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13/03/2018

Los rusos (los que mandan, se entiende) le han hecho un favor a Armando Iannucci con los impedimentos que han colocado al estreno de la película de ese escocés hijo de italiano y oriunda de Glasgow que evidentemente ha mamado desde su más tierna infancia el humor británico, especialmente en lo que a la política se refiere.

Según cuenta el mismo Iannucci, fue leer la novela gráfica escrita por Fabien Nury y dibujada por Thierry Robin y sentir las ganas de llevarla al cine; que haya coincidido su estreno casi como un aniversario se entenderá como una casualidad pues hace sesenta y cinco años que falleció Stalin y por descontado que ni la novela gráfica ni la película tienen intención de convertirse en una elegía dedicada al dictador soviético.

La novela gráfica apareció en Francia en octubre de 2010 en un primer volumen de sesenta páginas y concluyó en mayo de 2012, con una segunda parte de semejante extensión. Desde entonces se adquiere en un volumen, tal como se presentó en estos lares hace poco más de dos años.

Iannucci junto a David Schneider, Ian Martin y Peter Fellows, todos ellos viejos conocidos y colaboradores en anteriores proyectos se inspiran directamente en el tebeo y escriben un guión que podríamos adjetivar clásico en la línea mordaz y sarcástica que contempla el estamento político con la cercanía propia de un cirujano armado de afilado bisturí para cortar por lo sano y sacar tajada de unos hechos que se basan en la historia del siglo pasado, añadiendo al guión de la novela gráfica algunas perlas que provocarán cuando menos la sonrisa cómplice sin que por ello se dulcifique la trama ni se resienta la feroz crítica.

The Death of Stalin (La muerte de Stalin, 2017), última película de Armando Iannucci es una pieza que de antemano provocó en sus creadores la sensación que no iba a dejar indiferente a nadie y evidentemente ésa ya es una virtud rara en las pantallas de cine actuales, tan llenas de guiones anodinos rodados con muchas ínfulas y escaso talento las más de las veces aunque el cinéfilo avisado en este caso acude al cine provisto de la grata experiencia que supuso en 2009 el visionado de In the loop en la que los tortazos se reparten por igual entre británicos y estadounidenses. No es el caso de la presente, dedicada absolutamente a recrear ficticiamente (eso aseguran) los hechos acontecidos en torno a la fecha del súbito fallecimiento de Stalin.

Dado que la película se estrenó el otoño pasado, el espectador que pretenda informarse antes de acudir a la sala de cine hallará sin duda críticas abundantes en el mundo anglosajón (en USA se acaba de estrenar al tiempo que en España) y a grandes rasgos se pueden dividir, de entrada, en dos clases: las que se quejan de la falta de rigor histórico y la falta de compromiso político al dejar inadvertido el aspecto genocida de Stalin y las que pasan de la historia y se dedican a glosar la película. Estas letras, por falta de conocimientos históricos acerca de la muerte de Stalin y la lucha por su sucesión y por convicción propia de quien suscribe se van a dedicar al aspecto cinematográfico, que no por ello abandona los personajes recreados a su suerte, presentándolos bajo un prisma que apunta a la caricatura mínima sin desfigurar la esencia de unos tipos que ya pertenecen a la historia, una historia que cada quien cuenta a su modo y manera y que Iannucci apoya firmemente en la novela gráfica referida dándole su particular toque.

El humor británico siempre ha tratado al especímen político con poca consideración y se ha cebado oportunamente en el más nimio aspecto criticable, en ocasiones con saña y crueldad pero también con elegancia no exenta de humor corrosivo. Iannucci y sus amigos se emplean a fondo con la camarilla del Comité que mandaba en la Unión Soviética hace sesenta y cinco años y los exponen a la luz pública bajo una lupa no tan distorsionada y surrealista como la que hubiesen usado los del Monty Python pero no por ello exenta de una impiedad que intenta desnudarlos ante todos los espectadores para elevar el tiro y apuntar más allá de unas gentes que confabularon hace ya tantos años, en la conciencia que lo mismo que se dice que la historia se repite, para bien o para mal, los sujetos que influyen en los hechos históricos tienen, pasado el tiempo, quienes les emulen en su comportamiento más allá de supuestas ideologías.

No he tenido ocasión de leer la novela gráfica (de la que no sabía su existencia) pero buscando sus referencias compruebo la finura de Iannucci al aplicarle su tratamiento caústico por medio de la ironía cómica, visible en los primeros compases de un metraje de hora y tres cuartos que pasan en un santiamén: el inicio de la historia retrata el poderío de Stalin: está repasando las últimas listas de la postrera purga a aplicar a amigos, enemigos y conocidos varios mientras escucha en la radio el Concierto para piano nº23 de Mozart y de repente el director de la emisora recibe el encargo de llamar a un número de teléfono al cabo de diecisiete minutos exactamente: llama y es Stalin que le dice van a ir a buscar la grabación del concierto, que le ha gustado mucho. Lo malo es que, como era emisión en directo, no había grabación. Pánico. Solución: volver a tocarlo y grabarlo.

