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Con la entrada en la nueva década, hemos de reflexionar sobre cuáles han sido las bases de la doctrina política desplegada por Rusia en los últimos veinte años, y qué desafíos para el sistema internacional representará el nuevo modelo ruso

Adrián Romero Jurado

17/01/2020

Cuando las aguas están tranquilas, resulta más fácil navegar por ellas. Hace un par de días el gobierno ruso renunciaba de manera unánime, permitiendo a Vladimir Putin abordar las reformas constitucionales necesarias para que, tal y como señalaron de forma precipitada ciertos medios internacionales, pudiera asegurar su liderazgo político más allá del fin de la legislatura en 2024.

Ahora que el viento de levante sobre las deliberaciones del futuro político en Rusia parece haber amainado, es cuando deben abordarse con mente fría dichos acontecimientos. Aunque no resulta descabellado contemplar la acción como una estrategia política, pues si observamos la carrera del dirigente ruso vemos cómo ha alternado sus períodos como primer ministro y presidente para mantener su liderazgo ejecutivo, debemos resultar cautos con los supuestos de su nueva medida, la cual a pesar del bombo internacional que ha ocasionado, apenas supondrá un cambio sustancial de la Constitución vigente del 93. Siendo esta cuestión objeto de análisis político, tal vez sea necesario reestructurar la mira en el foco de la cuestión, pues ciertamente este cambio tampoco parece guardar una nueva reestructuración del modelo político actual.

Putin es un dirigente convencido de cómo el ejecutivo ruso debe tener un valor prominente sobre el legislativo, herencia que parece no haber sido apenas alterada desde los zares a la Unión Soviética, entendiendo cada una con sus correspondientes particularidades, como es de suponer. Siendo un consabido líder que ya va camino de los setenta, y con cerca de dos décadas al mando del país más extenso del mundo, resulta necesario abordar cómo ha ejercido su labor en los primeros compases de un siglo que vemos repleto de desafíos, en gran medida por ser la época que nos ha tocado vivir, y por cómo nuestra percepción nos lleva a creer que todo tiempo pasado fue mejor que el presente.

Cuando el «sueño socialista» acabó abruptamente, pero no de manera sorpresiva, en 1991, Rusia heredaba un país carcomido por la crisis económica e inestabilidad política. A finales de los 90, el PIB de la Federación Rusa representaba algo más de un tercio del Producto Interior Bruto de 1988. Este retroceso se podía explicar en parte por la pérdida de territorio y de sus correspondientes recursos con la disolución de la Unión Soviética y la formación de las denominadas «repúblicas exsoviéticas». A esto había que sumarle la devaluación del rublo en 1998, lo que relegaría a la nación a finales del siglo XX al segundo plano en el liderazgo internacional, en aquel entonces dominado por el efímero espejismo de estabilidad y hegemonía estadounidense.

La pérdida de dominio limitó la política exterior rusa a establecer un cordón sanitario que pudiera frenar el avance de aquellas organizaciones internacionales cuyas posturas pro-Estados Unidos tanto incomodaban al Kremlin -véase la OTAN-, incluyendo a la Unión Europea entre sus preocupaciones. A fin de cuentas, no son pocas las veces que Putin se ha referido a Europa como ese ente maniatado por el país norteamericano, la cual mira con la condescendencia que un adulto tendría observando a un niño que trata de alcanzar el tarro de las galletas.

Es quizá este caso el más interesante, y al mismo más olvidado, para ser analizado. Desde su llegada al poder, Vladimir Putin ha considerado Europa como ese «otro» al cual la nación rusa no ha de pertenecer, considerando que la nomenclatura «europeo» y todo lo que representa corresponde exclusivamente a Occidente. Aunque Putin siempre ha tratado de evadir ser acusado de enemigo del modelo occidental, pues los ecos de la Guerra Fría son analogías que bajo su percepción deben ser superadas, es innegable que en más de una ocasión ha ejercido como incómodo aliado del antiguo bloque, cuando no claro opositor de sus políticas. Al igual que China contempla una serie de intereses fundamentales que todo país que desee establecer relaciones diplomáticas duraderas con Pekín debe respetar, Rusia ha guardado una postura semejante al oponerse radicalmente a la continua expansión de los miembros de la OTAN, especialmente hacia el este, considerando a la organización como una remanente de la Guerra Fría que busca constreñir al régimen de Moscú. Así lo indicó el escritor Tariq Ali en una entrevista a la BBC en abril de 2014:

