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¿Por qué los dirigentes no renuncian?

16/06/2009 11:43 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Los dirigentes, tanto deportivos como políticos, es igual. Son unos mentecatos en su gran mayoría. Venden globos de colores y no son responsables ni por el aire que le guardan

Un viejo axioma popular -aunque por antiguo no menos cierto- reza “dirigentes ricos e instituciones pobres”. Verbo que en el idioma vulgar del denominador común es no solo una constante, sino todo un síntoma de apostasía que siente el simpatizante como devolución, ya no solo a su sacrificio económico y constante, sino por el golpe bajo que reciben en la mayoría de las veces sus sentimientos, esa pasión que lo lleva a considerar al club de sus amores más importante que a su propia familia.

Es dable entender, que por lo general no están de acuerdo a esta visión de la realidad, aquellos que realizan sus tareas en la periferia de estos ‘personajes’ y quienes por lo general, reciben dádivas para pintarle al público un argumento que en el fondo, jamás se compadece con el título de la obra que esgrimen representar. Por otra parte, es bueno no soslayar la realidad de la clase dirigencial argentina, tanto política, deportiva como de otras yerbas, que ‘siempre’, ya que no es de ahora, han sido genéricamente ‘corruptos’, moralmente insanos, viciados de nulidad absoluta, es decir: delincuentes en su inmensa mayoría. Lo que sí voy a pedirles, no me vengan ahora con la consabida, idiota, pacata, mentecata, burladera, mamarracha, trapalonera e incoherente frase de que no todos son iguales. En primer orden porque el hecho de que algunos y solo algunos fueren honestos, no muda en absoluto lo expuesto. En segundo término, porque dicha expresión, no dice, no aclara, no forma, no fundamenta a la par de guardar una semántica vacía de contenido, que en nada ayuda a divisar un punto de entendimiento.

Sin embargo, el horizonte no pasa por desmenuzar quienes son honestos y quiénes no. Ni tampoco por ensuciar deliberadamente a aquellos pioneros que dieron vida a una ilusión, a un sueño, a una forma también, por qué no decirlo, de sociabilizar, educar, formar y desarrollarse a través del deporte. El síntoma a dirimir no es otro más que la falta de responsabilidad para asumir decisiones, que a la postre arrojan resultados no solo negativos sino vergonzosos para la dignidad y la honra de la institución que exponen simbolizar. Se menoscaba, se usa, se incendia y se echa al saco de la basura a directores técnicos, preparadores físicos, cuerpos médicos, jugadores y hasta miembros de la oposición. Ni siquiera se salva de tales síntomas y falsos resguardos, los simpatizantes que se animen a juzgar las conductas disociativas de los quiméricos representantes -que más allá de los sufragios- han sabido escoger. Pero ‘ellos’ como ‘malos’ jinetes que son, y desde el maniqueo enciclopedista, no les faltará coraje, labia, caradures ni argumentos para respaldar sus horrores, echándole siempre la culpa al caballo y cuando no a la montura.

Se menoscaba, se usa, se incendia y se echa al saco de la basura a directores técnicos, preparadores físicos, cuerpos médicos, jugadores y hasta miembros de la oposición

Es aquí cuando me pregunto y sé a la par que miles se examinan a diario lo mismo, ¿Por qué el dirigente, que es el único responsable de las asignaciones; de los descensos y altibajos jamás paga de su propio peculio los errores cometidos; los juicios contraídos; los despidos arbitrarios; los contratos leoninos; los perjuicios de las malas ventas y las horribles compras. Y, al fin de cuentas, sale con la tarjeta de crédito en verde, cuándo entró con ella en rojo? Se van de los clubes, chicos a la edad de 12, 13 y 14 años, en negociados que a los pocos ejercicios se descubre que hubo un dinero en el medio que jamás se rindió ni se dio cuenta de ello. ¿De dónde sacan las fortunas que luego buena parte desemboca en las arcas de los delincuentes de las barras bravas, para que consuman droga; se maten a balazos en los quinchos de las instalaciones propias; se compren autos últimos modelos; participen de las ventas de jugadores; compren candados y guarden dentro del club no solo las banderas ni bombos, sino armas de grueso calibre y todo tipo de artillería, con lo que luego irán a apretar como en la vieja usanza en épocas de elecciones a la oposición, a técnicos y jugadores que reclamen el porcentaje que les corresponde de las transacciones o bien por si molestan demasiado reclamando el dinero que por contrato se les adeuda cuando ya no se los precisa para la vida del club. Van a los entrenamientos a apretar tanto sea para pedir dinero o coraje para el próximo partido y cuando no, incluso, para que pierda si ello desmerece aún más a su eterno rival. Que no solo se conformarán con todo esto, sino que también saldrán a recorrer el mundo tanto sea para ‘alentar’ (¿para alentar?) al equipo de sus amores (económicos) e incluso a la Selección Nacional. Eso sí, whisky de marca y señoritas para todo servicio tampoco habrán de faltar. Se sabe que todo esto y mucho más es plenamente cierto, entonces: ¿cómo no pensar que estos muchachos dicharacheros y solidarios, no arrimarán agua para su molino? Perdón, quise decir peculio para sus bargueños. O lo que es mejor, dinero para sus bolsillos. A lo que luego, muy sueltos de cuerpo le dirán a sus esposas que la reunión por la derrota del domingo irá hasta muy tarde, al mismo momento en que una exquisita botinera sentada sobre el segmento reproductor del mimoso regente, hará las delicias de las que solo estaría destinado un insaciable sultán. Y bueno, si ensucias el vaso donde tus hijos ponen la boca ¿qué no ensuciarás después?

“El club está por arriba de todos”, expresan hasta el cansancio estos mequetrefes, como si estuvieran elevando una oración de descubrimiento sagrado proveniente de mentes sanmartinianas o Artiguistas tras una conquista libertadora, cuando los únicos que se consideran provenientes de heredades monegascas y preludios intelectuales son ellos mismos, que sí dan a entender que están por arriba de la entidad que conducen. En una palabra, se siente ministros sobre el presbiterio.

Así y todo ¿hasta dónde vale la pena inquirir sobre estos tópicos? ¿Cambiaremos tan errónea manera de vivir con nuestros reclamos y nuestras reflexiones? ¿Se pondrán siquiera nerviosos los muchachos ante estas líneas? ¿Se mirarán azorados y dirán qué estamos haciendo, recapitulemos? ¡Rayos y centellas! ¿Hasta dónde hemos caído? ¿Qué dirán en el barrio de nosotros? Y ahora ¿quién podrá defendernos?

Un viejo axioma popular -aunque por antiguo no menos cierto- reza “dirigentes ricos e instituciones pobres”

Lo malo de la República Argentina, es que le sobran próceres montados a caballos que no eran de ellos.


Sobre esta noticia

Autor:
J. M. Peláez Garrido (8 noticias)
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2541
Tipo:
Opinión
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