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De persistir anclado en el neoliberalismo es materialmente imposible erradicar el desempleo, y tan solo con el impulso de políticas de crecimiento, el reajuste de los sectores productivos y la promoción empresarial se podrá efectivizar ese objetivo

El que ya era el mayor problema del país, con la entrada en escena de la COVID-19 se acentuó de manera exponencial, hasta el punto que de mantenerse la actual tónica de destrucción de empleo la tasa de paro a finales de año rondará al umbral del 22%, con tendencia a agravarse en mayor medida caso de una segunda oleada de la pandemia.

El impacto de sus efectos es de tal calibre que toma tintes excepcionales, hasta el extremo que en un trimestre el colapso ha hecho retroceder los indicadores laborales en una década, porque su impacto ha quebrado de origen las reglas del juego asimilándolas a un escenario bélico y esto obedece en gran medida a la terciarización de la economía que por conformar un patrón de crecimiento inadecuado acentúa en mayor medida la destrucción de empleo en estos momentos críticos.

Atendiendo a la última encuesta de población activa (EPA) que hizo pública esta semana el INE, el golpe asestado al mercado de trabajo sitúa el número total de ocupados en 18, 6 millones, lo que indica que en solo un trimestre se perdieron 1, 1 millones de empleos una cifra que no tiene precedentes equiparables en la serie estadística del país iniciada en 1976, en el que son habituales los ajustes laborales a base de destrucciones masivas de empleo.

La repercusión se hace mucho mayor si nos remitimos a datos efectivos de actividad, pues de no detraer el cómputo de los incluidos temporalmente en los ERTE, que la EPA considera ocupados a efectos estadísticos, el dato real de las personas que de modo efectivo han trabajado durante el periodo de hibernación de la economía se ha de cifrar en 13, 9 millones de empleos; lo que viene a indicar que la inactividad efectiva ha de cifrarse en 5, 7millones de afectados de los que el 81% provienen del sector servicios.

A la vista de tan alarmantes datos los sindicatos nos sorprenden al afirmar que no se puede sostener una situación fundamentada en la terciarización de la economía, pues ahora ante el tsunami de la covid -19 parecen entender la extrema vulnerabilidad del sistema por el excedido sobredimensionamiento del sector.

Al margen de la pandemia, los altos índices de desempleo persistirán en tanto la falta de solidez del actual modelo productivo imposibilite reorientar la situación hacia parámetro de racionalidad

Más allá de las ocurrencias de última hora, lo cierto es que ni los sindicatos ni las formaciones políticas se han implicado en afrontar el cambio necesario con la antelación debida, ni asumido que tan solo desde el impulso de políticas de crecimiento, reequilibrio sectorial y promoción empresarial se podía invertir la situación, cuando era harto sabido que el verdadero problema del mercado laboral no radicaba tan solo en el descomunal índice de desempleo que se generaba sino en la inviabilidad de su erradicación en el contexto que se producía.

Problema que al margen de la pandemia persistirá en tanto la falta de solidez del actual modelo productivo imposibilite reorientar la situación en positivo, toda vez que si ello los altos índices de desempleo subsistirán invariables, al menos mientras no se afronten soluciones acordes con las reformas estructurales de reordenamiento y diversificación de los sectores productivos; una asignatura pendiente, que además de su adversa influencia trae a remolque el lastre inducido que sobre la economía del país provocan las aciagas políticas neoliberales.

El covid-19 no hizo más que agravar la situación pero para su interpretación es obligado retrotraerse en el tiempo, trayendo a colación la transformación sufrida desde el segundo tercio del siglo pasado por nuestro modelo productivo, en el transcurso de dos fases entrelazadas, cuyo inicio parte del afianzamiento del neoliberalismo para completarse con la firma del Acuerdo de Adhesión a la CEE, resultando que en ambos casos los perjuicios repercutidos a nuestro ámbito productivo fueron ostensibles, y así, al tiempo que la consolidación del credo neoliberal imponía la desregulación del mercado laboral, de negativa influencia para el empleo, la incorporación de España al foro europeo, se tradujo en un descalabro de primera magnitud por el desmantelamiento que causó tal decisión en sectores estratégicos de nuestra estructura productiva y cuyos efectos persisten hoy en día pasando a ser el factor causante de que nuestra economía siga generando paro endémico.

De ahí el fracaso que representó para nuestro país el actual proyecto geopolítico y económico europeo, pues más que afrontarse en el contexto de un marco de convergencia real, la integración se realizó a través de una configuración forzada, habida cuenta que se llevó a término fusionando artificialmente países y empresas con sistemas productivos y niveles de competitividad contrapuestos; y lo que es más grave, imponiendo como concepción política la figura del neoliberalismo, que circunscrita a la prehistoria del pensamiento económico, empantanó a los países periféricos como España en una crisis de bajo crecimiento y alto desempleo, como consecuencia de las propias medidas de austeridad patrocinadas por el establishment neoliberal europeo y el FMI.

No es por generación espontánea como surge esta enrevesada situación, sino que la misma, es resultado de una trayectoria plagada de errores, llegando al extremo de refrendar a nivel de la Unión que los países del Norte, amparados en su primacía, activasen sus propias políticas de austeridad al tiempo de obligarnos a redoblar nuestro esfuerzo; acentuando una situación de desigualdad que al margen de otros aspectos, en materia laboral, propició una nueva fase de desmantelamiento empresarial y aumentó con ello de forma vertiginosa la tasa de desempleo.

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