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24/02/2021

Me encontraba sentado esperando en cualquier hospital, cuando la puerta de una sala contigua se abrió y una voz meliflua, pero en tono elevado, me llamó por un nombre que no era el mío: ¿Fabián? ¿Es usted Fabián? Entonces me hubiera encantado dejar el uso de mi móvil para responder que sí, que era él. Conocer así el grado de su pesadumbre en la consulta o su pronta mejoría y repunte. Hubiera entrado, frente al especialista, con cierta cojera o tos leve, para meterme mejor en el papel. Y aunque, más tarde, me hubieran descubierto por los datos de la edad o el lugar de procedencia, no me hubiera importado lo más mínimo. Habría colocado la manga de la camisa, el cuello de mi abrigo, reajustado la mascarilla para que no vieran cierto atisbo de Juan José Millás en todo esto.

A los pocos segundos un hombre desgarbado y algo despeinado entró en esa misma sala. Debía ser él. Menos mal que el desconocido no era yo, que también tengo otros problemas. Luego cerró la puerta tras de sí, y el mundo de los formalismos y la paciencia volvió a su ser.

Ir de acompañante en un hospital es extraño. Parece como que el asunto no va con uno y no es así, en absoluto. La vida va muy en serio hasta para los temerarios, los mezquinos, los que creen dilatar el tiempo entre suspiro y suspiro. Existir es estar fuera de cualquier burladero. La arena aguarda, espera tranquila.

Por último, fui a la máquina dispensadora, tras la esquina (siempre tienden a esconderlas). Me saqué un descafeinado o una invitación directa para ir al cuarto de baño en menos de quince minutos. No diré más. Lo bebí de un modo aséptico, como cuando uno degusta cualquier sucedáneo. Luego se me fue la cabeza pensando en la vida tan dichosa de los fruteros. Madrugaban igual que los panaderos para conseguir su mercancía, pero luego se pasaban todo el día rodeados de aromas y colores, algo impagable, de veras.

Sin querer, volví a cruzarme con Fabián que salía de su consulta, mientras yo había retomado la compañía ficticia del teléfono móvil. Salía con una media sonrisa delatora; de esas que expulsan el mal durante cierto periodo de tiempo. Y yo, sin querer, también dibujé ese gesto. Al fin y al cabo, las buenas noticias siempre me aplacan, vengan de quien vengan.

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