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Mariocrespo

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03/07/2019

image Quienes nacimos a finales de los setenta y principios de los ochenta pertenecemos a una especie de generación de transición, pues nos encontramos lejos de aquella que creció en los estertores de la dictadura, en una dimensión paralela a la de los nacidos en los noventa y a años luz de los llamados millenials. Somos ese espacio vacío que queda entre los teléfonos de ruleta y los smartphones, una grieta entre el UHF y la TDT; hemos montado en Seiscientos y conducido híbridos, hemos visto vídeos Beta y alquilado cintas VHS en el videoclub, hemos ido a EGB y hemos contado dinero en pesetas; somos, a la postre, personas más analógicas que digitales, pues estamos enchufados por cable a nuestra red de nostalgia. Somos los del setenta y seis, los del setenta y nueve, los del ochenta, números que parecen ya parte de la historia de nuestro país. Y, en el fondo, pertenecemos a una parte de la historia que se ha desarrollado al doble de velocidad que toda la historia precedente.

Leer Malaherba , la nueva novela de Manuel Jabois, ha sido para mí como viajar en una máquina del tiempo. El autor nos presenta un texto donde la brevedad narrativa, la economía descriptiva y las elipsis marcan la obra; una suerte de relato largo con esencia de coníferas y olor a humedad que nos transporta, con una prosa aseada (lo siento, me encanta este adjetivo) a la Galicia de los ochenta. La recreación de la atmósfera de nuestra infancia es un trabajo delicado, orfebrería literaria que envuelve el mundo y los conflictos del protagonista y que viene salpicada de recuerdos que para algunos suponen un retorno al pasado. En un pasaje el protagonista juega con un amigo al Hundir la Flota. A5, tocado; B6, hundido; palabras de un tiempo extraño y pretérito. Invocaciones al dios de lo lúdico. Tardes de inverno jugando con los amigos y compañeros de clase al Quién es Quién, al Tragabolas, a los Juegos Reunidos, e incluso a algunos de los primeros juegos Arcade que tenían en los salones recreativos, el Double Dragon II.

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¿Pero cómo os entreteníais en una época donde no había video consolas, los ordenadores eran arcaicos y no existían Netflix ni Youtube ni las aplicaciones para móviles?, se preguntarán los millenials. Pues con los juegos de mesa, y, cuando se buscaban sensaciones más fuertes, con juegos más físicos, como las tinieblas. ¡Las tinieblas! Para mí, como lector, el momento más emotivo de Malaherba es cuando los chicos juegan a las tinieblas. ¡Ya ni siquiera me acordaba de aquel juego! Su mención tuvo en mí el efecto que tuvo en Proust la famosa magdalena. Me transportó a la casa de una amigo; un apartamento enorme de techos altos donde jugábamos en la penumbra. ¡Qué sensación aquella de esconderte tras un sofá o bajo una cama! Los nervios que provocaba la oscuridad. La tensión. El paradigma de las emociones sensoriales. Más tarde, conforme fuimos creciendo, comenzamos a buscar sensaciones más fuertes. Mucho más fuertes. Uno de aquellos juegos era el cinto. Un juego realmente violento. Se trataba de esconder un cinturón. Quien lo encontraba perseguía a los otros hasta la "casa" a cintazos. Por entonces nuestras hormonas comenzaban a cambiar y necesitábamos más adrenalina. El churro va. Esas cosas. Ya no teníamos ocho años, ya éramos preadolescentes, como bien relata Jabois: "donde se ponían los de octavo, que ya estaban por encima de juegos como los trompos, el baloncesto o polis y cacos." Los de octavo, los de octavo eran los mayores, los intocables, los más malotes, y llevaban chupas Levi's de borreguillo. Pero los de octavo ya ni siquiera existen, ¡carajo! Los colegios tienen cinco grados (sexto ahora se cursa en el instituto) y los mayores ya no lo son tanto.

Quizá el hecho de sentir nostalgia sea amargo en sí mismo, como también lo es la historia que nos cuenta Jabois en Malaherba , pues, para bien o para mal, a principios de los noventa se acabó aquel mundo nuestro. Llegaron las Olimpiadas y la Expo y la crisis del 93, y luego Aznar y la ley del suelo. Mientras tanto, aparecieron las videoconsolas, el individualismo, la soledad de las tardes de domingo sin lluvia. Y olvidamos los juegos de mesa, el parchís, el ajedrez, y sobre todo, olvidamos que el tiempo es muy valioso y que jugar con la imaginación, sin apenas nada entre las manos, jugar a las tinieblas, sentir que eres el protagonista, que tú, físicamente, eres parte del juego y no participas en él a través de un simulador 3D que te mantiene pegado al sofá, es mantener el espíritu infantil intacto, es salud para el desarrollo de la mente, es la esencia de la vida, es Occidente sin Occidente, es a lo que juegan los niños en África o en India, es todo aquello que hemos olvidado gracias a la tecnología y que solo se puede recuperar si se tienen hijos pequeños. Hijos que, como el mío, todavía quieren jugar al escondite y hacerme recuperar la esencia analógica que aún pervive en mí.

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