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09/10/2019

Voy a iniciar esta crónica de presentación de una anécdota de Simón Bolívar en el Perú

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Voy a iniciar esta crónica de presentación de una anécdota de Simón Bolívar en el Perú, que me envió mi hija Isamar desde Costa Rica, casada con Peruano y conocedora de la historia de ese país, ya que vivió allí algunos años. Lo hizo porque yo escribí una crónica denominada “Reencuentro Gran Colombia” donde se resalta uno de los ideales del Libertador por los años 1818 -1819, de crear la Gran Colombia. (Reencuentro Gran Colombia 4/03/2019. Crónica enviada a Globedia.com.) Y mi última crónica fue “La negra Hipólita. Una lección de historia”, donde se resalta el cariño entrañable de un señorito de la época Colonial por su aya “La negra Hipólita” y ella, mi hija al escribir la anécdota resalta uno de los principios que tenia nuestro Libertador al no aceptar el racismo ni siquiera en un gran baile, el Libertador quería además reconocimiento a sus héroes y lo que más admira mi hija cuando escribe esa anécdota, es la gran amistad y el cariño que unió a estos dos grandes hombres, a Bolívar con José Laurencio Silva, y la fidelidad que como hermanos se profesaron.

                En el momento de la muerte del Libertador iba a ser enterrado con una camisa rota, José Laurencio Silva estaba en la quinta de San Pedro Alejandrino, donde murió Bolívar, y al enterarse que su amigo iba a ser enterrado con una camisa rota, quedó anonadado por la noticia y al oír al médico francés Dr. Próspero Reverend, exclamar: “Bolívar, aun cadáver, no viste ropa rasgada, si no hay otra camisa, voy a mandar por una de las mías”.(1) “Silva corrió a su habitación y buscó y rebuscó en uno de los cajones de su cómoda hasta que encontró una fina camisa que creía le pertenecía, pero antes de que lean la anécdota, yo voy a ampliar la historia de la camisa; la camisa no era de Silva, era muy fina, de holán con encajes, había pertenecido al cacique Mamatoco, el día que fue condecorado por Morillo. (Morillo lo visitó en su pueblo, le habló de Dios y del rey y le rogó que acudiera a una cita para entregarle una condecoración), el cacique compró camisa, levita y chaleco, se arregló y se presentó al Pacificador Morillo. Mas al recibir la medalla se sintió humillado y temeroso de la censura de su tribu, dejó los vestidos distintos a los de su raza en la casa de su amigo Don Francisco de Mier.”, casa donde se veló a Bolívar. Esa habitación, donde el cacique dejó esa ropa, fue ocupada por Silva y allí tenía sus pertenencias que se mezclaron con las del cacique. Esto lo considero una hermosa coincidencia ya que la camisa era, en principio, un emblema de amistad del último cacique con el dueño de la casa y los huéspedes de la Quinta de San Pedro Alejandrino. Además, representaba esta camisa la unión de las razas, la de los indígenas con un hidalgo español, dueño de la casa; pero sobre todo al ser llevada por Silva al féretro, creyendo que era su camisa, representaba su grandeza, su nobleza y su sagrada amistad hacia nuestro Libertador. En el libro de Hispano, en el Capitulo “Los Quijotes de la Libertad”, el escritor se expresa: “!Crueles ironías del destino!, un hidalgo español salva a Bolívar de las garras de Monteverde en 1812 y un hidalgo español le da hospitalidad a la hora de su muerte” (2)

“Qué genial fue nuestro Libertador”

El cuento de la camisa. Cornelio Hispano, en su escrito, menciona que esto está ajustado a la verdad, ya que en el minucioso inventario de los bienes que dejó el Libertador, no se hace mención de una sola camisa… Mi hija, opino yo, me envió ese escrito para motivarme, ya que en este mes no había escrito nada, he estado depresiva por las insólitas situaciones que se nos presentan en el día a día, en esta Venezuela distinta a lo que fue, pero realmente me animé a escribir nuevamente, sobre todo contenta de presentar otra lección de historia para tratar de cultivar el Patriotismo, como pide mi hija y que lamentablemente es tan mal entendido por el chavismo. Ahora los invito a disfrutar esta lección maravillosa de nuestra Historia y de la Historia del Perú.