Podemos ver ése arranque tal cómo fue pergeñado por los autores de la novela gráfica:

Iannucci le añadirá unos toques de humor que enriquecerán el relato y reforzarán la descripción de todos los personajes, demostrando de paso cómo un director de cine es capaz de tomar como perfecto storyboard una novela gráfica de altura y ofrecer un producto cinematográfico que va más allá y no tan sólo por el cambio de la cinética estática por el movimiento enloquecido, que no es el caso.

Y así como en la lectura el ritmo lo marca la pasión del lector, en el cine es el director, auxiliado por el montador, quien ha de imprimir la velocidad ajustada y en esta película, mucho más que en la anterior, Iannucci acelera que da gusto: no hay un minuto de descanso, no hay tiempo para carcajearse tranquilamente, porque ya está dando caña otra vez, sin parar, sin desfallecer. Y no es un correcaminos en absoluto: no hay precipitación en el discurso: hay precisión y mucho mimo, mucha atención al detalle más nimio, tanto físico como residente en unos diálogos ametrallados en los que las parodias y las ironías juegan papel protagonista, como cuando Kruschev frente a una burla por comparecer ante el caído Stalin llevando todavía el pijama en lugar de camisa, replicará que él ha acudido de inmediato y no tomándose el tiempo necesario para bañarse en colonia.

La muerte de Stalin, ocurrida al poco de haber sufrido un ataque cerebral o una embolia, sin poder recibir asistencia médica de primera mano porque pasó horas encerrado en su cámara acorazada, provocó toda suerte de movimientos políticos interesados en su sucesión y todos sabemos quien se hizo cargo de la U.R.S.S. y lo que les pasó a algunos, pero lo que realmente ocurrió es objeto de la ficción en la que las ambiciones políticas se mezclarán con las prisas de adelantar al contrario porque ¡ay! llegar tarde puede representar perderlo todo, incluso la vida. Los políticos y sus intereses personales combinados con un pueblo masificado que oscila entre los que adoran al "padrecito" y los que le odian como consecuencia de alguna "purga" juegan en apenas cinco días un partido en el que alguien vencerá y alguien acabará en el polvo, literalmente.

Iannucci no pretende aleccionarnos y toma la decisión correcta porque aquellos días históricos merecen una atención detallada que el cine no puede prestar a menos que nos movamos en el género documental y no es el caso: la pretensión es clara: sacarle punta a lo sucedido, llamar la atención sobre ello y aprovechar para reírse de los políticos a menudo endiosados y por el camino ponerlos a nivel del suelo y dejarlos en ridículo.

Eso sí: con absoluta seriedad: ya sabemos que el humor es cosa muy seria y no hay que tomarlo a coña, porque entonces se convierte en indigesto y de eso sabemos mucho por aquí: Iannucci hila muy fino y tiene la suerte de contar una vez más con Sarah Crowe como directora de reparto, porque hay ahí, en ese largometraje, una colección de intérpretes que usualmente se ocupan de personajes secundarios en el cine (y protagónicos en las series televisivas) que ofrecen un trabajo insuperable aprovechando el más mínimo apunte de unos personajes dotados todos ellos de gracia, de oportunidades de lucirse que nadie pierde, una sinfonía coral de primera calidad, un reparto que agarra la metafórica bomba de mano y se la van pasando los unos a los otros con una precisión y celeridad que merecen, desde luego, su degustación en versión original, aunque advierto que los subtítulos van a toda castaña y hay que estar muy acostumbrado porque, amigos, esta película bebe directamente de las mejores comedias políticas, permaneciendo Iannucci como un más que digno representante de tan reducido sector cinematográfico. Mejorable, sin duda, pero inapelable juguete cómico que ocupa el lugar del bufón que entre risas y chanzas apunta con su dedo los defectos y vicios del político, quizás mejor definido politicastro.

En definitiva, una película recomendable, de visionado obligado para cualquier cinéfilo que pretenda disfrutar de un guión inteligente, una reconstrucción histórica inventada y muy bien ambientada, unas interpretaciones de verdadero lujo y un ritmo sobresaliente, sin momentos bajos: todo ello compone una pieza cinematográfica inusual en los tiempos que corren. Imperdible. Véanla y eviten los tráilers de youtube.

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