20:34 (10-02-2012)

Raysa White

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    Hay personas que viven fuera de cualquier clasificación o medida: de cualquier ideología o religión: fuera de cualquier compromiso que no sea su propia conciencia

    Por Raysa White

    Ha muerto físicamente una de ellas. Digamos, una mujer extraordinaria. Esbelta, elegante, de un carácter fuerte, pero afable y siempre sonriente. Mujer de una feroz inteligencia y depurada educación. Trabajadora incansable, valiente y buena amiga. Me la presentó en La Habana otra abogada, buena amiga también, Emily J. Yozell.

    Emily era algo así como su lugarteniente, organizando y atendiendo a toda aquella legión de norteamericanos que venían a estrenarse con la primera Revolución de América, en la pequeña Isla del Caribe – esto pudo ser por 1985 – 1987, temporada en que yo escribía y dirigía un noticiero cultural para el Canal 6 de la TV Cubana.

    Ellas trabajaban en un proyecto enfocado a conseguir un intercambio de experiencias entre los legistas norteamericanos y cubanos, incluyendo a intelectuales y artistas, con el ánimo de estrechar las relaciones entre ambos pueblos por los caminos del conocimiento, la comprensión y el respeto mutuo. Cada cierto tiempo llegaba a Cuba una delegación de artistas, legistas e intelectuales norteamericanos que se movían libremente por el país y hacían sus contactos, porque Debra Evenson gozaba de la confianza de las instituciones cubanas, principalmente, por su honradez y su ética, dignas de ser estudiadas y aplicadas por todos los abogados y juristas del mundo.

    Debra Evenson era a la sazón, la presidenta del National Lawyers Guild, un gremio que afiliaba a más de 10 mil juristas en los Estados Unidos, y compartía esta actividad con sus labores de profesora de derecho en la Universidad de De Paul, en Chicago.

    Se enamoró de Cuba a tal extremo que pasaba más tiempo en la isla que en los Estados Unidos; de hecho se convirtió en una experta en asuntos legales cubanos y trabajó muy cercana al Fiscal de la República, aportando a nuestra nación su experiencia de jurista, y la de muchas y valiosas personas del medio jurídico internacional, aconteciendo -por medio de ella- un continuado y enriquecedor flujo y reflujo de conocimientos técnicos y actualización de métodos legales.

    Pero Debra no hacía concesiones con cuestiones éticas.

    Justo frente a su departamento de los altos del Carmelo, en El Vedado donde, después de muchos meses, nos encontramos, me comenta que estaba escribiendo un libro sobre Cuba.

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    Ofreciendo una conferencia

    -¿Sobre Cuba? –digo yo conociéndola un poco- ¿No te estarás metiendo en camisa de once varas? Porque no vas a poder escribir todo lo que tú piensas.

    -Yo voy a escribir todo lo que pienso y creo. -me responde.

    -Pues no lo vas poder a publicar ni aquí ni allá. -le digo medio en broma, medio en serio.

    -Aquí no sé, pero allá sí; porque en mi país hay libertad de expresión.

    -¿De veras crees, técnicamente hablando, que en tu país hay libertad de expresión?

    -Sí, la hay. En mi país hay libertad de expresión. –afirmó con convicción.

    -Yo pienso que no la hay, porque los periódicos de Estados Unidos se sostienen por grandes grupos de poder financiero que condicionan la opinión.

    -Espera, eso es otra cosa. Pero en mi país cualquier persona puede escribir su opinión, imprimirla en un papel, dársela a quien quiera y no pasa nada. Eso es libertad de expresión. Y es importante porque hace bien a la gente y permite que la sociedad progrese.

    Esa tarde reafirmé algo que llevaba dentro, desde hacía mucho: la gente necesitaba pronunciarse en su verdad, tuviese o no razón, porque cómo vamos a ubicar, socialmente, los conflictos si no tenemos fuentes de retroalimentación públicas, que es la auténtica y más descontaminada forma de recibir la información.

    Tiempo después me regaló el libro.

    -¿Cuanto habrás sufrido?, le comenté bromeando, como en un secretico.

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    Haciendo proyectos con sus amigos mexicanos. Su ideal era que Cuba y Estados Unidos se reconciliaran por alguna vía.

