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Petróleo

28/02/2011 02:56 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

CallaoCuatro

Petróleo

Cuando aviones MIG 17 del ejército sirio entraron en el espacio aéreo israelí y la infantería egipcia se adentraba por las arenas de la Península del Sinaí, un día del Yon Kipur de octubre de 1973, los españoles nos surtíamos de gasolina aún a un precio relativamente bajo.

Fue entonces cuando, una vez declarado el alto el fuego entre Israel y Egipto en el kilómetro 101 de la carretera que une El Cairo y Suez, tras verse derrotada la Liga Árabe, primero la OPAEP (Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo) y luego la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), decidieron reducir -en aquella inolvidable reunión de Kuwait-, la producción mundial de crudo, provocando, entonces, una subida del precio del oro negro desde los tres hasta los doce dólares. Los efectos sobre la inflación, la demanda, la producción y el empleo fueron devastadores.

Cada diez dólares de encarecimiento del precio del barril nos cuesta a los españoles un billón de las antiguas pesetas, seis mil millones de euros, una cifra tan respetable como para tener en cuenta que el incremento del precio del oro negro puede llegar a ser razón más que suficiente para frenar nuestro crecimiento económico.

Los países más dependientes de las importaciones de crudo, aquellos cuya estructura económica es más vulnerable, sufren en mayor medida los incrementos del precio del barril que impacta de forma alarmante contra nuestra Balanza de Pagos. Máxime si nuestra estructura productiva, desde los años sesenta, se centra en sectores industriales intensivos en energía y, para mayor abundamiento, la producción de energía eléctrica se produce en una parte sustancial en plantas de generación termoeléctrica.

El ministro de Hacienda del Gobierno de Primo de Rivera, José Calvo Sotelo, había expulsado a la Exxon de España y creado la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos (CAMPSA). Las grandes compañías, en aquellos años veinte, boicotearon el suministro de España del mismo modo que habían acordado repartirse el mundo a partir de los acuerdos de Achanacarry y de la Línea Roja, tanto en relación a la extracción como a la distribución.

Así, en los años setenta los españoles nos encontrábamos con nuestro modesto monopolio y, al observar la fuerte subida del crudo a partir de la Guerra del Yon Kipur, pensamos que era el Estado el que tenía que soportar la supuestamente temporal subida, compensando su afectación sobre los ciudadanos y empresas con lo que se vino en llamar la política compensatoria. Grave error que provocó casi la quiebra de las finanzas públicas y el posterior incremento inmediato del precio del combustible en nuestro país. Desde entonces, como es natural, los aumentos del precio del crudo se transmiten al consumo de forma inmediata.

Hasta cierto punto, dado que, como se sabe, la escasa competencia entre las compañías distribuidoras provoca una presunta fijación monopolística en los precios, sin apenas concurrencia, y, con una fuerte capacidad de aumento y, sin embargo, una clara resistencia a la baja.

España es un país dependiente de energía y, especialmente, de una energía primara que no es otra que el petróleo. Nuestra Balanza de Pagos se resiente vía Balanza Comercial por una factura, la de las importaciones petrolíferas, cada vez más pesada. Y, además, para mayor abundamiento, apenas existe competencia, como digo, entre las empresas distribuidoras españolas.

Es menester, por lo tanto, desarrollar una política innovadora en busca de energías alternativas económicamente viables. Es necesario desarrollar iniciativas de ahorro y eficiencia energética que reduzcan en parte nuestra dependencia. Se impone una política de competencia que evite actuaciones lesivas contra la misma. Es hora de dotar de racionalidad a una política energética cuya importancia no ha sido tomada en consideración de forma racional durante los últimos ochenta años.

Antonio Miguel Carmona es profesor de Economía y secretario de Economía del PSM-PSOE


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