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Los progresos de la metereología en la paz y en la guerra. La predicción del tiempo antes de los satélites

25/06/2015 13:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Aún hoy día los boletines del tiempo siendo más precisos que hace 25 años tienen agujeros negros porque el hombre del tiempo comete errores personales. Pero ha llegado a ser la predicción una ciencia muy útil para el hombre y su futuro

Desde el nacimiento mismo de la humanidad el hombre sobre la tierra ha tratado de averiguar la evolución del tiempo. Al fin y al cabo, las lluvias, el viento, el calor o el frío han condicionado, y seguían y siguen condicionando, nuestra vida. Las predicciones del tiempo tienen una importancia capital para nuestro devenir cotidiano: condicionan el trabajo de millones de personas (de los conductores de las máquinas quitanieves, a los agricultores, o al hombre de mar), limitan nuestra capacidad de transporte y han sido decisivas en la toma de decisiones militares en la guerra. No es de extrañar, por tanto, que la meteorología sea una de las ciencias más antiguas de la humanidad, pero cae sobre ella una eterna losa.

Que se han logrado enormes avances tecnológicos logrados a lo largo del tiempo como el del físico italiano Evangelista Torricelli quien en 1643 inventó el barómetro, aparato sencillo que mide la presión atmosférica. Pronto se observó que dicha presión sube y baja cuando cambian las condiciones del tiempo, y que un descenso de presión significa por lo general que se está formando una  tormenta. El higrómetro, que mide la humedad atmosférica, se inventó en 1664. Y en 1714, el físico alemán Daniel Fahrenheit creó el termómetro de mercurio. Por fin podía medirse la temperatura con precisión.

Hacia 1765, el científico francés Antoine-Laurent Lavoisier propuso que se midiera a diario la presión atmosférica, la humedad, y la velocidad y dirección del viento. “Con estos datos —dijo él— se podrá casi siempre predecir el tiempo con uno o dos días de antelación y bastante precisión.” Lamentablemente, tal empresa no fue nada fácil.

La observación del tiempo tiene una historia muy complicada que no acaba sino empezar

En 1854, una fuerte tormenta cerca del puerto de Balaklava (Crimea) hundió un buque de guerra francés y 38 barcos mercantes. Las autoridades francesas pidieron a Urbain-Jean-Joseph Le Verrier, director del Observatorio de París, que se encargara de investigar lo ocurrido. Al examinar los registros meteorológicos, descubrió que una tormenta se estaba formando dos días antes del desastre y había atravesado Europa de noroeste a sudeste. Si hubiera existido la norma de observar la trayectoria de las tormentas, se habría podido evitar el desastre. Por ello, Francia creó un servicio nacional de aviso de tormentas. Había nacido la meteorología moderna.

Los científicos necesitaban un medio rápido de recepción de datos sobre el estado del tiempo en otros lugares. Y el telégrafo eléctrico, que acababa de inventar Samuel Morse, satisfizo esa necesidad e hizo posible que, en 1863, el Observatorio de París empezara a publicar los primeros mapas meteorológicos en un formato moderno. En 1872, el Departamento Meteorológico Británico ya los confeccionaba.

Cuantos más datos recibían los meteorólogos, más conscientes eran de la enorme complejidad de los fenómenos atmosféricos. Se idearon nuevos instrumentos gráficos para que los mapas pudieran transmitir información adicional. Las isobaras, por ejemplo, son líneas que unen los puntos que tienen la misma presión barométrica. Las isotermas conectan los lugares que tienen la misma temperatura. Los mapas meteorológicos pronto empleaban símbolos para mostrar la fuerza y dirección del viento, junto con líneas que representaban el encuentro de masas de aire frío y de aire cálido.

También se estaba gestando un gran avance tecnológico. En medio siglo nacieron centenares de estaciones meteorológicas en todo el mundo que luego lanzaban globos con radiosondas: instrumentos que medían las condiciones atmosféricas y luego enviaban la información por radio. Luego, se inventó el radar, el cual permitía a los meteorólogos seguir la trayectoria de las tormentas, gracias a que las gotas de agua y las partículas de hielo de las nubes reflejan las ondas de radio

 

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Con todo, la meteorología sigue siendo una de las especialidades más imprecisas. Aún hoy, seguimos siendo incapaces de saber con exactitud el tiempo que hará pasado mañana, y no digamos dentro de una semana. ¿Por qué, pese a los enormes adelantos citados el hombre del tiempo sigue equivocándose? Es la pregunta que han tratado de contestar un equipo de investigadores de la Universidad de Tel Aviv, dirigido por el profesor Pinhas Alpert, antiguo jefe de la unidad meteorológica militar.