«Putin siempre se opuso a la expansión de la OTAN. Las élites rusas siempre pensaron que (los expresidentes rusos) Yeltsin y Gorbachov habían dado demasiado espacio a Occidente, hacia el que siempre habían sentido hostilidad»

 Putin y Medvédev

Vladimir Putin (izquierda) junto al ex primer ministro ruso Dimitri Medvédev, quien renunciaría el 15 de enero de este año tras las reformas propuestas por Putin. Fuente: AP.

Las peculiares políticas «nacionalistas» rusas (...) han dado a parar con un mandatario que se mueve al ritmo del proyecto Eurasia, en lo que parece ser un destino manifiesto «a la rusa»

De este modo, la política internacional de Vladimir Putin ha buscado nuevos caminos, entre los que se encuentra una nueva consideración nacionalista que deberíamos tener en cuenta en esta nueva década que acontece al futuro de Rusia. El concepto de «Eurasia», cuyo significado no solo abarca el sentido geográfico, también cultural y hasta étnico, entiende a Rusia como una nación cuya posición entre dos continentes le ha conferido una identidad genuina que no puede compararse con la europea o asiática. En sus postulados ofrecería una «tercera vía», cuando no una «cuarta teoría política», en contraposición a dos posturas antagónicas que se han venido desarrollando en el país desde el final de la Unión Soviética. En su desafío al encaprichamiento de los modelos occidentales que ciertos reformistas rusos abordaron tras la disolución de la URSS, sumando también a su crítica las medidas de los contrarios a la reforma -conservadores nostálgicos del inmovilismo soviético- el eurasianismo como movimiento político pretende romper con los conflictos ideológicos que ambos modelos sumieron al país en los 90. La ruptura de la unidad nacional rusa, unida a la concepción de cómo su realidad ya no era abordada por los mismos rusos, sino desde Occidente, resultaron claros condicionantes para generar una necesidad de revalidar las bases de una nueva conciencia nacional. Cuando un país ve cómo sus principios culturales e históricos resultan violados de manera flagrante en un corto período de tiempo, la vuelta hacia los valores originales resulta en un clásico de la sociedad humana, con todo lo que ello conlleva.

Por ejemplo, si hablamos de los fundamentalismos islámicos, Fathali M. Moghadam, profesor de psicología en la Universidad de Georgetown, explicaba en un discurso para el Senado de Estados Unidos en 2008 cómo ciertas comunidades musulmanas en Oriente Próximo cada vez se sentía más privada de su identidad y relaciones fraternales ante una falta de representación de sus gobiernos. Estos, comandados por líderes dictatoriales que silencian a la oposición democrática, se unía a un tratamiento por los medios internacionales, generalmente dirigidos desde Occidente, como ciudadanos de segunda clase. Sumándose a los grupos democráticos silenciados por los gobiernos, el nacimiento de una ideología extremista que instrumentaliza al Islam como es el yihadismo, se ocupa el hueco que deja libre la oposición acallada, fomentándose una vuelta radical de los valores originales para defender aquello que les define, aunque ello deba ser equivalente a realizar acciones terroristas. De lo contrario, se arriesgan a ser absorbidos por el ideal Occidental que, además, con sus intervenciones en Oriente Próximo (Irak y Afganistán) han mostrado un modelo de exportación de democracia por vía armada que no es considerado como una opción preferente por las comunidades de la región. Del mismo modo, la Rusia de Putin pretende desprenderse de cualquier vínculo que pueda asociarla con aquella Europa maniatada por Estados Unidos, defendiendo a toda costa su valor genuino. Así ha pretendido establecer su enfoque internacional desde que fuera nombrado presidente de la Federación en 1999.

