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El príncipe de Nicola Maquiavelo

04/05/2010 03:53 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El autor italiano, Borgia es el modelo de príncipe que sabe cómo mantener su poder e incrementarlo. Los postulados de Maquiavelo a favor de un ejercicio frío y despiadado del poder le han dado mala fama

Por la mañana temprano en Cesena, una ciudad italiana de la región de Emilia-Romagna, la plaza del mercado está tranquila bajo el cálido sol. Pero en el centro de la plaza, un espectáculo terrible se ofrece a los ojos de los ciudadanos. Allí yace muerto el antiguo gobernador Remirro De Orco. Junto a él, un cuchillo ensangrentado con el que han cortado su cuerpo en dos.

Esta acción ha sido ordenada por el duque de la región de Romagna: César Borgia. Él había nombrado a De Orco como gobernador en un momento en el que el ducado resultaba prácticamente ingobernable a causa de los levantamientos populares. De Orco había conseguido reestablecer la paz y el orden en muy poco tiempo, si bien de una forma tan brutal como para atraer sobre sí el odio de toda la población. Borgia había advertido, entonces, que el pueblo pronto comenzaría a detestarlo tanto como a De Orco, a menos que lograra deshacerse de él. Y quiso que la acción sirviera de ejemplo: hizo asesinar a De Orco pública y espantosamente. Esta muerte impresionó a la población, que reaccionó con una mezcla de desagravio y reverencia por Borgia.

Maquiavelo recoge este episodio como paradigma de la actuación política. Para el autor italiano, Borgia es el modelo de príncipe que sabe cómo mantener su poder e incrementarlo. Los postulados de Maquiavelo a favor de un ejercicio frío y despiadado del poder le han dado mala fama. El florentino es, hasta nuestros días, sinónimo de la más absoluta falta de moral. Su nombre va unido a conceptos como frialdad de cálculo, cinismo y conductas carentes del menor escrúpulo. En Estados Unidos, los candidatos a entrar en una unidad de élite- tras pasar semanas sometidos a diversas pruebas de aptitud- deben redactar un informe sobre el sentido de El príncipe. En el teatro isabelino, un "maquiavélico" suponía la encarnación suprema de un bellaco cuya maldad era imposible de superar. Sin embargo, se malinterpreta a Maquiavelo cuando se afirma que ensalza la tiranía y el modelo político desalmado.

Para Maquiavelo la política nada tiene que ver con la moral. Un buen soberano debe ser capaz de actuar como una mala persona. La revolución que Maquiavelo provocó en el pensamiento político se debe a su máxima de que los Estados precisan soberanos fuertes que puedan garantizar la paz, la seguridad y el bien público. Extrajo esta enseñanza en los años en que estuvo al servicio del gobierno de la República de Florencia. Allí tuvo la oportunidad de conocer a los hombres más poderosos de Italia. Pudo observar el gobierno de cerca. En una época de continuos desórdenes políticos, Maquiavelo reflexionó sobre la fórmula para mantener un poder estable, y pensó que toda acción política debe estar dirigida a la conquista y la conservación del poder.

Una de las primeras lecciones que debe aprender un príncipe es que no ha de ser bondadoso si la situación así lo exige. La conclusión de Maquiavelo era pesimista: actuar de manera inmoral es necesario con mucho más frecuencia que lo contrario. "Es preciso entender- escribió, provocando la consternación de sus contemporáneos- que un príncipe, al menos el que acceda por primera vez al poder, no debe proceder de acuerdo con lo que la gente considera correcto porque en muchas ocasiones se verá obligado- a fin de asegurar su poder- a actuar en contra de la fidelidad, la misericordia, la compasión y la religión".

La conclusión de Maquiavelo era pesimista: actuar de manera inmoral es necesario con mucho más frecuencia que lo contrario

En lugar de las virtudes cardinales que la tradición atribuye a un regente, esto es, sabiduría, equidad, valor y templanza, Maquiavelo propone la virtú del príncipe, concepto con el que se refiere a una mixtura de pragmatismo, cálculo y realismo. Un príncipe no debe preocuparse por su predicamento: en cualquier caso, es imposible satisfacer a todos. El único crédito que no debe descuidar es el de ser quien sabe mantenerse en el poder. El príncipe no debe pretender ser amado por sus súbditos aunque, de igual manera, ha de evitar- como César Borgia- provocar el odio extremo.

La principal virtud de un príncipe consiste en dominar el arte del disimulo. En este punto es donde Maquiavelo sobrepasa lo razonable: si bien el soberano ha de ser capaz de actuar in escrúpulos, no puede permitir que ello trascienda. Debe impedir que lo tachen de malvado o abyecto. Lo más deseable no es que personifique todas las cualidades positivas, pero sí es especialmente importante que actúe como si las poseyera. Ha de esconder su vileza bajo una máscara de suavidad, amabilidad y decencia. En el conocido capítulo dieciocho de El príncipe, Maquiavelo compara al soberano con un zorro, que emplea su astucia, y con un león, que muestra su fuerza. Es necesario que sea hipócrita y debe saber mentir, negar y no cumplir con su palabra.

Nada de lo anterior suena precisamente bien. Esperamos otras cualidades de los políticos. Si despojamos de cinismo las ideas de Maquiavelo sobre el obrar de un político pragmático y lo disociamos del contexto de la sociedad renacentista, de la que la crueldad era parte de la vida cotidiana, quedan en pie varios pensamientos muy modernos.

En el marco de la literatura, el ejemplo clásico del político moderno es el príncipe Enrique, el personaje de Enrique IV, el drama histórico de Shakespeare. Una conocida escena de la obra es la del final del segundo acto, en la que el príncipe Enrique, una vez coronado como heredero, reniega de su amigo y antiguo compañero Falstaff.

Maquiavelo puso de manifiesto cómo funciona realmente el poder. Si bien entonces todavía no era moralmente reprobable que el príncipe fuera un hipócrita, por lo menos pudo saberse. El poder se volvió transparente. Durante la Segunda Guerra Mundial, los capitanes del ejército alemán y el estadounidense declararon off limits (fuera de límites) la finca del autor florentino, de cuatrocientos años de antigüedad. Ambos prohibieron la entrada a las tropas, porque ninguno quería ser responsable de su destrucción, como si temieran que Maquiavelo pudiera levantarse de la tumba para vengarse.


Sobre esta noticia

Autor:
Ana Laura López (10 noticias)
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Tipo:
Opinión
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