Los errores los causan siempre los mismos fenómenos

“Teniendo en cuenta mi experiencia en la predicción meteorológica, los errores en los partes del tiempo llevan preocupándo muchísimo tiempo”, reconoce Alpert en la nota de presentación de su estudio. “Desde que entré en la universidad en 1982, he estado buscando una forma de cuantificar los factores dominantes que causan errores en las predicciones meteorológicas. Hasta ahora, no ha habido un análisis exhaustivo de estos. Se habían estudiado separadamente, pero no combinados. He decido cuantificar y jerarquizar estos factores para las diferentes regiones, ofreciendo una información muy valiosa para la comunidad científica”.

Los investigadores han identificado una serie de factores que afectan por igual a la imprecisión de las predicciones meteorológicas en todas las regiones del mundo.

El trabajo de Alpert y sus colegas, que se ha publicado en la revista Land(Tierra), analiza los datos recogidos entre 1979 y 1993 en decenas de miles de estaciones meteorológicas y las relaciona con los errores en las predicciones, cuantificando las causas –naturales y humanas– de estos fallos.

Los investigadores han indentificado una serie de factores que afectan por igual a la imprecisión de las predicciones meteorológicas en todas las regiones analizadas (que incluyen Europa, África del Norte, el Mediterráneo, Asia y Asia del Este). Los factores dominantes que enturbian los partes son:

-Cambios en el uso de la tierra.

-Cambios en la topografía.

-Cambios en la composición de las partículas de la atmósfera.

-Alteraciones en la densidad de población.

-La polución.

-Los fertilizantes no naturales.

“Por ejemplo, cuando Ia tubería de las aguas nacionales cruzó el norte del Néguev el desierto situado al sur de Israel, en junio de 1964, cambió la configuración del terreno”, explica Alpert. “Después de un periodo relativamente corto de tiempo, el desierto empezó a florecer, lo que afectó a la generación de nubes, las precipitaciones y la temperatura. Lo mismo que cambiaron ciertas orillas del Nilo, y aumentaron las inundaciones, con la construcción de la represa de Assuan, en Egipto.

Los investigadores de mucha universidades dedican sus 24 horas al tiempo no solo de mañana sino de meses

Es difícil para los meteorólogos incorporar en sus datos a tener en cuenta diariamente cambios como estos. Por ejemplo, el sencillo cambio en la cubierta vegetal alteró por completo el clima del norte del Neguev, y desbordamientos de Assuan generaron otros y  los modelos de predicción existentes tuvieron dificultades para adaptarse a ello, lo que condujo a predicciones erróneas”.

Los factores identificados por los científicos son críticos en todas las regiones, pero en algunos lugares son determinantes. Los investigadores han calificado las variables en tres grupos (oro, plata y bronce) en función de su importancia a la hora de alterar las predicciones meteorológicas. El profesor Alpert cree que su clasificación será muy útil para los meteorólogos, que podrán crear modelos de predicción más precisos. Estos modelos van mejorándose sobre la serie histórica, pero no tienen en cuenta las alteraciones descritas por Alpert que, ahora, podrán incorporarse a las predicciones para hacerlas más precisas.

La predicción del tiempo en el día-D, el desembarco aliado en Normandía en la II Guerra Mundial

El general Eisenhower y sus consejeros pasaron mucho tiempo pensando cuál era el día perfecto para invadir la costa de Normandía y liberar a Francia de las garras de Hitler, que tenía toda Europa ocupada desde 1940. Las variables a tener en cuenta para realizar el desembarco en las mejores condiciones eran muy numerosas, y no sólo en lo que respecta a los planes de los alemanes, también en lo relativo al tiempo atmosférico. Su intención era programar los desembarcos en las playas  poco antes del amanecer, a medio camino entre la marea baja y la alta, pero con esta subiendo, y en un día de luna llena.

Tras numerosas discusiones creyeron haber encontrado el día perfecto. A las cuatro de la madrugada del 5 junio de 1944 todo estaba preparado para ejecutar la Operación Overlord, que supondría la estocada definitiva al Tercer Reich: unos 150.000 hombres con 30.000 vehículos –en su mayoría de los ejércitos británico y norteamericano– esperaban la orden para cruzar el Canal de la Mancha y lanzarse sobre las tropas nazis.