Ejemplos sobre esta posición neo-eurasiática, puesto que las bases del movimiento se remontan a teorías intelectuales de hace más de un siglo y que fueron posteriormente reconvertidas por ideólogos como Aleksandr Duguin, encontramos de forma asidua en sus intervenciones y acciones. Casos como Ucrania juegan un papel tanto controversial como esencial en el enfoque de su doctrina hacia terreno internacional, donde la anexión de Crimea fue un claro mensaje lanzado desde Moscú hacia Europa a la hora de señalar la línea roja que no debía resultar sobrepasada en pos de la consecución de su nuevo proyecto euroasiático. En esencia, sus movimientos cada vez han tendido más a girar en torno a este pensamiento, aunque lo relevante de la teoría es su gran adaptabilidad para adaptarse a la situación, otorgándole una posición ideológica privilegiada al poder oscilar desde el fascismo hasta el bolchevismo. El eurasianismo formaría así parte de esas nuevas ideas revisionistas del orden internacional liberal impuesto por Washington, y al que se le une al grupo la indefinible doctrina china, un modelo que no puede asemejarse a ningún otro, pero que definitivamente también se postula como claro detractor del sistema actual.  

Teniendo esta realidad en mente, debemos recordar que Putin es un líder astuto, donde el crecimiento económico que experimentó el país en los primeros años de su presidencia le granjearon suficiente popularidad para seguir reforzando su posición en el poder. Aunque el país accedió a sacrificar su libertad civil a cambio de la prosperidad al centrar el sector en la explotación de combustibles fósiles durante una época de auge en los precios de los hidrocarburos, es inevitable que a largo plazo el envejecimiento demográfico, con la consecuente pérdida de población, así como el estiramiento hasta el colapso de las líneas de exportación, lo cual ya ocurrió en 2014 con la caída del precio del barril, puedan generar tarde o temprano una nueva crisis económica. A esto se le suman las sanciones que la Estados Unidos de Trump impuso prácticamente desde el inicio de su presidencia uniéndose a aquellas emitidas por Europa ante la anexión de Crimea, lo que hizo temer a los expertos de una nueva recesión. Sin embargo, Putin no se ha desanimado por las amenazas económicas esgrimidas desde Occidente. en una sesión de preguntas y respuestas en el programa ruso «Línea Directa» para canales televisivos y de radio como Rossiya 1, afirmaba lo siguiente:

«Si queremos ocupar un lugar digno bajo el sol, debemos ser más fuertes, ante todo, económicamente».

 Vladimir Putin en el programa «Línea Directa» (junio 2019).

Vladimir Putin durante el programa anual de preguntas y respuestas «Línea Directa» en su decimoséptima edición (junio 2019). Fuente: Reuters.

En esta situación, las peculiares políticas «nacionalistas» rusas, que en absoluto deben entenderse desde la percepción que se le dio en Europa, y que pasaron a ser el patrón político que arrastraría el país a lo largo de las generaciones con cada revolución, han dado a parar con un mandatario que se mueve al ritmo del proyecto Eurasia, en lo que parece ser un destino manifiesto «a la rusa».

Cuando estuve en San Petersburgo en 2016 pude contemplar una curiosa dicotomía. Cerca de las obras del impresionante Estadio Krestovski, sede de la Copa Mundial de Fútbol de 2018, vi por vez primera las conocidas como «Kommunalka», grisáceas viviendas comunales del período soviético que hacinaban a decenas de familias en un mismo bloque, muchas de las cuales aún hoy coexisten en habitáculos de un tiempo pasado. Del mismo modo, el movimiento euroasiático defendido por Putin pretende mostrarse como esa «cuarta teoría política» que pretende superar cualquier doctrina previa, mostrándose al mundo como un modelo singular, al igual que representa la innovativa figura del Krestovski una novedad para la clásica arquitectura de San Petersburgo. Sin embargo, al igual que las «Kommunalka» actuales, en su estructura no posee un cambio significativo más allá de una reconversión del enfoque político, pero manteniendo en todo caso la búsqueda por recuperar la identidad genuina de su nación, cuya crítica al modelo vigente es un añadido más al desafío de un orden mundial que debía reinterpretarse incluso antes de entrar al nuevo siglo. Entretanto, los pasos que dará Rusia en esta nueva década deberán medirse con cautela y especial atención, sin olvidar en todo caso la peculiar visión que actualmente posee sobre las relaciones internacionales y sobre sí misma, con un líder político que, como ya avisaron de forma precipitada esos medios de comunicación que ciertamente no se encuentran tan desacertados, difícilmente va a abandonar su puesto.  

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