Anécdota del Baile de Simón Bolívar con José Laurencio Silva y el racismo de la oligarquía peruana.

“Qué genial fue nuestro Libertador”. Durante la época colonial, se acostumbraba celebrar los días destinados a los santos con gran pompa, “quizás por ingenuidad o por imposición de la Iglesia Católica” se creía que esas fechas eran en las que debían celebrarse los cumpleaños. En octubre de 1825 llegó Bolívar a la Villa Real del Potosí, allí, prendado de los encantos de Joaquina Costa, firmó un decreto en el cual decía: “Prolongo mi estadía en Potosí hasta el próximo 28, para celebrar aquí el día de mi santo”. Esta decisión motivó un gran despliegue de recursos, la ciudad entera se engalanó para honrar su presencia. La noche del 27 se iniciaron los festejos con bailes populares en la Plaza del Regocijo y fuegos artificiales. Igualmente le ofrecieron al Libertador una serenata ejecutada con instrumentos de cuerda y luego con la música de la Banda Militar de Húsares de Colombia. La salida del sol del día 28 (día de San Simón), fue saludada con una descarga de artillería. A las nueve de la mañana hubo una misa en la Compañía de Jesús, y en la noche, los empleados de la Casa de la Moneda, ofrecieron un gran banquete en los salones más elegantes del edificio, en las instalaciones de las Arcas Reales. Allí estaba Simón Bolívar, vestido, no con su uniforme militar, sino con traje de fiesta: un elegante frac de paño negro, de corta levita, medias de seda, zapatillas de charol con hebillas de oro, corbata blanca, calzón corto de paño y por única condecoración, la Medalla de Washington, obsequiada por el Presidente de los Estados Unidos. Dos cosas llamaron más la atención de los presentes: Bolívar se había quitado las patillas y el bigote. Durante el famoso baile, Bolívar, como buen observador que era, se dio cuenta que las damas de la aristocracia no querían bailar con uno de sus generales, el General José Laurencio Silva, no por feo sino por su color oscuro. La sociedad aristocrática peruana no estaba acostumbrada a que sus níveas damas bailaran con hombres de color, como lo era la mayoría de nuestros soldados. Notable diferencia con los venezolanos que somos todos café con leche, unos más leche y otros más café. Apenas notó el rechazo, con prudencia, sin manifestar molestia alguna, mandó apagar la música, se colocó en el medio de la sala, y dirigiéndose al General Silva, en alta voz le dijo: “Gral. José Laurencio Silva, héroe de mil batallas y salvador de la patria, permítame el altísimo honor de bailar con Ud.”. Acto seguido, lo tomó por un brazo, lo llevó al centro de la sala y comenzaron a danzar como dos buenos amigos. El murmullo de los asistentes fue unísono. Ambos tenían fama de ser muy buenos bailarines, hasta que los aplausos opacaron la orquesta. Cuenta la Historia, que después de esa escena todas las damas se decidieron a bailar con el General José Laurencio Silva. Con este ejemplo solidario de Simón Bolívar, se ofrecía el reconocimiento de los méritos de uno de los muchos héroes que hicieron posible la independencia de nuestra América, fue tan grande la amistad que unió a esos dos hombres y la fidelidad que como hermanos se profesaron, que al momento de la muerte de El Libertador, José Laurencio estuvo a su lado y al notar que iba a ser enterrado con una camisa rota, corrió a buscar la mejor de sus camisas de seda y se la colocó a su gran amigo, El Libertador Simón Bolívar.

En el momento de la muerte del Libertador iba a ser enterrado con una camisa rota

Gracias por tu lectura y recuerda: “el patriotismo no se hereda, se cultiva”

Isamar Torrealba Suarez

 

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