de las situaciones porque sería, sin duda, considerada como una actitud políticamente incorrecta que, además, puede ser causa de que el protagonista de la risa sea tachado de machista o, como mínimo, de insensible al problema de la discriminación de género.

Cabría, por supuesto, la opción de introducir un nuevo símbolo como el conocido “arroba”: @, popularizado desde la irrupción de Internet, pero parece poco razonable, no solo por ser un signo extraño a nuestro alfabeto cuya fonética no está definida, sino también por presentar un cierto sesgo de género ya que evoca a una “a” englobada en, o subordinada a, una “o”.

De todas formas, lo anterior no resuelve el problema pues el empeño en poner de manifiesto la dualidad de géneros no hace sino consolidar la percepción de esa diferenciación. Además, por traición del inconsciente, supongo, normalmente se suele utilizar la denominación masculina primero y, en segundo lugar, la femenina. Por otra parte, aun suponiendo que esa forma de actuar se generalizase y normalizase, es decir, que se incorporase a la cultura lingüística, no dejaría de mantener un elevado nivel de discriminación respecto a otras opciones de orientación sexual o de género, me refiero, como es evidente, al amplio espectro abarcado por las realidades LGTBI. Parece complicado, e incluso rayano en lo imposible, encontrar terminaciones diferentes para cada una de esas sensibilidades, con lo que estaríamos manteniendo, si no creando, la discriminación lingüística hacia esas orientaciones.

Por todo ello, es necesario buscar una solución radical que sea verdaderamente incluyente e integradora de todas las realidades de género y que se inserte en el sustrato cultural y no solo en el lingüístico o en la forma de expresión oral en público.

Para ello se propone una solución verdaderamente audaz: adaptemos el idioma convirtiéndole en vehículo de inclusión; adaptémosle de forma que se centre en las personas y no ponga el foco en su género o, lo que sería aún peor, en su orientación o sensibilidad en materia sexual.

Utilicemos la “i” como vocal final de todas las palabras en español que sean sustantivo, adjetivo, artículo, pronombre y ciertos adverbios, si esa vocal final es ahora "a", "e" u "o"

La propuesta es elemental, aunque no simple, de fácil comprensión por todos los ciudadanos y de sencillísima puesta en práctica. Abolamos el masculino y el femenino de forma radical en todos los sustantivos, adjetivos, artículos, pronombres y algunos adverbios del diccionario: hagamos, a partir de ahora, que todas esas palabras terminen en la misma vocal. Esta vocal debería de ser la “i” o la “u”, ya que la “a” y la “o” tienen evidentes connotaciones sexistas y, en muchas ocasiones, al menos en castellano, también la “e”.

Los accidentes gramaticales dejarán de ser género número y caso para pasar a ser solo número y caso. En muchas lenguas del mundo no aparece el género.

Por lo anterior, la propuesta se decanta por utilizar una de las vocales existentes. A la hora de elegir entre la “i” y la “u” parece de más sencilla pronunciación la “i”, que, además de ofrecer una sonoridad agradable, evoca al idioma italiano del que el español es hermano por derivar ambos del latín.

En resumen, la propuesta es que utilicemos la “i” como vocal final de todas las palabras en idioma español cuya naturaleza sea la de sustantivo, adjetivo, artículo, pronombre y ciertos adverbios, siempre que esa vocal final sea ahora una “a”, una “e” o una “o”.

Aplicando este criterio a la frase anterior tendríamos el siguiente resultado: En resumin, li propuesti es que utilicemos li “i” como vocil il finil de todis lis palabris en idiomi españil cuyi naturalezi sea li de sustantivi, adjetivi, articuli, pronombri y ciertis adverbiis, siempre que esi vocil finil sea ahora uni “a”, uni “e” o uni “o”.

El resultado es naturalmente chocante por su novedad, pero objetivamente es aceptable y de fácil asimilación por el uso.

En definitiva, resolvamos el problema de la discriminación de género abordándolo desde su raíz, es decir desde el sustrato cultural del idioma. De esta forma, en una generación o menos se habría producido ese cambio cultural y se habría erradicado la desigualdad de género de la memoria colectiva.

En definitivi, resolvamos il problemi de li discriminaciín de géneri abordando il problemi desde su raíz es decir desde il sustrati cultural dil idiomi. De esti formi en uni generaciín o menos se habría producido esi cambii culturil y estaría erradicadi li desigualdid de géneri de li memorii colectivi.

Sin ninguna duda, se trata de una postura atrevida y valiente pues la propuesta podría ser considerada como extravagante, si no delirante, por las personas más conservadoras y menos imaginativas, pero de no abordarse de forma radical y desde la perspectiva de un cambio cultural, será imposible implantar la igualdad en el idioma.

Para terminar, una breve reflexión sobre la denominación “portavoza” utilizada por una portavoz parlamentaria recientemente. Se trata de un ejercicio de denuncia del "masculinismo" implícito en el lenguaje español y su uso, sin duda, pero pone de manifiesto la situación patética generada con este tipo de prácticas.

En este caso, la palabra “oficial” es portavoz, que carece de género, y el género se le otorga anteponiendo el artículo el o la, según se trate de un hombre o una mujer. Por otro lado, la palabra voz, de la que deriva portavoz es, aunque contenga una “o”, de género femenino, así que es una redundancia que bordea el ridículo querer dotar de género a la palabra añadiéndole una “a” al final.

En todo caso, en la línea de llevar las cosas al último límite, sería más lógico decir portavaz o bien denominar portavozo al hombre que ejerce la función de portavoz. Con la propuesta que se plantea en este artículo podríamos decir li portavoz o li portaviz o li portavozi, e, incluso, il o li portavici, aunque la solución más elegante sería probablemente la primera, pues, como ya se ha dicho, portavoz es una palabra sin género.

Busquemos una solución radical que sea verdaderamente integradora de todas las realidades de género y que se inserte en el sustrato cultural y no solo en el lingüístico


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