    -No mucho. – dijo muerta de la risa, y me lo dedicó. Era un libro de tapa azul titulado: “La Revolución en la balanza: Derecho y Sociedad en Cuba Contemporánea”. Traten de adquirirlo, sin prejuicios ni dogmas, es bien interesante.

    Con esto quiero ilustrar un poco de la personalidad de Debra Evenson, quien estaba identificada con el proceso cubano, sobre todo con los programas sociales. Admiraba a las administraciones que ponían por delante el bien social; que respaldaban con seriedad programas avanzados de salud, de investigaciones científicas, de educación, de cuidado a la niñez, de atención a los ancianos y enfermos. Y poseía una disponibilidad de entrega digna de admirar. Ello explica s u identificación con la revolución.

    Ella creía firmemente que la incapacidad del estado cubano para abrirse a la libertad de expresión obedecía a la agresiva conducta de los Estados Unidos, que obligaba a Cuba a mantenerse en constante estado defensivo. Y lamentaba con sinceridad que un país tan grande y poderoso como el de ella pudiera comportarse así con un país tan pequeño.

    Amén de ese incidente, no solía conversar con Debra de cuestiones políticas, nunca le pregunté a que bando se arrimaba. Aunque era dif ícil colocarla en alguno. Tampoco me importaba saberlo, como ahora no me importa saberlo de nadie. Las diferencias políticas no nos pueden llevar a la coerción, el extremismo; ni al silencio insensible, cobarde o cómplice, ante los errores o inaceptables acciones de dos bandos en pugna.

    Tuve la impresión de que su ideología era la Justicia y su religión, la Ley.

    Hablábamos de temas que me interesaban como el arte, que por cierto los recibía con gratitud, como mujer culta y de buen gusto que era- y sobre todo de música. Recuerdo que le encantaba Paul Simon, y me obsequió Graceland, en uno de esos veranos o primaveras en que, como las aves, solían todas emigrar hacia nuestro planeta insular.

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    Sus amigas y amigos le entregan un Premio

    Tal vez parezca paradójico, pero es ella quien me presenta al gran compositor y pianista cubano Chucho Valdés con quien la unía una estrecha amistad. Y cuando alguien en la noche quería encontrar a Debra, solo debía acercarse a las descargas de Chucho, en el Hotel Presidente; pues acostumbraba a compartir esos sucesos memorables donde el jazz se mezclaba o fusionaba con la música cubana en un sinfín de melod ías y géneros, a cargo de aquellos monstruos ejecutantes que formaban la legendaria y desaparecida banda Irakere.

    Hoy me parece mentira que no esté, o verla consumida por una enfermedad, cuyo triunfo es doblarnos en dolor hasta el final aliento. Como en esta foto, donde sólo se sabe que es ella por la sonrisa que aún a minutos de encontrarse con la muerte, mantiene perfecta; dándonos a todos una lección de coraje y fuerza espiritual propia de los seres invencibles.

    En una amorosa y cálida ceremonia de despedida, me cuenta Emily, sus amigas le han lavado y aceitado su cuerpo, envolviéndola en un sari suave, de seda que

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    El día de su cumpleaños el 28 de julio de 2011.

    Compraron especialmente para ello. Le leyeron poemas, le cantaron y la enviaron hacia el nunca jamás con una bolsa llena de pequeños regalos para el viaje. Pienso que esa es una forma en que el amor vence a la muerte y se burla de su morbosidad. Y se me ocurre escribirle a Chucho Valdés, milagro musical nuestro, qué tanto la quería, o digo mal, la quiere. Que quizás -como él cierra el Festival Internacional de Jazz de la Habana ahora en diciembre- haga vibrar su genial mente, eche a volar sobre el teclado sus prodigiosos dedos e improvise, como solo él puede conseguirlo, un jazz para Debra Evenson, en la noche final, donde ella dance y se eleve estremecida entre las ondas malditas y benditas de la pasión y el desencanto hasta el lugar donde la vida, quizás con buena suerte, pudiera comenzar otra vez.

    (Agradezco la colaboración inapreciable de Emily J. Yozeel, Karen Lee Wald, J. Susler, Jane Franklin, entre otros.)

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