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A pesar del blindaje mediático y constitucional, la envolvente de impudor y corrupción que acorrala a la casa real, hizo que la monarquía perdiese todo valor institucional, y que la república mas que una opción sea la solución

Del griego gobierno de uno solo, la definición de su propio origen explícita sin ningún género de duda  que  la  figura de la  monarquía es en esencia  la antítesis de la democracia, y lo es, porque su propia naturaleza  hace que en si misma tenga en su carácter inmortal el  principal problema político

Sin  embargo en los tiempos que corren, el monarquismo europeo, por estrategia de continuidad se ha desprendido del absolutismo de tiempos pretéritos renunciando a su  prerrogativas  de antaño para acomodarse  a la nueva modalidad de las  Monarquías Parlamentarias, figura  ideada  por  los ingleses en la que el Rey conserva exclusivamente un poder moderador y arbitral sobre las instituciones del Estado, y la máxima representación de la nación, es decir, cuando el monarca no gobierna, aun cuando  sí  reina.

De todos modos  de las  ocho monarquías parlamentarias existentes en Europa, la española es con diferencia  la  peor valorada de todas ellas, y lo es    porque quien decidió restituir la continuidad de la saga  borbónica no fue la herencia de sangre sino una determinación unilateral de Franco, quien designó a Juan Carlos de Borbón como su sucesor a través la Ley de Sucesión para posteriormente ser las cortes de aquel Régimen quienes aprobaran su proclamación  como Rey. Siendo por ello  que la actual  monarquía es desde su instauración   la legataria política  de la dictadura franquista.

El establecimiento  del  nuevo Régimen Monárquico tras cuarenta años  de franquismo represivo mas allá del tránsito plácido a la democracia  que se nos estuvo  vendiendo,   fue ante todo una planificada función  de travestismo político como pone de manifiesto la naturaleza totalitaria del cambio de jefe de Estado, pues que un dictador apoyado en su absolutismo   y tiranía imponga a dedo a su sucesor, en términos de representatividad está falto de toda legitimidad ética y democrática  por tratarse de una burda farsa donde se encubrieron  verdades y se implementaron falsedades.

Que se nos cuente que con la  Transición desapareció el franquismo  del poder al ser  reemplazado por las fuerzas democráticas surgidas tras las primeras elecciones no pasa de ser un leyenda para satisfacción de idiotas, pues la realidad por ser otra  difiere en los sustancial  de tal versión, porque lo cierto fue  que en ningún momento existió  vacío de poder, toda vez  que  los  poderes políticos, económicos y militares, que por aquel entonces  definían  y configuraban la naturaleza del Estado, continuaron en manos de los franquistas y por aquello de guardar las formas solo desapareció testimonialmente la iconografía del antiguo régimen  y la ostentación de su hegemonía.

Una monarquía cuestionada por su turbio enriquecimiento y continuos escándalos tiene agotado su recorrido, y por ello su continuidad resulta contraproducente para la estabilidad del país

Pero que  la   Monarquía sea herencia institucional del franquismo  no es por casualidad,   toda vez que la élite monárquica no dejó de  conspirar contra la República   desde el mismo instante en que se proclamó, hasta el extremo  de  ser uno de los puntales de la asonada  franquista  como lo confirma  su adhesión  al golpe de Estado. Y por si no fuera suficiente, para mayor  implicación,   decir  que  el propio Juan de Borbón se brindó  de forma reiterada  como voluntario  del alzamiento.

Con tales  lazos de relación resulta obvio  que si la  Monarquía hizo suya  la herencia política de Franco, también resultara  legataria  de la sistémica corrupción del régimen, un factor de dependencia  que lejos  de favorecer  que   la ejemplaridad cívica fuese la norma de conducta  de  la jefatura del Estado, propició justo lo contrario, es decir su implicación en el deterioro de la política y del conjunto de nuestra arquitectura institucional, hasta el extremo que los casos sucedidos en los últimos meses hicieron que a la  Casa Real  se le acumulase  el trabajo intentando desmentir ante los medios informativos  errores y desaciertos atribuidos al  Rey por  sus escándalos y directas conexiones con actos de corrupción.

Hechos que hacen considerar más  que nunca  la apertura de una  nueva etapa que suponga el relevo  del modelo de Monarquía parlamentaria por otra de forma política republicana, pues si el único argumento de defensa   para  que  la Corona  mantenga su continuidad  en nuestra sociedad  es su utilidad a esta, sobrar decir  que la perniciosa repercusión de sus actos  y  su carencia de ejemplaridad  son razones sobradas para un cambio inaplazable del modelo de Estado.

Una monarquía cuestionada por su confuso  enriquecimiento, sus escándalos y excesos tiene agotado su  recorrido, y por ello  su continuidad resulta contraproducente  para la estabilidad del país, tal es así, que el hasta ahora intocable  Rey y su familia perdieron la  aureola  de honestidad que tenían atribuida para convertirse  en el  principal   objetivo de las críticas de una ciudadanía harta  de sus desmanes y desenfrenos.

Cuando al engaño se le cae el disfraz y la realidad viene a delatar  que  tras  la imagen perfecta e idílica  de la familia  real es la  desestructuración quien marca la pauta, resulta patente  que la normalidad de la monarquía constitucional que representan es un todo ficticio, pues la inestabilidad inferida hace  que   sea inútil y  no sirva para nada; por cuanto el problema de imagen que actualmente arrastra la Corona ha derivado en una crisis irreversible que por responsabilidad política exige sin dilación su reemplazo por otro modelo sustitutorio  de Estado

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