Martina De La Vega
http://www.historiadeunapluma.blogspot.com
Miembro desde:
10/11/10
Visitas a noticias (últimos 90 días)
30-11-2011 07:43
La amabilidad escasea en los portales
Categoría:Sociedad
| Tipo: Reportaje | Tags:Amabilidad
escasea
portales
| 0 ComentariosLa mayor parte de los jóvenes que vienen a estudiar a Madrid viven en la misma zona. Los vecinos, cansados de la invasión en sus edificios de esos fiesteros inconscientes, optan por hacerles el vacío y mentar a la madre que parió al vecino que alquiló la vivienda. Esto me ha llevado a encontrar diversas malas caras por las mañana, la amabilidad escasea en los portales. Cada mañana salgo a las nueve y media y me cruzo con algún vecino. Rara vez alguien da los buenos días antes de que se los des, lo tengo comprobado. Pero lo que más me divierte es esperar a que estemos a la misma altura, para que el susodicho tenga que girarse una vez ha pasado y darse cuenta de su falta.
Y no les culpo. La mayoría son ancianos que llevan toda la vida en el edificio y ahora se ven asediados por inmigrantes y estudiantes ruidosos. De los primeros me sorprende su tono de voz. A la hora de la cena encienden sus ordenadores, conectan la video llamada y vocean con los que dejaron al otro lado del charco. Alguna vez os contaré las conversaciones que mantienen con estos: la una discute con su novio, la otra llora porque no puede traer a sus hijos... Pura tragedia griega. De los segundos he visto de todo: Robos de lámparas y extintores en las zonas comunes, botellas en el ascensor, flores aplastadas...
Recuerdo a la señora Concha, unos setenta y cinco años, ama de casa, esposa de periodista... Era mi vecina de abajo el año pasado. La condenada decía que cuando me iba a clase a las ocho la despertaba con los tacones. ¡Que no uso tacones señora! En realidad no le decía eso, me disculpaba porque "hay que respetar a los mayores". Pero la dichosa señora se empeñaba en regalarme unas zapatillas para que no anduviese con tacones. Así que todas las mañanas salía de puntillas. Alguna vez se me calló algo mientras tendía y tuve que bajar a su casa a recogerlo. ¡Menudo miedo daba la maldita casa! De esas que tienen armaduras y cuadros siniestros. Y eso que me quedaba en la entrada, nunca me dejó ver más...
En frente vivía un matrimonio de jubilados. Él fumaba a escondidas de su mujer y ella se vestía de folclórica para actuar no sé dónde. Era de esas que siempre te llaman cielo. Por la noche escuchaba como él tosía durante horas. Los de arriba todos los días me contaban que habían vivido en Santander y yo tenía que fingir que lo escuchaba por primera vez. La señora del sexto era la típica que si te pillaba por banda era difícil escapar. Un día que se había roto el ascensor la ayudé a subir las bolsas y menuda milonga me soltó sobre lo irresponsables que son los jóvenes de hoy. ¡Menos sus nietos! Menuda ingenua, como solo los ve los domingos...
Unos días antes de dejar aquel piso, cogí la ropa vieja, la metí en bolsas y bajé al portal. Le pregunté al portero dónde podía llevarla. De la nada, emergieron como dos espíritus la del sexto, de nietos perfectos como ningunos, y la del noveno, que ya había vivido en Santander por lo menos veinte veces. No se pudieron resistir a acompañarme. La del noveno me recordó su estancia en Santander y la del sexto no tenía otro afán que saber cuánto costaba el alquiler. No le di el placer.
Pero de lo que más me acuerdo es de dos ancianos que vi por la calle. A uno lo vi cuando volvía de clase. Iba acompañado por una mujer que, supongo, era quien le cuidaba, una sudamericana que no paraba de tirar de él. El hombre, que apenas podía andar, había perdido el bastón por el camino. Corrí para acercárselo, la panchita seguía tirando de él como si no fuera con ella.
El otro iba en silla de ruedas. Estaba parado delante de un portal y me pidió que llamase al timbre, obviamente él no llegaba. Nadie contestaba arriba y él repetía: ¿dónde está esta? Otra cuidadora descuidada, pensaba yo. Esperé hasta que un llegó un vecino, le dejé esperando en el portal. Y es que la convivencia entre ancianos y estudiantes no resulta fácil. Pero que sencillo sería arreglarlo con un: tú no haces ruido y yo te invito a comer los domigos.
El reloj de cuco
11-04-2012 por Martina De La Vega | Cultura | 0 Comentarios
En una mesa redonda delcafé Alagna Laura dejaba caer un terrón de azúcar sobre su taza de café. Laespuma blanca se hundía con el terrón para salir después a flote completamente enturbiada
El árbol que roza las nubes
08-03-2012 por Martina De La Vega | Cultura | 0 Comentarios
La copa del árbol rozalas nubes, se mueven juguetonas y esponjosas las nubes sobre la copa. Lasramas, implorosas, en la quietud de la noche aguardan. Te abrazan las ramas delárbol, frondoso de vivas hojas
El Retrovisor De Nuestra Historia
04-02-2011 por Martina De La Vega | Cultura | 0 Comentarios
Las huellas de las gaviotas fueron un día borradas por las olas, llevándose consigo mi paz y dejándome tan solo un columpio olvidado, un caballo blanco, una foto incompleta y una caricia vacía
El sueño de Renata
28-11-2010 por Martina De La Vega | Cultura | 0 Comentarios
Primero fue su beso, cálido y jugoso, y esa presión en el pecho, como la de los amores más salvajes, animales, después venían las caricias y con ellas me conducía hasta el éxtasis
A La Sombra Del Nogal
04-02-2011 por Martina De La Vega | Cultura | 0 Comentarios
Vicente nació bajo el rocío de una fría mañana del 16. Abandonado en su niñez, vivió siempre solo hasta convertirse en un hombre ermitaño perdido tras la herencia de una nariz pronunciada. A su cabeza habían subido los años finos hilos blancos de sabiduría
| Siguiente | Última | |||
| Mostrando: 1-5 de 18 | ||||


RSS