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05/03/2016

¿Quién tiene mayor culpa, el empresario que corrompe, o el político corrompido?

El poder no corrompe. El miedo corrompe, tal vez el miedo a perder el poder.

John Steinbeck.

 

Obviando que ambas acciones son indudablemente inmorales, hace unos días mi jefe me pidió mi opinión acerca de este tema. Si tuviésemos que escoger a uno de los dos, entre empresario y político, la respuesta generalizada sería que el político es más culpable, pero ¿y si no tuviésemos que escoger?

Él argumentaba que ambos son igualmente culpables, ninguno más y ninguno menos que el otro. Igual de mal está ofrecer un soborno como lo está el aceptarlo, en la medida de que una acción no tiene consecuencia sin existencia de la otra.

Sin lugar a dudas, en el punto de vista de la ética, tanto el empresario como el político infringen indistintamente las normas morales, sin grados, ambos incumplen con lo socialmente aceptado, y por ende ambos tienen la misma culpa.

El objetivo del empresario es maximizar el valor de su compañía y el del político es luchar por el bien común, y en el último caso, la corrupción es contraria a dicho objetivo

Sin embargo, yo argumentaba que a pesar de que ambos infringen la ley y que dicha infracción es cuantificada de la misma manera para los dos (como ya se ha visto), es el político el que, desde un punto de vista académico, debe tener un mayor cargo de conciencia, de transgresión social, de infracción legal o como queramos llamarlo, en tanto que el objetivo del empresario es la maximización del valor de su compañía y el ofrecer un soborno a cambio de un beneficio empresarial o un trato favorable en el mercado en cualquier manera, va encaminado a dicho objetivo (por muy inmoral que sea).

No obstante, la misión del político es la consecución del bien común. Los ciudadanos le han otorgado democráticamente el poder para representarles a nivel institucional, y la aceptación de un soborno para favorecer a una o varias empresas privadas no sólo no es consecuente con su misión, sino que es totalmente contraria a ella. El político renuncia al bien social para dar prevalencia a su bien particular.

Como bien se dijo al comienzo del artículo, tanto el político corrompido, como el empresario que corrompe son igualmente repudiables, pero bien es cierto que este tema es aún a día de hoy cuestión de discusión social. Será tarea de cada uno escoger con qué punto de vista decide medir la corrupción.

 

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