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23/04/2011

Según TEPCO TOKIO, la radiactividad que se ha vertido al Pacífico desde la central de Fukushima-1 supera 20.000 veces los límites anuales que establece la ley

Sería sumamente apasionante rastrear y desvelar los pormenores del proceso por el cual la política ha ido convergiendo con las ciencias ocultas y se ha convertido en uno de los vástagos más robustos de esa rama del saber que más que una ciencia es una arte (el arte del hurto). Ya sabíamos que la política se ha transformado en el arte de decir menos cosas con el mayor número de palabras posible y de desviar la pelota, es decir, la atención del público, a asuntos tan banales y epidérmicos como el traje o la epidermis de los políticos y sus esposas y, en algunos casos, de las políticas y sus esposos, normalmente invisibles, aunque a veces hagan acto espectral de presencia en plan fantasma de la ópera para asistir en Bayreuth a la cabalgata de las valquirias, como es el caso del marido de la Merkel. Lo cierto es que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la política constituye en la actualidad una especie de cruce entre el arte de la cosmética y la ciencia de la ocultación o el ocultismo y que las universidades deberían cambiar el contenido de la carrera de Ciencias Políticas e impartir las siguientes materias: En primer y sobresaliente lugar, cosmética; es decir: maquillaje de rostros y maquillaje de cifras y en segundo lugar, habilidades esotéricas divididas en las tres ramas fundamentales de espionaje, diplomacia y lingüística; haciendo un especial hincapié en el caso de esta última en las figuras retóricas de la sinonimia, y el eufemismo. Pero no lo harán porque entonces la política sería un poco más transparente cuando en realidad constituye una materia opaca que refracta y rechaza cualquier tipo de luz completamente y sólo es vulnerable a los rayos x y los rayos gamma que traspasan todas las materias. En esta vida todo sale a la luz más temprano o más tarde y cuanto más tarde, de forma más dramática. La luminosidad terrorífica que despidió la Central de Chernobyl al hacerse añicos sacó a la luz de la forma más terrible años y años de ocultismo y secretismo político. Es en la oscura y siniestra proclividad de la mayoría de los gobiernos por las centrales nucleares y la tenebrosa atracción que sienten por este tipo de energía tan macabra donde se demuestra la verdadera naturaleza o anti-naturaleza esquelética o cadavérica del poder en nuestra época. Que la energía nuclear no resulta nada rentable es algo que ya sabíamos y que demostró palmariamente el mencionado accidente, pero se hará aún más evidente con el paso del tiempo, y lo descubrirán en sus carnes nuestros nietos, probablemente mutantes. La energía nuclear es carísima y su precio se paga en vidas y sufrimiento humanos. De hecho, hemos hipotecado con ella el futuro de forma tan escandalosa que nadie es capaz de decir hasta qué siglo tendrán que estar nuestros descendientes pagando los platos rotos o las centrales nucleares rotas. Pero eso a los políticos, acostumbrados a esconder la mierda (radiactiva) bajo la alfombra como las malas sirvientas, les da igual. Lo más notable es que también le da igual a la mayoría de la gente acostumbrada igualmente a esconder su propia mierda bajo la alfombra. No pretendo decir, por lo tanto, que los políticos sean peores que el resto de los mortales, ellos se limitan a dar la cara por el resto de los ciudadanos (que se limitan a poner el culo) y no son peores que nosotros, son nuestra expresión por así decirlo y la cara - maquillada - de circunstancias que le ponemos al mundo. Y así vamos todos con el rostro resplandeciente a base de maquillaje (que fue radiactivo un tiempo como los polvos de «Tho-Radia») y con el culo al aire esperando que la próxima ráfaga de viento no lleve a nuestro patio la radiación de Fukuyima, y que la lleve mejor al patio del vecino al que le dedicamos de vez en cuando una de esas sonrisas maquiavélicas que aprendimos de las hienas. Y es que en la fase adolescente, alocada y entusiasta de la investigación nuclear llegaron a sacarse a la venta productos de belleza radiactivos, pues todavía se desconocían los efectos perjudiciales para la salud del radio y otros siniestros elementos químicos. Se comercializaron hasta supositorios con radio para que los varones, especialmente, se los metieran por el recto; lo cual no resulta nada extraño, pues en el fondo todos queremos meternos la radiactividad por el culo los unos a los otros. ¿No será que en esto de la energía nuclear lo que seduce «secretamente» a tantos es precisamente su apabullante poder para sembrar la destrucción por todas partes y de joder a la gente? Yo por mi parte, a todo aquel que defiende la energía nuclear lo mandaría inmediatamente al psicoanalista para que sacara a la luz sus escalofriantes motivaciones ocultas. Porque una cosa es que todos andemos más o menos jodidos y cabreados y tengamos de vez en cuando impulsos homicidas, y otra muy distinta ir por el mundo erigiendo centrales nucleares para joderle la vida durante siglos a millares de personas; eso es como para que te encierren en una prisión de máxima seguridad de por vida.

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