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imageConservadores y progresistas por igual dedicaron el siglo XX a discutir sobre principios políticos universales. El mundo no es tan maleable: incluso en una era digital hiperconectada, las élites luchan por mantener el apoyo al globalismo frente a una marea de movimientos nacionalistas, populistas y separatistas. Los libertarios deberían aceptar esta realidad y rechazar el universalismo a favor de la opinión moral y prácticamente superior de la autodeterminación radical.

Durante décadas nos hemos visto condicionados a creer que el mundo se está haciendo más pequeño y que por tanto el globalismo es inevitable en todas sus formas. La comunicación instantánea, el acceso barato a la información digital, el comercio global y los viajes baratos se combinarían para demostrar de una vez por todas que la nacionalidad, la geografía, la cultura, el lenguaje, la etnicidad e incluso la historia importan mucho menos que una humanidad compartida.

Dada esta inevitable realidad, las viejas maneras de vivir quedarán a un lado en un mundo hambriento de modernidad. El sufragio universal, un artículo de fe en un mundo postmonárquico, dará a las socialdemocracias robustas redes de seguridad, capitalismo regulado, protecciones legales para mujeres y minorías y normas ampliamente aceptadas con respecto a asuntos sociales. Las concepciones occidentales de los derechos civiles se extenderán por todas partes, con la tecnología sobrepasando las viejas fronteras de los estados nación. Tanto los progresistas como los conservadores comparten esta visión, aunque los primeros destacan un estado administrativo supranacional ("un gobierno mundial") mientras que los segundos se centran en acuerdos comerciales gestionados globalmente bajo los auspicios del derecho internacional.

El universalismo proporciona las bases filosóficas para el globalismo. Pero no proporciona una vía hacia la libertad. Los libertarios, que quieren un mundo no político organizado en torno a la sociedad civil y los mercados en lugar del estado, tiene la responsabilidad de advertir acerca de esta explicación inevitablemente estatista. El globalismo no es libertad: por el contrario amenaza con crear un nivel de gobierno completamente nuevo. Y el universalismo no es derecho natural: de hecho a menudo está directamente en oposición con la naturaleza humana y la (verdadera) diversidad humana.

Aun así muchos libertarios han asumido la letanía del universalismo. Llamadas al reconocimiento global de derechos basados en el individualismo liberal y la promoción de un mal definido "cosmopolitismo libertario" sugieren el mismo tipo de arrogancia universalista que imagina un destino inevitable para la historia humana. Una forma de universalismo libertario se encuentra detrás de la creación de organizaciones internacionales como la Atlas Network, igual que está detrás del impulso por argüir a favor de la "tolerancia" occidental y el constitucionalismo ante la naciente Asamblea Nacional Iraquí. Está detrás de la acusación de que el apoyo de Ron Paul a la secesión y los derechos de los estados no es libertario.

Indudablemente hay principios normativos universales que se encuentran en el libertarismo, especialmente en el libertarismo del derecho natural. Todos los humanos tienen derecho a la soberanía sobre sus cuerpos físicos y mentes, derecho a poseer propiedad justamente adquirida y a asociarse (o desasociarse) libremente con otros. La autopropiedad y los derechos de propiedad son las ideas centrales del libertarismo.

Pero muchas partes del mundo están de acuerdo con estas ideas, lo admitan o no. Normas sociales, actitudes culturales o prescripciones políticas universales se venden muy mal más allá de Occidente. Mientras que los libertarios pueden condenar universalmente la esclavitud y el colectivismo autoritario, es bastante distinto sugerir como tienen que organizarse políticamente otras sociedades. Pero un universalismo coherente obliga a esto. Derechos de los gays en Estados Unidos significa derechos de los gays en Arabia Saudita, fronteras abiertas en Alemania significa que Mónaco debe también abrir sus puertas a los refugiados y portar armas a la vista al estilo de Texas es la receta que Francia necesita para impedir otro Bataclan. Si la intervención militar de Estados Unidos está justificada en Ruanda, debe estar justificada en Siria. ¿Cómo puede un libertario universalista argumentar otra cosa?

