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Mariocrespo

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Tras enamorarse de Tánger y elegirla como lugar de residencia hasta el final de sus días, el escritor norteamericano Paul Bowles escribiría: «tenía la convicción de que algunas partes del planeta eran más mágicas que otras». La magia a la que alude Bowles, una especie de hechizo que embruja al viajero, es una amalgama de sensaciones provocada por factores como la geografía, el clima y el urbanismo. Pero también por la cultura tribal, la omnipresencia de la religión y cierto primitivismo social. Elementos que provocan un fuerte impacto en el viajero occidental; una dicotomía entre la fascinación y el rechazo; una extraña dualidad entre lo bello y lo aborrecible. Marruecos. Otro mundo.

Perla del Sur

Los almorávides fundaron Marrakech en el siglo XI como asentamiento comercial para las caravanas que iban a África a través del Sahara. Conocida como Perla del Sur o Ciudad Roja, Marrakech transmite la sensación de ser un fuerte en la llanura de arena que se extiende a los pies del Atlas. La Perla del Sur es, junto a Fez, Mequínez y Rabat, una de las cuatro ciudades imperiales del país. De ello se deriva la existencia de un rico patrimonio artístico, en el que destacan los lujosos palacios Bahía y Badi, la Madraza Ben Youssef o las Tumbas Saadíes. Pero sin duda su mejor monumento es la medina. De notable extensión, se encuentra dentro de un recinto amurallado al que se accede por una serie de puertas colosales. Como es sabido, las viejas ciudades islámicas no siguen un plan urbanístico definido, sino que responden al caos por medio de trazados laberínticos de calles ensombrecidas que aplaquen los rigores del calor. Sus callejuelas conforman una maraña que, de alguna manera, confluye siempre en la mezquita. Resulta inevitable desorientarse y perderse en el interior de una medina. Y se antoja inútil consultar un mapa. En sus estrechas calles se dan cita comerciantes, vecinos, turistas, ancianos en bicicleta, carros tirados por burros famélicos, motocicletas con tres pasajeros sin casco. Se trata de un chorro de vida a presión que golpea con fuerza y consigue fatigar. Da la impresión de que el tiempo se ha estancado en algún punto del pasado. En una ciudad medieval europea se recrea, a base de restauraciones, la vida del pasado, en una ciudad medieval islámica se experimenta la vida del pasado tal y como era: las carnicerías sin refrigeración para el género, los vendedores ambulantes que ofertan bagatelas, las pollerías donde matan gallinas a demanda, los herbolarios con plantas de propiedades curativas. Las grandes medinas son una de las pocas cosas auténticas que quedan en el mundo. Prueba de ello es que su sistema de organización urbana viene determinado por la importancia de cada gremio. De este modo, los comercios dedicados al textil y al suvenir se encuentran en primera línea y los locales relacionados con el ruido y el mal olor, como las herrerías y curtidurías, en los márgenes del recinto. En su centro se encuentra el zoco, plaza del mercado con funciones de espacio comunal donde se concentra la masa en sus quehaceres diarios. En el caso de Marrakech, la plaza Jemaa el Fna adquiere una dimensión espectacular por ser el centro neurálgico de un microcosmos que parece contener todo el mundo antiguo; un sinfín de sensaciones que cualquier turista con ganas de dejarse sorprender puede captar.