Pero el desembarco de Normandía (del que se han cumplido 71 años) tuvo que esperar un día más. Harold Checketts, un experto meteorólogo de la Armada británica, que trabajaba bajo las órdenes del capitán James Martin Stagg, meteorólogo jefe de la Royal Air Force, dio la voz de alarma: el viento era demasiado fuerte y las nubes estaban demasiado bajas para asegurar el éxito de la invasión. Pero su parte  esperanzadora era que en 24 horas, la situación iba a calmarse.

Una decisión muy compleja y Eisenhower se planteó retrasar la invasión dos semanas, entre el 18 y 20 de junio, cuando volvía a cumplirse la combinación de mareas necesarias (aunque sin luna llena). Pero al final se confió en los meteorólogos británicos y retrasó la invasión para el día siguiente, decisión que salvó al ejército aliado, pues entre el 19 y 22 de junio estalló una tormenta imposible de prever que habría dado al traste con sus planes.

“Todos nos dimos cuenta de que el tiempo y el estado de la mar en las playas era un asunto de vida y muerte para las tropas que se acercaran al territorio enemigo”, explicó Checketts en sus memorias. “Nuestro objetivo era reducir los riesgos en la medida de lo posible”. Y lo lograron. Aunque cuando cayó la noche el seis de junio habían muerto 9.000 soldados aliados, más de 100.000 lograron llegar a tierra y tomar las aldeas costeras francesas.

Numerosos comandantes de la Whermacht habían dejado sus puestos en Normandía para participar en unas maniobras en Rennes, pensando que, con tal mal tiempo, los aliados no iban a atreverse al desembarco.

Acertar con el parte meteorológico no fue tarea fácil. En aquella época no había satélites, no había LIDAR (una tecnología que permite determinar la distancia desde un emisor láser a un objeto o superficie), y el radar estaba en pañales. La meteorología misma apenas había comenzado su recorrido como ciencia para la guerra.

Pero además, Stagg y Checketts tuvieron que lidiar con otro problema. El meteorólogo jefe de la American Air Force, Irving P. Krick, insistió hasta el final en que el tiempo de la madrugada del 5 de junio era perfecto para la invasión y no merecía la pena retrasarla. Pero, por suerte, no convenció al Alto Mando.  Como explica John Ross en su libro The Forecast of D-Day, “esa era la noche en la que Ike, basándose en el parte del equipo de Stagg, decidió retrasar la invasión. Si hubiera dado por bueno el consejo de Krick, la invasión se habría realizado con la mar revuelta, muchísimo viento y espesas nubes. Estoy seguro de que habría sido un fracaso”.

La torpeza de los meteorólogos nazis también jugó a favor de los aliados. Dado que los alemanes no contaban con estaciones meteorológicas en el Atlántico, no pudieron prever que la madrugada del 6 de junio los vientos iban a calmarse. Los hombres del tiempo de la Luftwaffe, que tenían su cuartel en París, habían predicho otras dos semanas más de tiempo tormentoso, por lo que no esperaban ningún tipo de invasión esos días.

Harold Checketts y Jean Farren, la pareja de meteorólogos que logró acertar con el parte. “Fue un trabajo razonablemente bien hecho”

Harold Checketts, tiene hoy 94 años y vive en una residencia de ancianos en Disley (Reino Unido). Según el periódico The Guardian, aún se acuerda perfectamente del día de la invasión. Sólo unas horas antes de que las tropas aliadas desembarcaran en las costas francesas, en la noche del 5 de junio, Checketts acudió con su mujer, Jean Farren –también meteoróloga–, a una fiesta de cumpleaños. Los invitados no estaban especialmente alegres, pues sabían que la invasión del territorio francés era inminente y había demasiado nerviosismo en la fiesta. Pero sólo Checketts y su mujer conocían que la operación se iba a llevar a cabo esa misma madrugada. “Sabíamos exactamente lo que  hacíamos y estábamos conscientes de lo que significaba”, ha reconocido Checketts a The Guardian, 71 años después. “Estoy muy orgulloso de haber estado en el centro de la operación”. Pero no se considera un héroe. “Fue un trabajo bien hecho”, explica. “Esto es todo”

 

 

 

 

 

 


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