El problema fundamental del universalismo es que en realidad en muy pocas cosas hay un acuerdo amplio. Los universalistas exhiben un tipo especial de arrogancia, que huele a neocolonialismo: la insistencia en que otros deben creer lo mismo que yo una vez que les mostremos la evidente superioridad de nuestro pensamiento.

Pero los seres humanos a menudo no solo no creen lo que queremos que crean: tampoco actúan como se espera. Las acciones, de hecho, tienden a ser constantemente singulares. Así que el universalismo, ya sea político, económico cultural, plantea un problema que Ludwig von Mises identificaba hace décadas: es colectivista e inviable dentro de un marco praxeológico:

La filosofía del universalismo ha bloqueado desde tiempo inmemorial el acceso a la comprensión satisfactoria de problemas praxeológicos y los universalistas contemporáneos son completamente incapaces de encontrar una aproximación a estos. El universalismo, el colectivismo y el realismo conceptual ven solo totalidades y universalidades. Especulan sobre humanidad, naciones, estados, clases, acerca de la virtud y el vicio, lo correcto y lo incorrecto, sobre clases enteras de deseos y de productos.

El universalismo no solo no consigue explicar la acción humana individual, también presupone alguna forma de árbitro superior, ya sea una deidad un estado:

El problema esencial de todas las variedades de la filosofía social universalista, colectivista y holista es: De qué manera identificó la ley verdadera, el auténtico apóstol de la palabra de Dios y la autoridad legítima. Pues muchos afirman que la Providencia les ha enviado y cada uno de estos profetas predica un evangelio distinto. Para el creyente no puede haber ninguna duda: tiene plena confianza en que ha aceptado la única doctrina verdadera. Pero es precisamente la firmeza de dichas creencias la que hace irreconciliables los antagonismos.

Como Explicaba recientemente Joe Salerno, al rechazar el universalismo, Mises veía por el contrario la autodeterminación como el mayor fin político. Cuanto más pequeña y más localizada sea la unidad política, más capaz será el individuo de vivir bajo términos políticos aceptables para él. Para Mises, esto no era solo cosa de consideración cívica, sino algo necesario para evitar directamente guerras civiles y derramamientos de sangre:

El derecho de autodeterminación con respecto a la cuestión de la membresía en un estado significa por tanto: siempre que los habitantes de un territorio particular, ya sea un solo pueblo, todo un distrito o una serie de distritos adyacentes, hagan saber, mediante un plebiscito realizado libremente, que ya no desean permanecer unidos al estado al cual pertenecen en ese momento, sino por el contrario desean formar un estado independiente o unirse a algún otro estado, sus deseos tienen que ser respetados y cumplidos. Esta es la única manera viable y eficaz de evitar revoluciones y guerras civiles e internacionales.

El derecho de autodeterminación del que hablamos no es el derecho de autodeterminación de las naciones, sino más bien el derecho de autodeterminación de los habitantes de todo territorio lo suficientemente grande como para formar una unidad administrativa independiente. Si fuera posible de alguna manera conceder este derecho de autodeterminación a toda persona individual tendría que hacerse así. Es inviable solo debido a consideraciones técnicas limitantes, que hacen necesario que una región sea gobernada como una sola unidad administrativa y que el derecho de autodeterminación se restrinja a la voluntad de la mayoría de los habitantes de áreas suficientemente grandes como para ser consideradas unidades territoriales en la administración del país.