Jemaa el Fna

En origen, Jemaa el Fna (Asamblea de la Aniquilación) era una explanada que albergaba actos de escarnio público frente a la mezquita Koutoubia. Con el tiempo fue evolucionando hacia un modelo de plaza de mercado. Y actualmente es un muestrario de la cultura marroquí: durante el día se puebla de personajes pintorescos, como los aguadores, los encantadores de serpientes, los domadores de monos, los vendedores de zumo, los cuentacuentos, las tatuadoras, los sanadores y todo tipo de charlatanes que se lanzan sobre los turistas en busca de unas monedas a cambio de una foto exótica. Se trata de una experiencia que puede resultar estresante si no se admite como parte del juego. Por lo que hay que estar predispuesto a escucharles y tratarles con respeto aunque no queramos participar de sus ofertas. De noche, sin embargo, la plaza se llena de candiles, música y humo que sale de las parrillas de los puestos de comida, que desde el atardecer centran toda la atención del espacio. Conviene sentarse a compartir mesa con oriundos y turistas en alguno de estos puestos, pues el género es fresco y sabroso y el precio asequible. Jemaa el Fna es como una enorme pista de circo. Un espectáculo que te arrastra hasta hacerte creer que formas parte de él como artista. Pero en realidad solo lo haces como un espectador que paga por alguno de los cientos de servicios que se ofrecen. Sobre la plaza flota un cielo estrellado y ligero que se aleja de la oscura bóveda que cubre las capitales europeas a causa de la contaminación lumínica. De ahí que la música étnica que tocan en directo las gentes de los poblados bereberes actúe como canalizadora de una espiritualidad que solo puede experimentarse en África; el firmamento, los olores, los sabores, el humo, la percusión, la imponente presencia del minarete de la mequita Koutoubia, los vendedores y captadores de clientes para los puestos de comida; una espiral de percepciones que abruman y maravillan por igual al viajero que pasea o intenta cruzar la plaza. Un delirio sensorial que, pese a todo, engancha.

El sistema cooperativo

En el islam la caridad es obligatoria para aquellos que gozan de cierta estabilidad económica. Es un precepto musulmán y uno de los cinco pilares de la práctica islámica. En consecuencia, la cultura musulmana ejerce una solidaridad sistémica que revierte en una suerte de colectividad o cooperativismo que funciona a distintos niveles. Uno de ellos sirve para ganar unas monedas a costa de los turistas. Veamos: algo muy habitual es que dos turistas despistados se pierdan en algún punto de la medina y saquen un mapa o su iPhone 7 con GPS para intentar alcanzar el riad o alguna salida. Nerviosos y agobiados mostrarán ademanes de preocupación y rostros cariacontecidos. Mohines de pánico y confusión que los habituales de la medina percibirán al instante. Es posible que, desazonados, busquen ayuda en algún comerciante, quien les dará vagas indicaciones de continuar hacia adelante para, acto seguido, llamar a un chaval a fin de que les siga y les conduzca al lugar que buscan. El chaval los llevará por callejuelas despojadas de turistas hasta que sientan desconcierto. Llegados a ese punto, solo les quedará confiar en el guía y pagarle algo por sacarles del laberinto. Una vez alcanzado el destino, el chaval pedirá más dinero y los turistas memorizarán la ruta a fin de evitar experiencias similares. Así es, a grandes rasgos, como funciona la suerte de cooperativa que opera en la medina; un sistema codificado de gestos y miradas, un circuito cerrado sin cámaras ni televisión, un gran hermano masivo, una hucha gigante donde cada moneda beneficia al colectivo. A este misterioso ambiente de novela de espías hay que sumarle la presencia de la policía turística de paisano, mucho más numerosa de lo que cabe imaginar. En la medina de Marrakech nadie pasa desapercibido. En ocasiones, cuando el viajero llega a una encrucijada y duda qué sentido tomar, aparece de inmediato alguien que le indica la dirección de la plaza Jemaa el Fna como si le hubiese leído el pensamiento. Una atmósfera de sospecha que añade al viaje un halo de misterio: la fantasía de los cuentos y leyendas árabes, con sus malvados genios y sus exóticas mujeres, con sus hechizos y sus curaciones milagrosas. Al fin y al cabo, todo este juego de observación genera en el visitante sensaciones que saltan de la fascinación al rechazo y de la alegría al miedo. Una paradoja provocada por el sobresfuerzo al que Marrakech somete a los sentidos.

La esencia de lo exótico

Se podrá replicar que en Marrakech todo está montado para el ocio vacacional de los occidentales y que cada día crecen las inversiones en la zona colonial y moderna para un turismo de resorts y spas de lujo, pero mientras persista la pobreza y la clase media marroquí continúe sobreviviendo con doscientos euros al mes, Marrakech seguirá perteneciendo al mundo de las civilizaciones antiguas; uno de los lugares más exóticos del planeta a dos horas de avión de Europa; una urbe alejada de los parques temáticos sobre el desierto en los que los petrodólares han convertido los Emiratos. Una vieja perla del sur que aún conserva su lustre.

Texto pubicado en el suplemento dominical de La Opinión de Zamora el 11/02/2018

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