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Artículo de opinión de Rafael Cid

"Para ganarme el pan /acudo cada mañana al mercado /

donde se compran mentiras /lleno de ilusión /

me pongo en la cola de los vendedores".

(Bertolt Brecht guionista en Hollywood)

La noche en que los titiriteros ingresaron en prisión acusados de apología del terrorismo sufrieron una triple afrenta: la del juez inquisidor que dictó el esperpéntico auto; la de los políticos de izquierda que, como Manuela Carmena y Pablo Iglesias, callaron de entrada mientras asistían complacidos a la gala de los Premios Goya; y la de los propias estrellas de cine, teatro y televisión que celebraban el treinta aniversario de la Academia ajenas a que la libertad de expresión estaba siendo atropellada en las personas de dos humildes cómicos. El verdadero carnaval de esa jornada estaba en esa alfombra roja y el guiñol en la concejala de Cultura, Celia Mayer, que los denunció ante los tribunales para escapar de sus responsabilidades.

Hay mucha gente que, como Brecht, acuden también todos los años donde se compran mentiras. A la entrega de los Premios Goya que concede la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. ¡Ahí es nada! Artes y Ciencias gazpachadas. Un oxímoron como el socialismo científico. Pero también, como aquel desiderátum, en un solo país, el único autorizado.

Y como de costumbre no habrá dejado de asombrase de lo que pasaba ante sus ojos y oídos. Con una mezcla de curiosidad y estupefacción. Pocos espectáculos como "la Gala de los Goya" concitan tantas claves para entender a la menguante sociedad española, siempre distinta y a la vez siempre indiferente. Un ungüento tan eficazmente anestésico que suele recibirse con una sonrisa de complacencia. Es lo más parecido a una sesión en cine de familia pero "con mensaje". El fotocol del régimen cultural.

Pero ya se sabe, incluso las mejores familias guardan miserias que la razón no entiende. Y la de los Goya no es menos. Lo que pasa es que como asistimos a la proyección de su película con avidez de tirón, una secuencia oculta la otra y el final, a tontas y a locas, suele ser feliz. Y encima, como no venden palomitas en el vestíbulo, la fiesta está asegurada. Una fiesta que, imitando al Hollywood que tentó Brecht, acostumbra a tener mucho más de mercado de ganado que de foro de cultura. Porque en el gran evento del cine se dan hechos, circunstancias y atributos que en otros ámbitos serían denostados por caducos, hipócritas y mendaces. Veamos algunos.

Lo primero que destaca de esa pasarela en cinemascope es su carácter de panóptico invertido. Es como el palco del Real Madrid. Un marco donde hay que ir para que te vean. El lugar VIP al que acuden los que quieren hacer negocios, entablar contactos o hacerse famosos por el modesto precio de salir en la pequeña pantalla en millones de hogares (han sido los Goya más vistos desde 2011). Por eso, los trajes de ellas y ellos (para algo es una gala). A nadie amarga un dulce. Había que ver en esta última edición a nuestros líderes emergentes con sus mejores ternos y sonrisas. Esmoquin y pajarita, Iglesias y Rivera, enfundados de "académicos" porque lo cortés no quita lo valiente.

Y ese espíritu de hermandad es el que suele impregnar toda la gala. No hay año que no cuente con la presencia del ministro de guardia. En realidad solo de la parte contratante de la tercera parte, porque la cartera del ramo va precedida de "educación" y seguida de "deporte". Sea el villano Wert o el distinguido Íñigo Méndez de Vigo. Y es que a los titulares de Cultura hay que tenerlos a mano, porque nunca se sabe dónde terminarán. El socialista Javier Solana llegó a la secretaria general de la OTAN y quizás por eso a nadie en los Goya se le ocurre decir aquello de "cuando oigo la palabra cultura saco la pistola". En serio, la cebada al rabo. ¿En qué país serio se ha visto que los damnificados celebren al causante de sus infortunios?

Pero el cine español es puro espíritu de la contradicción. Lamentaciones hago que para mí no quiero. Porque si algo representa la ceremonia de los premios Goya es una recreación de aquel Sindicato del Espectáculo franquista. El sindicato vertical que tenía a gala (otra vez la coz) reunir en un mismo a patronazgo a obreros y empresarios, encuadrados todos bajo la denominación de "productores". Pues bien, el día de autos, los académicos dan un paso en esa dirección y se consagran como "creadores culturales". Así es notable ver que electricistas, directores, actores, actrices, noveles, tramoyistas, sastres y maquilladoras se intercambian premios y lisonjas con toda naturalidad. La magia del cine abraza lo que la realidad social separó. Una gran familia. Única en su género. Ni siquiera entre los periodistas, otro flanco del magma cultural, se da esa simbiosis. Los informadores tienen sindicatos y enfrente está el gremio de editores, y a nadie se le ocurre identificarlos en sus respectivos intereses.

Semejante contubernio, como no podía ser menos, oculta a veces realidades poco edificantes. A diestra y siniestra. Y expele un hedor que ni las chuflas del presentador ni las ocurrencias de los galardonados consigue tapar. Del lado de los actores está la tentación de disciplinarse hacia el partido que más mola, mejor si está en el poder y se dice progresista. Los de "la ceja" no fue solo un invento cainita de la caverna. También supuso un caso de empotramiento con el 'primer gobierno que aplicó el austericidio de la Troika a cambio de que su colectivo fuera agraciado con subvenciones y privilegiado en la subida general de impuestos.

Lo que ocurre es que en ese hacinamiento entre los de abajo y los de arriba, como no podía ser menos a tenor de la complicidad, se suscitan procedimientos que tienen su cabal tipificación en el código penal. No hablamos de la SGAE, otro modelo sui generis de verticalismo laboral y latrocinio, que ha acabado como el rosario de la aurora cuando falló el baraka que le hacía invisible ante los inspectores de hacienda. Me refiero al monumental fraude de taquilla sobre el que se asienta nuestra "industria del cine". Aunque todos han corrido a meterlo bajo la alfombra de las indecencias que no conviene mostrar en público, haberlo haylo. Decenas de películas de quita y pon, hechas para afanar la subvención a base de estrenarlas en salas vacías engañando al ministerio con ingentes tacos de entradas full para cobrar el impuesto revolucionario.

Eso no sale en los esques de Dani Rovira, pero está ahí. Decenas de películas, como De mayor quiero ser soldado o Eso no se toca, nene, con sus correspondientes productores, "exhibidas" simulando pases e inventando espectadores para dar el sablazo a todos los contribuyentes. Una estafa piramidal en la que están metidos empresarios como el anterior presidente de la Academia de marras, el empresario González Macho, y su colega Enrique Cerezo, otro mecenas del Séptimo Arte cuando no se ocupa de su otro trabajo cultural como vicepresidente del Atlético de Madrid. Nada de ello figuró en la agenda del 30 Aniversario los Premios Goya.

Tampoco se denunció el atropello inaudito y esperpéntico que otros actores sin sindicato ni perro que les ladre estaban sufriendo esa misma noche a manos de una legislación antiterrorista que no deja títere con cabeza, con el apoyo institucional de subordinados de la alcaldesa de Madrid, la ex jueza Manuela Carmena, presente en la ceremonia. Y eso que en la gala de la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográfica de España (y al cine vernáculo, de Galiza, Catalunya, Euskadi, que le zurzan) todos los premiados tuvieron sentidas palabras y mejores deseos para propios y extraños.

Si el genial creador de las pinturas negras levantara la cabeza se iría con los titiriteros.

Rafael Cid

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