En otras palabras, la autodeterminación es el objetivo político definitivo. Es la vía a la libertad, aunque sea imperfecta. Un mundo de 7.000 millones de individuos autogobernados sería lo ideal, pero sin llegar a eso deberíamos preferir los Liechtenstein a las Alemania y los Luxemburgo a las Inglaterra. Deberíamos preferir los derechos de los estados a la federalización en EEUU y alegrarnos por la ruptura de la UE. Deberíamos apoyar movimientos separatistas en lugares como Cataluña y Escocia (siempre que sean orgánicos y no impulsados por los estados y sus agencias de espionaje). Deberíamos admirar el sistema federalista suizo en la que el localismo es un principio gobernante. Deberíamos estar a favor del control local por encima de los parlamentos y cuerpos administrativos lejanos y por tanto rechazar los acuerdos multilaterales de comercio. Deberíamos, en resumen, preferir lo pequeño a lo grande en lo que se refiere al gobierno.

¿Puede un estado local pequeño ser igual o menos liberal que uno grande y distante? Por supuesto, aunque la historia a menudo demuestra otra cosa. El principio misesiano permanece: la mayor posibilidad de libertad se produce bajo normas realizadas por la unidad administrativa más pequeña cercana posible al individuo. Cada nivel superior del gobierno atenúa la capacidad del individuo de efectuar (o afectar) a dichas normas.

Descentralización, secesión, subsidiariedad, localismo y anluación son las herramientas para una mayor autodeterminación y por tanto para una mayor libertad. Estas herramientas, y no los tópicos universalistas, deberían estar disponibles para los libertarios que traten de defender un mundo más libre.

Aparte de los libertarios, hay señales esperanzadoras de que tanto la izquierda como la derecha política están viendo las pintadas descentralizadoras en la pared.

Los progresistas vieron cómo su mundo se sacudía profundamente con el éxito de la campaña del Bréxit y la elección de Trump por encima de la hiperglobalista Hillary Clinton. Reaccionaron de manera previsible: el poder centralizado de Washington de repente era algo a temer y a resistir a toda costa. Los magnates de Silicon Valley empezaron a hablar seriamente de un Calexit, los alcaldes de Nueva York a San Francisco reclaman un ciudades santuario y desobedecer las órdenes federales y el presidente del Partido Demócrata declaró 2017 el verano de la resistencia. Esta no parece gente que crea en la santidad de las elecciones o que acepte los poderes del ejecutivo unitario cuando gana la persona incorrecta.

Pero como libertarios deberíamos aplaudir esto. Podemos llamar hipócritas a los progresistas, y lo son, pero tienen razón en que el voto no confiere ninguna legitimidad al gobierno. Si hace falta Trump para hacer que la izquierda se dé cuenta de que hay más oposición entre los votantes a la socialdemocracia y las políticas de identidad de la que imaginaban, que sea así. Por primera vez desde la Era Progresista, los liberales de izquierdas están contemplando la disminución del poder federal. Este es un feliz giro de los acontecimientos y algo que debemos animar. La descentralización política, algo a lo que la izquierda se ha resistido poderosamente a lo largo del siglo XX, les ofrece una oportunidad de disfrutar políticas progresistas aquí y ahora:

El libertarismo no tiene nada que decir acerca de comunidades privadas, salvo esto: fuerza y fraude no son admisibles. Así que miles o incluso millones de personas podrían reunirse en áreas como San Francisco y crear voluntariamente planes sanitarios de pagador único, "cuotas" basadas en renta, escuelas libres, educación colectiva de los hijos, etc. (toda la panoplia de los programas progresistas).

Los conservadores también están empezando a darse cuenta de que se ha perdido cualquier sentido de identidad y unidad nacional. Angelo Codevilla, miembro sénior del Claremont Institute, escribía recientemente un notable ensayo titulado "La guerra civil fría" que merece mucho la pena leer. Codevilla, un investigador no propenso a las hipérboles, ve a la América de Trump nada menos que "en vísperas de una revolución":

La sociedad estadounidense se ha dividido en opiniones irreconciliables del bien, sostenidas por conciudadanos que cada vez consideran más a los demás como enemigos. Cualquier intento desde cualquier bando de obligar a someterse al otro solo augura el destino que ha recaído sobre otros pueblos que se han permitido deslizarse hacia la revolución. De esto se deduce que la vía hacia la paz debe residir en que cada bando se contente con tener su espacio, pero solo para aquellos que lo consientan. Esto implica limitar el alcance del gobierno de EEUU a lo que pueda llevar a cabo sin destrozar lo que queda de nuestra cohesión nacional.

