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14/03/2016

Una madre con dos hijos, se despierta a media noche por un estruendo enorme, es un estruendo que se ha hecho familiar, por desgracia. Son las balas y bombas que invaden la ciudad hace semanas, meses y años pero hoy ya no puede más. Se levanta y con lágrimas en los ojos le pide a su marido que cojan a los niños y se vayan. No puede tener miedo todo el día por si mañana alguno de ellos forma parte de la gran lista de muertos. Miles de noches sin dormir y tanto miedo en el cuerpo la han hecho levantarse.

Su marido le coge la cara y le promete que saldrán de esta. Le dice que coja un par de mochilas con ropa y algo de comida porque no saben lo que van a encontrar en el camino. Él mientras va a buscar a su cuñado para ir más acompañados.

Cuando está todo preparado esperan las dos familias en la oscuridad del comedor a que el ruido se pare, en ese momento se despedirán de sus casas y sus posesiones y tomarán rumbo a lo desconocido. Con la esperanza por bandera y el miedo por motor, huyen de la ciudad que les vio nacer.

Días y días andando, no pueden permitirse un medio de transporte, juntándose que otros muchas familias que huyen, compartiendo víveres, ilusiones y temores. Cuando la comida se termina se buscan la forma de comer cualquier cosa que pueda llenarles la barriga, cosas que días antes les hubiese asqueado y que ahora aunque les asquee se meten en la boca.

Les llega la noticia que en la frontera se agolpan muchas más personas como ellos y no saben si podrán salir del país. El miedo paraliza a los padres pero intentan que los niños se olviden del sufrimiento por las noches. Sus ojos denotan la tristeza, perdidos, sin saber a dónde van ni lo que se encontrarán. Pero quedarse es peor, quedarse es asegurarse la muerte.

Pasan semanas al lado de la frontera, tal como les llegó la noticia, no les dejan pasar. Son muchos, una avalancha de personas. Saben por los periodistas que su ciudad está totalmente destruida, inhabitable, derruida como si nunca hubiese existido. Ellos podrían ser como aquellas piedras en el suelo. Deciden moverse, no pueden quedarse más tiempo ahí, deben buscar su futuro, el futuro de sus hijos que llevan semanas durmiendo al raso, entre barro, frío y hambre. Deben avanzar. Si no pueden seguir, deberán buscar una alternativa. Alguien les dice que la forma de cruzar de país es por el río que hay a dos horas de camino de donde están. Dudan, pero avanzan.

El río baja con fuerza, alguien tiró una cuerda para poderse coger e intentar evitar que el agua se engulla a los caminantes. Miles de hombres y mujeres con niños a los brazos, cogiéndose como pueden a la cuerda, algunos no pueden y se los come el río, desaparecen.

Esa madre seguirá luchando, hasta que el hambre pueda con ella, hasta que la muerte se la lleve, pero seguirá por sus hijos, para que tengan una vida, un futuro. Con miedo, lágrimas, contra gobiernos que no les quieren, contra aquellos que no les ayudan, aunque sólo tenga sus pies para andar y sus brazos para abrazar a sus hijos.

Se cruzan con esos ojos asustados que pertenecen a héroes anónimos, que escaparon para buscar la vida aunque por el camino encuentren la muerte.

Esta historia podría ser la historia de muchas guerras, puede sonarte de oírla en las noticias, yo llevo horas con las imágenes de unas personas que cruzan un río, me vi con mis hijos en brazos, y lloré. Muchas noticias nos conmocionan, aunque no parece que conmocione a todo el mundo por igual, algunos países no quieren ayudar a gente que huye de una muerte segura por intentar seguir viviendo. Pena me dan esas almas, además de asco. Y a pesar de mi buena suerte, porque esta noche cerraré los ojos bajo un techo y en el silencio de un país en paz. Sólo sé una cosa, que yo no estoy muerta por dentro como esas personas, y a pesar de la distancia, pediré que esa madre como tantas otras personas logren esa vida futura.

Archivado en: estanjanito

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