Codevilla continúa usando un lenguaje conservador familiar, con términos como "potencia" y "federalismo", pero el mensaje del artículo le muestra claramente en el territorio poco familiar de proponer unos EEUU radicalmente descentralizados. Es un conservador que finalmente entiende que los conservadores sencillamente no pueden ganar bajo las disposiciones políticas actuales. Han perdido la guerra cultural, han perdido la guerra presupuestaria, han perdido la cobertura del gobierno limitado y han perdido la Constitución. Existen solo para impedir ligeramente el programa progresista, pero incluso esa ligera oposición solo les ha granjeado odio y desdén. Para un inmigrante republicano y amante de EEUU como Codevilla esto es inaceptable.

Así que, como los progresistas, reclama un tipo de democracia a la irlandesa pasada de moda: una resistencia extendida pero pasiva a las órdenes del gobierno central que impone políticas progresistas a estados republicanos que no las desean. Como la fuerza administrativa nunca puede superar el "consenso menguante", ¿qué pasaría si Texas cerrara las clínicas abortivas o Dakota del Norte instituyera la oración en las escuelas? ¿Qué haría o podría hacer el gobierno federal si docenas de estados sencillamente se encogieran de hombros y decidieran rechazar ciertas regulaciones federales o sentencias de tribunales en asuntos de "sanidad, educación, políticas sociales y policía"?

La respuesta es que no mucho, como los libertarios llevamos argumentando desde hace tiempo. Tres o cuatro millones de funcionarios federales no están en disposición de aplicar normas federales una vez haya desaparecido el consenso nacional. De hecho, lo que propone Codevilla suena enormemente parecido a una... confederación laxa de estados. Es una evolución refrescante del Claremont Institute, que tiene todo un historial de adoración al Gran Centralizador Abraham Lincoln.

Puede que Claremont no sea la Heritage Foundation o National Review, pero se encuentra estrictamente dentro de los límites de Conservadurismo S.A. Así que cuando una publicación como la Claremont Review of Books publica un artículo reclamando una descentralización radical para evitar una guerra civil, deberíamos tenerlo en cuenta.

La subsidiariedad política ofrece a conservadores y progresistas una manera de coexistir, tal vez la única. Hipérboles aparte, ¿es realmente impensable una guerra en este momento en Estados Unidos?

Es el momento de que los libertarios nos aprovechemos y defendamos la descentralización. Nunca ha habido un mejor momento para defenderla. Es hora de recalificar el libertarismo como una alternativa sería, pragmática y funcional al falso universalismo que se predica actualmente. Trump nos mostró las grietas en la explicación globalista. Así que en lugar de reafirmar esa explicación, deberíamos promover una visión libertaria que se ajuste realmente a la naturaleza humana y la realidad.

El valor político libertario determinante es la autodeterminación. Descentralización, secesión, subsidiariedad y anulación son los mecanismos que nos acercan a ese valor. Insistir en los valores universales, políticos o de otro tipo, es un error tanto estratégico como ético. El futuro está descentralizado, ¿por qué hay tantos libertarios argumentando lo contrario?

Salvo que seas un saudí o un francés, el estatus del matrimonio gay y o el derecho a portar armas o diversas cosas en esos países no es en definitiva algo que te importe. Puede parecer insatisfactorio para los libertarios, pero solo si imaginamos que el universalismo se impone a la autodeterminación.

El artículo original se encuentra aquí.

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